La dialéctica del día no implicaba mayores novedades. El sol, en la cima de la pirámide, causaba un escozor indescriptible sobre la piel, mientras el tránsito no paraba de fluir como la circulación acelerada ante la monótona reiteración de la expectativa.
Era cuestión de respirar profundo para iniciar tareas sin languidecer en bostezos. Concentrarse, con la intención de darle elevación casi artística y significativa a la cotidianidad, sin arrepentirse de la escasa recompensa por el ejercicio de molestarse, buscando darle trascendencia a cuanto quizás ni siquiera tenga remuneración a cambio.
Fue el caso del columnista de El Opinadero, que vivía a mitad de cuadra de la carrera de un barrio cualquiera de Pereira. Había terminado la grabación precaria del audio que serviría para reforzar un video informativo, destinado a las redes sociales. Al concluir, notó la pequeña diferencia. El movimiento parecía insignificante. Otro de tantos, dentro de la lista de pequeños vaivenes caldeando los ánimos de las personas más susceptibles. A los pocos instantes, se agudizó al punto de emular los zamarreos de la infancia, empeñados en llamar al orden, hasta explotar en el movimiento desproporcionado que obligaba a zigzaguear las placas de las edificaciones como un wing derecho brasileño.
El minuto interminable se marchó hacia donde había venido. Lo iniciado con el fuerte pitido de los celulares; las vacas poniéndose de rodillas en el campo, la vista clavada al cielo, bramando por el final de la pesadilla; el presunto sonido de la tierra llorando, según los viejos, cedió paso al murmullo del entorno conmocionado.
Abrir la puerta, salir a las aceras, era toparse de bruces con la angustia de una morocha delgada, de piel de nube, al borde de las lágrimas, mientras intentaba comunicarse a través de la señal interrumpida. No demasiado lejos, los hombres en prendas menores, algunos descansando, deambulando entre parábolas para tratar de interpretar el significado de lo ocurrido. Las matronas peliteñidas, a punto de colapsar de miedo, empeñadas en formar una fila desigual a lo largo de la calle, al intuir la llegada del apocalipsis entre gritos y palmas apretadas.
Emerger a la realidad implica tomar contacto más allá de la visión inmediata. Es posible percibir daños mayores o menores, pero los rumores de lo acontecido detrás del horizonte, vedados de las faldas de las cercanías, acaban de destrozar los ánimos. El rumor de la casa de Pedro, de Juan, del pariente, del vecino, vuelta escombros; que cien muertos de aquí y allá; las primeras voces hablando de lugares reconocidos hechos pedazos, del centro en ruinas, se suman a la sensación de la espada de Damocles de posibles réplicas. Es la amarga libertad de no saber, no poder ni tener dónde ir, al margen de la curiosidad que a veces mató al gato.
Una veintena de personas pasa corriendo, anunciando a los gritos una avalancha nunca producida fuera de los sectores lindantes al río. Es el tiro de gracia a la desesperante expectativa de quienes aguardan lo peor. Los más creativos tratan de divisar la maroma de agua enlodada asomando a lo lejos. Si imaginaban una tragedia al estilo de la película «Krakatoa, al este de Java», se quedan con las ganas.
A duras penas, los afortunados celebran la vida que no se les fue por obra y gracia del destino. Una familia recibe al resto de miembros en la casa, provenientes de un edificio completamente colapsado. Pasa uno de los representantes a la Cámara, manejando su camioneta cuatro por cuatro. Alguien lo detiene algunos instantes, aunque debe partir a toda prisa debido a los bocinazos de los carros y las motos, colapsando las calles en furiosa embestida, proveniente de los cuatro puntos cardinales. Otra persona habla del pobre vecino que, asustado, salió a la carrera para acabar siendo aplastado por la mampostería de la parte frontal de la casa. Transcurren horas terribles.
El impacto inicial se escurre. La gente da las gracias al comprobar la sanidad propia o de los suyos. En el peor de los casos, lamenta los estragos materiales y las pérdidas humanas, las comenta como si fueran más importantes que haber salvado la cabeza por muy poco; parece debatirse entre la búsqueda imposible de familiares y cercanos y el estúpido deseo de salir a recorrer la nada, comprobar la destrucción de primera mano, a pesar del anunciado riesgo de colapso de las distintas viviendas o edificios.
El sol resulta distinto al usual. Es de tristeza, de angustia sobrevolando el aire. El polvo, irritando las gargantas, se suma al apretón de las necesidades satisfechas por omisión, ahora faltantes. El servicio de agua es intermitente, con el sobreaviso de interrupción al caer la noche. La falta de gas vaticina la carencia de tomar una ración caliente, con todo lo que significa en medio de horas aciagas. La luz es una ilusión, detonando la incertidumbre de ignorar la suerte de familiares viviendo en sitios que la permanente comunicación hacía menos distantes.
La jornada decrece. El calor sigue siendo insoportable. En las esquinas, sentados a la vera de las sombras, caldeados al sol, muchos buscan señales de Internet como saliendo a cazar mariposas imaginarias, pokemones solitarios, ya no con el afán de tener contacto, sino de enviarles mensajes escritos o de voz. Acunan la esperanza renovada de hacerles saber que se encuentran bien.
Los registros fotográficos de las distintas partes se acumulan a medida que cae la tarde. La gente, sobresaltada, aunque conversa tranquila, permanece en la puerta de las casas a la expectativa. A la distancia, puede advertirse que, en su fuero interno, aguardan nuevos indicios de algo peor por ocurrir de un momento para otro. Las puertas aparecen abiertas, en improvisada vigilia vespertina, tratando de atrapar retazos de la fresca no proporcionada por ventiladores, de aires acondicionados sumidos en el desuso forzado.
Desde hace varias horas, la ciudad permanece paralizada. Quienes no encontraron el debido consuelo dentro de la relativa tranquilidad, de la incertidumbre pronunciada de sus hogares, se agrupan frente a los edificios caídos, mudos centinelas de las incipientes labores de rescate, de remoción de escombros, de la morbosa expectativa del hallazgo de cadáveres. A través de murmullos sutiles, de móviles sobreviviendo a la ausencia de energía, recogen breves evidencias fílmicas, inmortalizan momentos para la eternidad, sin advertir los claros de luz apagándose poco a poco, la inseguridad creciente ni los riesgos posibles.
Al caer la noche, las puertas van cerrándose una a una, dejando atrás las calles, emulando verdaderas bocas de lobo en las cuales no queda nada por descubrir. Esta vez, la zozobra encuentra refugio junto a la tácita necesidad de recogerse, de aguardar con la agonía de no encontrar nada para ver fuera del alcance de las velas de pésima calidad iluminativa. Tomar los últimos alimentos de la jornada constituye la única expectativa efímera cuando no queda más por hacer. Minutos luego, al agotarse los temas de conversación, queda echarse a dormir encerrado dentro de uno mismo, en una especie de catafalco infernal; la tensión a cuestas, tratando de hallar los pedazos de cansancio como estampillas infantiles, a fin de apagarse. Lo demás es la nada, salpicada por los faros de algún automóvil atravesando la calle de manera ocasional, aunque resulte arduo adivinar dónde pueda dirigirse.
Los ojos se abren con las primeras luces. Retorna la depresión silenciosa, aún sin poner los pies sobre el suelo. Comprobado el derredor inalterable, se torna arduo encontrar qué, cómo y cuánto hacer, aparte de cubrir las necesidades inminentes. Las cadenas de supermercados y los pequeños comercios permanecen cerrados. Los escasos abiertos venden los insumos a varias veces su precio. Las tiendas de barrio ponen paños fríos a la creciente demanda de productos de la canasta familiar. Nunca falta la vecina llevando a otras casas el excedente que, en realidad, está lejos de sobrar. El hombre con el bolso, el bulto indefinido bajo el brazo, siguiendo el derrotero de las mañanas, de las tardes. Los colectivos comenzaron a circular con el itinerario alterado, al tiempo que podían distinguirse pasajeros contemplando el trayecto anonadados, a la espera de visualizar más postales del desastre. Apenas se oye alguna radio de transistores encendida gracias a las pilas, recabando segmentos informativos, apartada drásticamente de la musicalidad característica de los colombianos.
Se supo así que el terremoto afectó a la mayor parte del país, de Medellín a Nariño, con epicentro en el municipio de San José del Palmar, del departamento del Chocó, partiendo al medio el Eje Cafetero a partir de la capital pereirana, adquiriendo la relevancia de haber sido, si no el peor de la historia, al menos uno de los más grandes de la vida nacional. «La Perla del Otún», corredor pactado en medio del conflicto interno que sacude al país desde hace setenta años, congeló la vida a pesar del fenómeno del Niño. Los informativos enfatizaban el feliz sorteo de las rutas o vías interrumpidas, a partir de los anuncios optimistas de ayuda desde la Presidencia de la Nación, la llegada aérea de equipos de rescatistas y las cadenas de solidaridad formadas en las diferentes ciudades.
El boca a boca de las novedades, con la imprecisión de un teléfono descompuesto, circulaba en los barrios, amortiguando de cierta forma los estados de ánimo. La amenaza proseguía, la tristeza podía palparse a través del estetoscopio de la verdad, carente de los efectos de la información tendenciosa. Lo que debiera ocurrir tendría lugar, descubierto de maquillajes, como los rayos dañinos del sol atormentando a los mortales, so pretexto de iluminar.
La gente se preocupaba por recoger el agua una vez volvía, intentaba asearse de la mejor manera posible. El hedor delataba los intentos de cocinar a carbón, a leña, de agotar la carne u otros alimentos perecederos, frente al agobio de ignorar cuándo semejante situación iba a concluir. Por segundo día consecutivo, la extremada pasividad, las oleadas insignificantes de brisa, los trabajos extenuantes de los operarios de las empresas de energía, evaluando daños y la posibilidad de reconectar el servicio, le otorgaban cierta movilidad a la tarde abúlica.
La caída del sol pasó desapercibida. Nada hacía intuir que esa noche sería diferente a la anterior, cuando llegaron los primeros guiños de luz, muy celebrados. La intermitencia dejaba suponer la falta de electricidad durante varios días, hasta prolongarse durante un largo período, cortándose hasta volver definitivamente, devolviendo la esperanza de reencuentro virtual, de poder suspirar del mero hecho de saber, sin mayores detalles, cómo la muerte les había pasado de largo.
La conectividad tardó bastantes horas más. Los servicios se fueron restableciendo con el transcurso de las horas. Lentamente, la vida simulaba volver a germinar, sin la usual indiferencia hacia aquellas vidas interrumpidas por los señalamientos arbitrarios de la desgracia. La súbita algarabía, como tantas veces, pareció hasta hacer olvidar las peores penurias. En especial, las sucedidas escasas horas atrás. Colombia entera daba la imagen de un niño que, asolado por el llanto inconsolable, la mueca de algún mayor pone a reír a carcajadas.
Posiblemente, la auténtica victoria de un país escarnecido, lleno de hijos cargados de cicatrices en sus más de doscientos años de existencia —involuntarias o autoinfligidas a través del voto popular— sea la capacidad innata de renacer a cada instante. Ello, aunque se suela interpretar de manera errónea que convive en un contexto adverso e inmodificable, cuando está comprobada su notoria capacidad de superar cualquier revés, aunque tenga siete punto cuatro puntos en la escala de Richter.
Carlos Alberto Ricchetti


