Las mentiras ya no necesitan pruebas. Les basta un dedo dispuesto a pulsar “reenviar” y voluntarios que nunca faltan.
En redes sociales, una etiqueta que dice “Reenviado varias veces” se ha convertido para muchos en una falsa certificación de autenticidad. Así se alimenta hoy la polarización: con memes que no informan, sino que agravian, ridiculizan y reemplazan el debate por el insulto y las bravuconadas.
La lógica del “reenviado muchas veces”
Existe una curiosa costumbre que parece patrimonio inmaterial de las redes sociales: recibir un meme político, ver la etiqueta “Reenviado varias veces” y asumir que eso equivale a una certificación notarial de autenticidad.
Para algunos, mientras más veces haya sido reenviado un mensaje y en más plataformas, perfiles y medios haya sido publicado o comentado, más verdadero les parece. Aplicada a otros ámbitos, esa lógica nos obligaría a concluir que una moneda falsa deja de serlo después de circular por suficientes bolsillos.
Las redes sociales han perfeccionado la fórmula: humor + repetición + pereza de verificar = verdad prefabricada.
El resultado suele ser demoledor: una mentira que nació cojeando termina viajando en avión de primera clase, mientras la verdad sigue haciendo fila en la sala de espera.
Los tres eslabones de la cadena de desinformación
Lo inquietante no es que existan fabricantes de embustes. De esos siempre ha habido. Lo preocupante es la facilidad con que encuentran personas muy inteligentes, educadas y aparentemente sensatas dispuestas a difundirlos sin verificar.
No deja de sorprender cómo personas muy cuidadosas para revisar un extracto bancario, una escritura pública o una fórmula médica se vuelvan temerarias cuando reciben un meme político. Para comprar una licuadora investigan durante días; para difundir acusaciones y sandeces contra alguien solo les bastan unos segundos.
La cadena tiene tres artífices: el que inventa la mentira, el que la maquilla y el que la comparte. Este último suele considerarse inocente, convencido de que la responsabilidad termina donde comienza el botón de enviar.
Cuando faltan argumentos, abundan los memes
Estos contenidos no buscan informar, sino agraviar y ridiculizar. Son propaganda disfrazada de humor, desinformación envuelta para regalo y prejuicios empacados en formato de entretenimiento.
Cuando las pruebas escasean, aparecen las caricaturas, las insinuaciones y los rumores milagrosos. Muchos de estos memes tienen más vidas que los gatos: los desmienten periodistas, académicos, verificadores e incluso los propios hechos, pero reaparecen una y otra vez impulsados por la pereza intelectual.
Ahí está uno de los principales combustibles de la polarización: la costumbre de compartir primero y pensar después. O, en casos más avanzados, de compartir sin pensar nunca.
Qué podemos hacer
Propongo una sencilla medida de higiene digital: antes de reenviar un meme político, hagámosle el mismo examen que le haríamos a un billete de cien mil pesos encontrado en la calle: observarlo con cuidado, mirarlo a trasluz, sospechar y verificar, porque las falsificaciones abundan.
La democracia necesita ciudadanos informados, no repetidores automáticos de cadenas virales. Después de todo, los rumores son como los microbios: se reproducen gracias a quienes los transportan.
Una mentira no se vuelve verdad por ser compartida miles de veces en las redes. Y quien la reenvía –sin verificar– termina convirtiéndose, por voluntad propia o por descuido, en cómplice de la desinformación.
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* Periodista y corrector de estilo.
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