SE ME VOLARON LOS PERROS

OpiniónSE ME VOLARON LOS PERROS

Mientras caminaba con mis perros por el parque, sentí la necesidad de entender el mundo; no la vida, esa no tiene explicación, sino el mundo y quienes lo habitamos.

Lo lógico sería empezar por la diversidad de razas, credos y costumbres, y esto llevaría a estudios muy profundos que pudieran encontrar similitudes y diferencias. Más prudente sería comparar y diferenciar rasgos físicos y culturales y, lo más fácil, observar la realidad social actual.

En los países del primer mundo, la condición humana está limitada a los resultados económicos; en los países en vías de desarrollo, al acatamiento de normas, y en los tercermundistas, infortunadamente, al «sálvese quien pueda». Así que mi análisis no tenía ni el tiempo ni el conocimiento para evaluar los dos primeros.

Con esta premisa, solo quedaban como modelos para investigar un puñado de connacionales que, sin saberlo, servirían de espejo para mis elevados sueños de investigador.

Manos a la obra.

Debo confesar que partí de las informaciones de oídas y de las maravillas y desastres que hablamos cada vez que nos referimos a nuestros vecinos y hasta a nosotros mismos.

En las pequeñas comunidades identificamos muy fácilmente a las vecinas y las clasificamos de acuerdo con su actuar. No puede faltar la chismosa, la buena onda, la de vida dudosa, la servicial, la que está lista para la rumba, la rezandera, la mojigata, la sumisa, la coquetona, entre otras clasificaciones.

En cuanto a los señores, se distingue fácilmente al que es mantenido por la mujer, al que le pone cachos, al que anda a toda hora de mala cara, al borracho de oficio, al vago, al caballero del barrio, entre otros.

Y los locos bajitos se clasifican más fácilmente: los que no matan una mosca y los que hacen de la vida todo un carnaval.

Cuando todos se mezclan, el resultado casi siempre será explosivo.

En medio de mis pensamientos, encontré los personajes que muy difícilmente hallarás en otras latitudes. No creo poder encontrar en la Plaza Roja de Moscú un vendedor de lotería, ni al señor del mango tratando de hacer lo de la pieza. No me imagino en Central Park al señor de manos sucias, que se las lava muy poco con algo de agua que guarda en una botella de gaseosa, vendiendo chontaduros y mucho menos ponche o solteritas.

Será difícil ver al señor al que le dan ataques, a la señora que acaba de salir del hospital o al que acaba de salir de la cárcel y no tiene con qué llegar a Medellín. Al muchacho que te ofrece limpiar el parabrisas o te arriesgas al rayón del carro; a las indígenas que bailan en fila en la plaza esperando monedas, mientras sus hombres, a pocos metros, consumen litros de cerveza.

No me imagino una playa de Miami con el señor que instaló una mesa para hacer el juego de dónde está la bolita. O al que expone sus llagas para obtener una limosna. Tampoco a la señora con el carrito de tinto y de empanadas, luchando con la arena que se cuela en las chanclas de meter el dedo.

Dimensiono a los vendedores de chance ilegal tratando de convencer a un londinense de que, si gana, no paga ganancia ocasional; al que vende la loción de marihuana para calmar el cansancio de las piernas de un limpiador de ventanas de un rascacielos de Manhattan.

Todo lo anterior, sin contar cómo se vería un japonés corriendo tras un cerdo para preparar la lechona, o un musulmán pidiendo descuento en «La Casa del Amor»; las señoras que venden Yanbal y similares convenciendo a las mujeres islámicas de que el burka les daña la piel y deben mantenerse hidratadas; o a los chinos sirviendo una bandeja paisa con perro y murciélago.

A todo esto, llegué a una conclusión: no sé cómo vivan los otros, pero yo, acá, en mi tierra, vivo muy chimba.

Los dejo. Se me volaron los perros.

Carlos Alfonso Riaño Acevedo

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