SEXO EN LA CIUDAD (II Parte)

OpiniónSEXO EN LA CIUDAD (II Parte)

 “Nadie se mueva, nadie respire, nadie viva sin mi permiso”. – El otoño del patriarca

Gabriel García Márquez

En la primera parte de esta entrega, tuve el placer de hablar de Reynoso y su maravillosa obra En Octubre no hay Milagros, propuse ver al ser humano desde su condición más íntima y por qué no, más vulnerable, su sexualidad. En esta entrega la propuesta es cambiar tangencialmente esa mirada y volverla sobre el poder, el poder que se ejerce desde ese encuentro que no siempre se desea pero que se ve como el medio para alcanzar el fin.

VERÁS

Hoy serás espectador mudo, verás cómo contrasta el tono coral de los encajes con mi piel canela, verás cómo desplazo el borde de la seda y el tono violeta del juguete que me acompaña cuando te pienso entrar en mi piel más íntima, verás cómo me retuerzo de placer entre tus sábanas y escucharás como gimo.

Y querrás participar de mi juego solitario y querrás sacar mis senos de entre los encajes y morder mis pezones y lamer mi ombligo y que tus dedos entren en mí.

Y tu carne se recogerá y se izará el mástil de tu deseo y querrás arrancar la seda que te separa de mi piel…solo entonces, cuando ya no puedas más, respirarás profundo y me harás el amor despacio, sin quitarme de encima nada más que el deseo que tengo de ti.

Lina Alvarado

El poder que trae consigo el sexo es algo de lo que casi nunca se habla, es el secreto a voces que se libera desde las habitaciones de los amantes; el sexo nos ha dado poder, uno silencioso, uno que ejercen también los personajes de Reynoso en su provocativa obra y que veremos a continuación.

Tito, un muchacho de barrio pobre, uno que fácilmente habría podido perderse entre la multitud, por escaparse de una riña cae en las redes del cazador. Al principio siente que lo quiere, a pesar de todo le ha dado lo que no había soñado jamás. Sacó a su madre del barrio pobre del que todos luchan por salir, él fue afortunado de que don Manuel se hubiese fijado en su cuerpo de adolescente. Poco a poco cae el encanto, se descubre el velo y Tito se da cuenta que no es esa la vida que desea, no quiere ser un objeto relegado a complacer la lujuria de un viejo sin escrúpulos. Conoce muy bien el poder que ejerce su sexo en don Manuel, sabe muy bien que si se niega a él, su deseo crecerá más y más, sabe muy bien que el pobre diablo está viciado por él, que lo necesita, que puede hacer lo que sea y siempre lo tendrá en la palma de su mano. El poder que ejerce en don Manuel lo vicia, ya no lo quiere más, esta hastiado, tiene un plan que puede adivinarse, terminará en un baño de sangre. La presa se convirtió en depredador y está decidida a salir de la trampa de lujo en la que se vio envuelta.

Cualquier lugar en la ciudad es permitido para la cacería de encuentros que permitan la glorificación máxima del ser, que permitan el orgasmo de poderío, la avaricia y la lujuria que reinarán por siempre. El perfecto cazador es don Manuel. A sus 13 años, en el colegio se involucra con el hijo del jardinero, se entregan en un desenfreno total. El colegio católico entra entonces a evocar la naturaleza de lo prohibido, ese lugar sagrado a los ojos de un niño que busca redención  y que lleno de miedo confiesa su pecado de placer solitario al sacerdote Mayor que inquisitivo le arranca su secreto más profundo: su homosexualidad incipiente a la que dio rienda con el hijo de un plebeyo, eso es algo que no puede permitirse el hijo del hombre con mayor poder en el pueblo, la penitencia para liberarse del poder de su pecado, el exilio a una ciudad que se convierte en su nuevo refugio. Pero el sacerdote Mayor está herido en su orgullo, ese muchacho, Mario, con el que había pasado tantos momentos de placer en los resquicios más inapropiados del colegio o la capilla, había resultado infiel. No le había gozado solo él, el padre Domingo, Manuelito y quien sabe cuántos estudiantes más. Ya tenía razón aquél que había dicho que no se podía confiar en plebeyos, en esos cholos desagradecidos.

El adulto en el que se convirtió don Manuel recorre las calles de la ciudad es su pequeño mercado, siempre en busca de muchachos que huelan a leche de canela con flores (pág. 199), su lugar favorito: los barrios pobres, los marginales. Su sexualidad reprimida ocasionalmente, la vive a plenitud con Tito, a quien tiene que dominar; ¿y el paso principal para su dominación? sacar a la madre de Tito del barrio pobre, convencerla de que es lo mejor para él que vaya a vivir a su casa que por cuestiones de trabajo le quedaría más cerca. A la madre de Tito no le alcanzan las bendiciones para agradecerle a don Manuel que saque a su hijo de un barrio que ella adivina, puede ser perverso para el futuro de su hijo, sin saber que lo estaba arrojando a la boca del lobo.

Don Manuel se lleva a Tito, lo aleja de la ciudad a su refugio de Santa Inés, en lo rural, allí se entrega al desenfreno. En la ciudad, don Manuel tiene su fachada bajo la cual guarda su más turbio secreto. Él y su familia ultracatólica guardan las apariencias, se asoman al balcón, observan la procesión. Katy, la esposa de don Manuel evoca a sus amantes enloquecidos en la cama presidencial donde el deseo y los excesos son su pan diario después de que don Manuel la abandonara física y emocionalmente y él mientras saluda a la procesión con una mano, con la otra manipula el miembro de su amante y a su vez se encuentra expectante, reconociendo a sus posibles presas.

La ciudad está lejos, 30 Km los separan de Lima y de las miradas indiscretas, allí don Manuel vive su sexualidad a plenitud y también su hijo Toño quién apesumbrado por las burlas constantes de sus compañeros y su imposibilidad de hacer el amor con mujeres – de lo cual culpa a su padre–, trata de ejercer una sexualidad envuelta en la violencia. Su miembro no responde y es sólo cuando siente la furia por las burlas de sus amigos que accede a las mujeres frenéticamente, las violaciones grupales le dan coraje, el voyerismo y el exhibicionismo son su clímax. Surge aquí la playa, al igual que la ruralidad del Valle del Rímac, como aliada alejada, guarda al ser humano y su forma de ejercer su sexualidad. Toño odia el grupo, odia a su padre, pero no puede estar sin el uno y sin el otro, le recrimina a don Manuel constantemente: ¡TODOS ME DICEN HIJO DE MARICÓN! (pág. 147), y es esto lo que lo lleva a explorar otros aspectos de sus prácticas sexuales. “Vete a la cama con otro”, parece decirle Toño a Kitty y ella para demostrarle su amor lo complace. En la playa Toño la observa, se masturba frente al espectáculo, luego llora, la golpea, le recrimina el haberle hecho caso. Luego se acuesta con ella. Ella lo ama, haría cualquier cosa por él, hasta dejar de lado sus principios y prestarse para el sexo en grupo.

Sexo grupal como el que practicaban el Zorro y el Conejo al otro lado de la ciudad, en el parque. Muchachos de barrios marginados que salen en pandilla, en la noche, donde pueden camuflar sus juegos sexuales entre ellos o con animales, donde pueden ejercer sus más anheladas perversidades, dónde observan sin ser observados, donde se masturban en grupo viendo las parejas que se entregan en lo público a las muestras del amor. La mujer que rechaza al hombre que intenta ir más allá, el hombre enardecido y excitado que no quiere dejar ir a su presa, la mujer que sale corriendo y la pandilla que incita al hombre rechazado a perseguirla y tomar por la fuerza lo que es suyo y no muy lejos de allí, don Manuel, observa desde el vigésimo piso de su banco, el parque, la ciudad, casi toda suya.

El poder del que se trata el sexo según Wilde, se ve fantásticamente plasmado en las historias de los últimos personajes de Reynoso. La anulación de su identidad, ya no hay contemplación, el amor deshumaniza y solo queda el cuerpo como moneda de cambio para alcanzar el objeto del deseo que dista mucho de ser un alguien y es más bien un algo que observa el alma con asco y que da paso a la náusea existencial de estar siendo usado, ser consciente de ello, pero además permitirlo. Pero no quiero dejar la pesadumbre de un sexo en donde el cuerpo es un pagaré firmado con la tinta del menosprecio y el sexo el contrato que se espera cobrar con intereses, así que volvamos al poder que nosotros podemos ejercer sobre nuestros propios cuerpos, pensamientos y sensaciones, disfrutando de Santibáñez en una invitación a no provocar la aparición de la otra, aquella que no tiene miedo de ejercer su poder y disfrutarlo.

LAS DOS

Conoces a la yo calma,

a la coqueta inofensiva,

diurna y musical.

Quién sabe cuándo aflore

la maliciosa,

viperina y vengativa.

Pero sé que ambas se hurgan

el sexo.

Y se huelen los dedos.

Julia Santibáñez

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