NEGOCIOS DE FAMILIA

OpiniónNEGOCIOS DE FAMILIA

Una familia reconfigura el ajedrez político y empieza a concentrar gran parte del poder político, a un alto costo económico y democrático que merece toda la vigilancia; de ello se habla en los pasillos, pero debe pasar al debate e incluso la palestra pública.

El Alcalde de Pereira, Mauricio Salazar, seguirá gobernando la ciudad; su esposa, María Irma Noreña, llega al Senado de la República; y su hija de crianza, Franyela Bermúdez, obtiene una curul en la Cámara de Representantes. De una forma que nunca habíamos visto en Pereira: al mejor estilo de la mafia siciliana: cuñados, sobrinos, esposas, hijos y hasta amantes comen del mismo plato del poder.

Esto no es ilegal, en teoría obedece a una decisión popular. Aunque no profundizaré en esta columna las denuncias que el último año fueron de conocimiento público por constreñimiento electoral por parte del alcalde, participación en política y utilización de recursos públicos durante la campaña de su esposa. La imagen de la gestora social en vallas, eventos y conciertos organizados por la Alcaldía, y hasta en facturas de servicios públicos, será algo para no olvidar, por no mencionar las planillas y reuniones a las que contratistas debían asistir. Si bien las autoridades son quienes determinan responsabilidades, el debate político sí debemos darlo.

La discusión acá más que legal, es ética y democrática. Porque las democracias modernas nacieron precisamente para acabar con esa hegemonía familiar propia de la monarquía.

Por eso vale la pena preguntarnos si este nivel de concentración de poder fortalece o debilita nuestra democracia local. Hasta ahora, para una persona con conocimiento político, lo que aquí se plantea no es nuevo. La diferencia es la indiferencia de algunos.

El objetivo entonces es hacer examinar con más detalle la votación de María Irma Noreña, que obtuvo cerca de 90 mil votos y la mitad provinieron de fuera de Risaralda. Sacando una baja votación en Risaralda para la estructura familiar y recursos movilizados.

¿Dónde estuvo entonces el resto de la votación? Eso es lo que quiero poner en blanco y negro en esta columna.

En el Valle del Cauca sacó un poco más de 10 mil votos, municipios como el Cairo, Ulloa, Obando, Ansermonuevo, Cartago, Roldanillo, Buga, Tuluá y Cali. ¿Cómo hace una persona que con dificultad era conocida fuera de Pereira para lograr semejante votación?

Los manizaleños le pusieron más de 1.800 votos, más que en la vecina Armenia. Pero, sí que llama la atención que en el Chocó haya superado los 6 mil votos, ¿cómo hizo esta hazaña en municipios como Atrato, Tadó, Istmina y Quibdó? En Huila fueron cerca de 3.500 votos, Santander 1.500, las difíciles y costosas plazas de César, Magdalena y Atlántico, en cada una más de 1.000 votos. Hasta Boyacá llegó publicidad y casi 300 votos en la alejada Guajira.

Este es un interrogante legítimo, ¿Cómo construyó esa estructura nacional? ¿Qué alianzas la hicieron posible? ¿Qué compromisos políticos acompañaron esos votos? Una estructura electoral de ese tamaño implica recursos, logística, operadores políticos y alianzas territoriales cuya dimensión merece ser explicada. ¿Cómo una persona que hace 10 años salió de dirigir una empresa de servicios públicos de la ciudad sacó votos desde Amazonas hasta La Guajira, sin reconocimiento nacional, sin opinión pública ni redes sociales fuertes, pero con un esposo que, como alcalde, maneja una abultada billetera que es el patrimonio de los pereiranos? La política no puede reducirse a una empresa familiar.

Hoy nos corresponde entregar la batuta, recordando algo que deberíamos tener presente siempre: la democracia no solo se mide por la posibilidad de elegir, sino también por la capacidad de evitar que se abuse del poder, por controlarlo y hacerle veeduría: ante este nivel de concentración, sí que se necesita.


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