Miscelánea
Me impresiona cuando algunos dirigentes políticos, de izquierda y de derecha, hablan de la necesidad de desescalar el odio pero lo dicen de una forma que lleva al efecto totalmente contrario, utilizando tonos, gestos, ironías, sarcasmos y adjetivos que invitan a odiar junto con ellos, como si el odio de ellos fuera justo y aceptable y solamente el odio del rival fuera el dañino, el cuestionable, como si el odio de ellos fuera bueno. Si seguimos así, el odio nunca acabará, seguirá creciendo en una espiral fatal.
Hay que cuidar el lenguaje, pero no podemos seguir diciendo eso de manera hipócrita y retórica, para que lo escuche el propio bando, y que una buena intención de apaciguamiento termine siendo en realidad más gasolina para la hoguera; a eso hay que meterle coherencia y voluntad, hay que parar de gritar, que hay parar de ofender, hay que parar de hacer los mismos reclamos y mostrar las mismas peladuras, como cuando la esposa, en sus celos y en su malgenio, le recuerda al esposo todos los pecados del pasado, hay que parar de tanto odiar.
Si se me permite la expresión, en la política colombiana nos movemos en medio de demasiados “odiadores”, que además cuentan con la caja de resonancia de las emisoras de radio desde donde los llaman y les prestan el micrófono para que se deleiten odiando de manera irresponsable, porque esos odiadores son nuestros dirigentes políticos, los que lideran la opinión y conducen los destinos de la nación, supuestamente en la búsqueda de la paz y la reconciliación.
Una entrevista a Federico Gutiérrez se hace insufrible cuando invita al país a que desarmemos la palabra pero arremete siempre con el mismo discurso pendenciero y desafiante en contra de Daniel Quintero y éste le devuelve los favores de manera aún más hostil; algo similar cuando entrevistan a Benedetti y al mismo Presidente Petro que no le sacan las banderillas a la clase pudiente a quienes no rebajan de oligarcas y de “blanquitos”; y la tapa, Abelardo de la Espriella diciendo que a la izquierda hay que destriparla.
Por casualidad pasé por la plaza de Bolívar el día que Iván Cepeda vino a Pereira y antes de su discurso la parcialidad arengaba algo así como que ¡ni un paso atrás, iremos hasta el final, iremos hasta la muerte! como si estuviéramos en un campo de batalla, y luego, en esa misma plaza, la candidata Paloma Valencia, que no es la paloma de la paz, se burlaba del presidente y gritaba ¡Petro, Uribe tu papá!, como si fuera una barra brava en un partido entre el Junior de Barranquilla y el Unión Magdalena, y todos sabemos lo que sale de la forma irracional en que se viven las rivalidades futbolísticas.
Se me ocurren varios ejemplos de personas a las que deberíamos emular, que cuando hablan no pelan el cobre y expresan sus desacuerdos con total tranquilidad, me refiero al expresidente Juan Manuel Santos, al que ni el mismísimo Álvaro Uribe ha sido capaz de hacer despelucar, algo similar he notado en dirigentes como Humberto de la Calle, que es una pena que no hubiera sido presidente y Juan Fernando Cristo, quien a pesar de sus dificultades con la R siempre expone sus ideas de manera serena, sin epítetos, sin ofensas.
Amigos lectores, los invito a reflexionar: ¿Estamos aportando a la paz con nuestra voz, o somos unos odiadores más?.



Buen escrito…solo un apunte con mis caracteriaticas, deje de idiar los a los «medios» usted hace parte de ellos…Abrazo sin odio…a mi edad y mi estado laboral…No tengo a quién odiar, pero los he de tener por ahi en algun ladito.
Don James: Muy buena reflexión, vale la pena cuidar nuestro lenguaje y actuaciones, infortunadamente la violencia tiene demasiados seguidores, Incluso quienes estamos de acuerdo con ud. Somos proclives al lenguaje y el gesto violento. Vale la pena recordar que expresiones como: » si lo vuelvo a ver le doy en la cara marica», en vez de bajar los indices de popularidad del presidente Uribe, mejoraron su imagen. Mil saludos y bendiciones.