NINGÚN TERREMOTO DERRIBA LA FE

OpiniónEditorialNINGÚN TERREMOTO DERRIBA LA FE

Después de una tragedia, no basta con preguntarnos qué hemos perdido; también debemos preguntarnos qué podemos hacer por quienes quedaron más heridos que nosotros. El terremoto ha dejado grietas visibles en edificios, templos y hogares, pero también ha tocado profundamente el corazón de nuestra gente. Ahora comienza una tarea que va mucho más allá de reconstruir paredes: reconstruir la esperanza, recuperar la confianza y volver a reconocernos como hermanos. Quizá este sea el momento de comprender que una ciudad no se sostiene solamente sobre concreto y cimientos, sino sobre las manos de quienes deciden sostenerse unos a otros. Y precisamente allí, cuando el dolor se transforma en solidaridad, la fe deja de ser solamente una palabra y se convierte en presencia.

Tal vez muchos templos tengan que permanecer cerrados mientras se revisan sus estructuras; tal vez algunas paredes estén agrietadas y algunos lugares que considerábamos nuestra casa necesiten ser reconstruidos, pero hay un templo que ningún terremoto puede clausurar: el corazón de una comunidad que permanece unida. San Pablo decía: «¿No saben que ustedes son templo de Dios?». Hoy esas palabras adquieren una fuerza inmensa. Si nuestras iglesias tienen que cerrar por seguridad, la Iglesia tendrá que salir a las calles; si no podemos encontrarnos bajo un mismo techo, tendremos que encontrarnos alrededor del que sufre; si nuestras paredes están heridas, tendremos que convertir nuestras manos en refugio.

Porque la Iglesia nunca fueron solamente los muros: la Iglesia somos nosotros. Y quiero decir algo especialmente a nuestra querida tierra pereirana: Pereira, hemos caído otras veces y nos hemos levantado. Somos hijos de una tierra acostumbrada a abrir caminos entre montañas, somos un pueblo trabajador, solidario y profundamente humano. Hemos conocido dificultades y también hemos aprendido que cuando los pereiranos nos unimos somos capaces de cosas extraordinarias. Ahora tendremos que reconstruir paredes, reparar casas, revisar templos y recuperar espacios, pero existe una reconstrucción todavía más importante: reconstruir la esperanza.

Que nuestras diferencias se hagan pequeñas frente al dolor del hermano; que ninguna persona mayor permanezca sola; que ninguna familia necesitada pase inadvertida; que ningún niño tenga que enfrentar su miedo sin un abrazo; que donde haya lágrimas aparezca una mano; que donde haya angustia aparezca compañía y que donde haya ruinas comience a levantarse esperanza.

Hoy levantemos nuestra mirada hacia Dios y también nuestras manos hacia nuestros hermanos, y digámosle a nuestra ciudad: Pereira querida, la tierra nos sacudió, pero no nos quitó el alma; nos hizo sentir pequeños, pero nos encontró unidos; nos hizo llorar, pero también nos encontrará reconstruyendo. Entre nuestras heridas volveremos a levantarnos, porque cuando un pueblo se abraza, hasta entre las ruinas puede comenzar nuevamente la vida. Que Dios abrace a Colombia, que fortalezca a quienes hoy sufren, que bendiga a quienes están ayudando y que sobre nuestra querida Pereira vuelva a amanecer la esperanza.

Padre Pacho

1 COMENTARIO

  1. Buen día Padre Francisco. Gran escrito.

    Estamos en la mitad del río, no escogimos está posición pero estamos obligados a nadar y así es la vida porque son situaciones que no sabemos cuando ocurrirán pero sabemos que ocurren sin previo aviso, aunque se puede sospechar que el abuso hacia el planeta refleja este tipo de defensivas hacia el agresor ( especulación).

    Feliz día Padre Francisco.

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