Uriel Escobar Barrios, MD
Hay frases que nacen del amor, pero que, sin quererlo, pueden hacer más silencioso el dolor: “Sea fuerte, no llore” es una de ellas. La pronunciamos cuando alguien sufre, porque creemos que la fortaleza consiste en contener las lágrimas, apretar los dientes y continuar. Pero la Psiquiatría nos recuerda algo esencial: sentir no es debilidad y llorar no significa rendirse. Angélica tiene 76 años; a partir del terremoto del 10 de agosto que afectó a Pereira, su vida parece haberse quedado suspendida. No duerme, vive con angustia, llora con facilidad y siente que el futuro perdió sentido. Hace un año murió su esposo, y desde entonces vivía sola en el apartamento que ambos habían conseguido después de una vida entera de trabajo. Allí habían compartido casi cincuenta años: celebraciones, enfermedades, silencios, conversaciones y pequeñas rutinas, que terminan convirtiéndose en la arquitectura invisible de una vida. Pero llegó el terremoto, y no solamente perdió un apartamento, también perdió el lugar donde habitaban sus recuerdos. El edificio será demolido y ni siquiera pudo recuperar sus muebles. Mientras intenta contárselo al terapeuta, las palabras se quiebran y comienza a llorar.
A su lado, su hermana Gladys le dice con firmeza: “Sea fuerte, hermana. No llore. Tiene que seguir adelante”. Gladys quiere ayudarla; su intención es noble, ella misma ha enfrentado momentos difíciles y aprendió a sobrevivir sin pedir ayuda profesional. Pero cada persona tiene una historia emocional diferente y el dolor no puede medirse comparando las heridas de unos con las de otros. Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente de experiencias extremas, comprendió que el ser humano necesita encontrar significado incluso en medio del sufrimiento. Carl Jung, desde otra perspectiva, nos enseñó que aquello que intentamos expulsar de nuestra vida interior no desaparece simplemente porque dejemos de mirarlo. Después de una catástrofe pueden aparecer miedo, insomnio, tristeza, irritabilidad, sobresalto y sensación de pérdida de control. Muchas de estas respuestas son reacciones humanas esperables ante acontecimientos extraordinarios. No obstante, cuando el sufrimiento persiste, se intensifica o impide vivir, dormir, relacionarse o recuperar las actividades cotidianas, es necesario buscar ayuda profesional.
Quizá, entonces, debamos cambiar aquella vieja frase. En lugar de decir “sea fuerte, no llore”, podríamos decir: “Llore si lo necesita. Estoy aquí. No tiene que atravesar esto sola”. A las familias les corresponde acompañar sin juzgar, escuchar sin apresurar, respetar los tiempos del duelo y ofrecer ayuda concreta; no comparar sufrimientos, tampoco exigir una recuperación inmediata y, además, comprender que consultar a un psicólogo o psiquiatra no es señal de debilidad, sino un acto de cuidado. Algunas veces la fortaleza no consiste en secarse las lágrimas; consiste en tener el valor de dejarlas caer, aceptar que algo nos ha dolido profundamente y permitir que alguien nos acompañe mientras aprendemos, poco a poco, a reconstruir la vida. www.urielescobar.com.co


