Sus rostros eran el reflejo del mío; sus gritos desesperados, mi propia voz mientras, en medio del caos, otras voces se apagaban y unas tantas nunca más se volverán a escuchar.
No solo se fueron al suelo los cimientos de sueños construidos y vivencias; también se derrumbaron metas y proyectos que quizá ya no se realizarán. Este luto nos invita a disfrutar lo efímero de la vida, a vivir intensamente. El sonido devastador de aquella mañana, cuando la tierra rugía, vivirá por siempre en nuestros oídos.
El momento es ahora; la vida solo nos avisa.
Haz esa llamada, expresa lo que sientes, perdona de corazón, visita ese lugar, toma ese descanso, ayuda cuando puedas y dale el verdadero valor a las cosas, pero nunca a las materiales.
Respira a plenitud el viento que sopla en tu cara y nunca olvides que este aquí y este ahora pueden ser el último. El mañana no existe más que en nuestras mentes; es urgente abrazar el presente, porque es lo único real que tenemos.


