domingo, febrero 15, 2026

SE ME PERDIÓ LA CADENITA

OpiniónActualidadSE ME PERDIÓ LA CADENITA

 

Y hoy, se me perdieron muchas cosas.

 

 

Pedíamos permiso para todo. Nunca imaginábamos solicitar autorización para quedarnos en la casa de un amigo cuando nos invitaban a una fiesta porque obvio, eso no se hacía. Jamás pasó por nuestra cabeza pensar que podríamos ir con la novia a un paseo a la costa con quedada los dos solos. No. Jamás. Nunca. Imposible.

La primera vez que fui a una fiesta pedí permiso para asistir con ocho días de antelación, con recordatorios diarios  soportados con las llamadas de los padres de algunos amigos que andaban en las mismas mías, es decir, solicitando avales para que nos dejaran ir a la bendita fiesta que no era más que un pequeño bazar parroquial con empanadas y gaseosa que tenía como fin recolectar recursos económicos para arreglar el pequeño proyector de cine y así pasar películas religiosas los viernes en el patio de la casa cural. Imagínense la inocencia de la reunión. Tenía novia, pero en mi casa aún no sabían y yo pensaba cómo abordar el tema y decirles que yo ya estaba grande… y que tenía novia… y que podía ir a fiestas barriales, paseos y al cine. Por supuesto que no estaba grande, era un niño de apenas quince años que empezaba a asomarse a los abismos del amor donde podía caer en profundas desesperanzas, pues acaso no se dice que ¿no hay amor más intenso que el primero, o por lo menos inolvidable?

Pues… me dieron permiso, pero solo si me acompañaba a la fiesta un primo lejano que por esos días andaba de visita en mi hogar. ¿Se imaginan? (El primo Jaimico). Había planeado bailar con mi novia y besarla en medio de alguna canción, así como en las películas. A ella también le dieron permiso para ir, pero con una prima lejana que andaba de visita por esos días en su hogar (La prima Cristi). Así que de besos y abrazos…Jmm… difícil.

Se llegó el día de la fiesta. El patio de la casa cural tenía mesas tipo salón de bingo con mantel blanco e incómodas sillas plegables de madera que solíamos llamar aplana nalgas. El padre dispuso dos cornetas de amplificación para la música y la venta de empanadas con gaseosa. Trago no se vendía porque iban muchos jovencitos como yo (no se rían por favor). Allí llegué con mi primo Jaimico (leyó bien, no es Jaimito, sino Jaimico) y ella llegó con su prima Cristi, que por supuesto corresponde a Cristina. En un momento de suma incomodidad le dije a mi primo quién era mi verdadera novia y ella le tuvo que decir a su prima que yo era su novio. Finalmente, mi primo y la prima de mi novia se saludaron y se sentaron con nosotros en una de las mesas. Pedimos una bandeja de empanadas y gaseosas y entonces el que ponía los discos, rodó un casete con el estreno del momento: “Se me perdió la cadenita” en la voz de Lucho Argaín y la Sonora Dinamita. Era el año 1978. Entonces le pedí a ella que saliéramos a la pista de baile y temblorosos los dos, llegamos al centro del patio parroquial y por primera vez sentí el cuerpo de una mujer cerca de mí. Por su puesto también fue la primera vez que bailé con una chica real. Ella me dijo al oído que estaba nerviosa. Bailamos y fuimos felices.

¡Qué hermoso!

Éramos muy respetuosos con todos. Con nuestros mayores y considerados con ellos. Nosotros, los de nuestra generación, sí cumplíamos eso de honrar a padre y madre que además era mandato divino. ¿Cómo fue entonces que nuestra generación que tanto temió a sus padres, ahora le tememos a nuestros hijos? Hoy se crece sin Dios ni ley. Nos llenamos de miedo por castigar a los hijos, y resulta que algunos hasta pueden demandar. No se les puede llamar la atención porque entonces estamos vulnerando sus derechos… enderezar el camino de los hijos es una tarea que los padres perdimos en las cortes y en la Ley, porque con ese cuentico de que hay que dejar que desarrollen su personalidad, perdimos la autoridad que como padres se supone deberíamos tener. Ahora los chicos se van sin decir para dónde y no se les puede preguntar porque eso no es asunto de los papás. No se les puede advertir sobre malas amistades porque resulta que nos tachan de viejos retrógrados y mucho menos decirles que lleguen temprano porque eso vulnera su libre desarrollo.

Te extrañamos mucho doctor Chan C. Leta.

Este doctor fue el mejor psicólogo que jamás existió (Aquí pueden gritar los psicólogos y si usted se siente vulnerado o atropellado en sus derechos, puede abandonar esta lectura). Con este profesional nunca nos perdimos en locuras y supimos bien quiénes éramos; nos enderezó el camino, y que yo recuerde, a mí si me dieron algunas veces unas nalgadas y les confieso que nunca me ha dado por convertirme en asesino serial o criminal. Por el contrario, recordando las enseñanzas y correctivos que mis padres me impusieron, hicieron de mí y de millones de ciudadanos de mi generación, mejores personas. Lástima que estamos atados. Pocos chicos hoy se han criado como corresponde para tener una sociedad que pueda convivir si atropellarse. Lastimosamente muchos de nuestros jóvenes adolecen de conocimiento, de sentido de pertenencia y de respeto por los demás. Si no respetan a sus padres, menos respetarán a las personas ajenas a su entorno familiar. Pobres hijos presas fáciles de reclutadores de la violencia que se campean largos años por las universidades camuflados de estudiantes o de amigos inmorales sin valores que los inducen fácilmente al consumo de estupefacientes. Pobres hijos que crecieron sin las enseñanzas morales o espirituales porque esos asuntos de Dios son puras pendejadas de viejos.

Nunca se me perdió la cadenita, siempre la tuve conmigo como recuerdo de que la vida no es fácil, aunque creamos que lo es gracias a las absurdas leyes que nos inundan y dejan libres a delincuentes y enfermos peligrosos en las calles. Yo creo que uno nace y la familia lo va orientando hacia el bien, pues no es lógico que a una persona la críen para el mal… aunque como está este mundo, nada raro sería.

Carmen, se me perdió la cadenita

Con el cristo del nazareno

Que tú me regalaste Carmen

Que tú me regalaste

 

Carmen, por eso no voy a olvidarte

Si ahora te llevo dentro

Muy dentro de mi pecho

A ti y al nazareno, Carmen

A ti y al nazareno

 

Mientras sonaba la canción en la cinta del casete, yo sentía su perfume y pensaba en nuestro futuro con armonía y felicidad. Nunca sospechamos que llegaría el día en que un delincuente tuviera más derechos que un ciudadano común y corriente. Hoy, muchos años después, frente al teclado del computador (no frente al pelotón de fusilamiento), recordé esa canción, a mi primo Jaimico, con quien viví algunas aventuras y desventuras que algún día escribiré, que me llevó al baile en el patio de la parroquia y el perfume de aquella novia que no se llama Carmen y cuyo cabello negro ensortijado olía a flores.

 

JOSÉ FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA

Comunicador social y periodista. Miembro Honorario de la Academia Colombiana de Historia, Literatura y Arte.

1 COMENTARIO

  1. Realmente los viejos buenos tiempos, principios, valores y prácticas éticas para orientar las decisiones a lo correcto, a lo propio y benefico para el bien común de las familias y las comunidades

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