
Tengo la costumbre de agradecer a Dios al levantarme. Le doy gracias al Altísimo por el milagro de la vida, por mi salud y la de mis seres queridos, y por permitirme cumplir la misión que creo me fue asignada en esta tierra donde todo es temporal. No hacerlo sería un pecado capital: la ingratitud supera a todos los pecados.
El 10 de agosto no fue la excepción. Elevé mis ojos al cielo y le di gracias a Dios. Luego miré a mi esposa y le recordé lo agradecido que vivo por su compromiso, por sus esfuerzos y paciencia. La besé en la mejilla y le deseé buen día.
Descendí al primer piso a esperar el desayuno, cuando ella bajó raudamente para intentar abrir la puerta de la reja y tomar la calle, al tiempo que me gritaba que corriera. La tierra se estremeció hasta paralizarnos. La llave no logró entrar en la cerradura y ruido y temblor se juntaron en una danza macabra que duró dos minutos, aunque parecieron una eternidad.
Fuimos bendecidos a pesar del pánico: ni un rasguño, todos ilesos, lo mismo que la casa construida con amor y esfuerzo. Hijos y hermanos, todos bien. Y eso es nuevamente motivo de gratitud con el Creador.
Pero eso no significa que nada se haya roto en nuestras vidas aquella mañana del terremoto. La ciudad que tanto amamos quedó irreconocible. Las vidas de cientos de personas se truncaron. Los templos donde tantas veces oramos colapsaron. Amigos y conocidos perdieron sus hogares levantados con años de esfuerzo. Muchos otros sufren en silencio la parálisis del comercio que limita el ingreso de dinero a sus hogares, y no se atreven a admitirlo por vergüenza.
Los que perdieron edificaciones, casas, locales, negocios; los que pagaban arriendo y de un momento a otro quedaron en la calle; los que intentaron retornar al trabajo y se encontraron con que sus empleadores ya no podían conservarlos; los artistas, los gestores, los servidores públicos; los pobres y los ricos; los que jamás imaginaron hacer fila para recibir una ayuda humanitaria o reclamar un subsidio del Estado.
Gracias al Altísimo, mi familia y yo salimos ilesos. Pero mis más gratos recuerdos saltaron en pedazos, como el barrio Primero de Febrero (conocido como Los Bloques), donde transcurrió mi infancia y adolescencia. Tantas familias con quienes compartí vivencias vieron desmoronarse sus viviendas en esa unidad residencial de origen popular.
Y un nuevo dolor: el edificio de los Periodistas, donde con mi primera esposa construimos el nido de amor que albergó a nuestros dos hijos, luce solitario y lastimado aunque aún en pie. Sin embargo, todas las edificaciones circundantes, el barrio La Lorena que le antecedió, están hoy hechos escombros.

Mi historia personal, la de mis hijos y hermanos, y la de muchos amigos y colegas, está hoy en suspenso por la fuerza de la Naturaleza. No hay quien no haya perdido algo muy preciado con el terremoto. Todos perdimos la paz. Ahora nos gobiernan el temor y la zozobra. Al menor movimiento creemos que la pesadilla ha regresado. Todos, o casi todos, estamos enfermos de la mente, aunque no lo admitamos. ¡Cuánta falta hace un servicio social de salud mental para ayudarnos a recomponer aquello que se rompió en nuestro interior! Ojalá esta iniciativa la lidere un médico psiquiatra de las cualidades del doctor Uriel Escobar Barrios.
No dudo de la fortaleza y la solidaridad de mis conciudadanos para volver a levantar las edificaciones, ni de la capacidad de organización de las comunidades para reconstruir el tejido social. Sé de lo que estamos hechos. Pero tengo una espina clavada en el alma, que me hace sangrar de impotencia al recorrer las calles por donde alguna vez transité, hoy desoladas y rodeadas de edificaciones que amenazan ruina y peligro.
Aun así, seguiré diciendo: Gracias Dios, por darnos fuerza para soportar lo vivido y valor para levantarnos sobre las ruinas de mi Pereira amada.


