sábado, marzo 21, 2026

EL PROBLEMA NO ES EL OTRO

OpiniónEL PROBLEMA NO ES EL OTRO

Isabel tiene 45 años, una trayectoria profesional sólida y una vida que ha construido con esfuerzo. Sin embargo, un episodio puntual en su trabajo —una acusación falsa de acoso laboral y sexual por parte de un colaborador— fracturó su tranquilidad. Aunque el comité de convivencia investigó y concluyó que no había fundamento en la denuncia, seis meses después Isabel sigue experimentando ansiedad intensa, insomnio y un profundo temor de encontrarse con esa persona. “No soy capaz de verlo”, dice. “Es como si todo volviera a pasar”. Su pregunta parece lógica: ¿debería ser trasladada o reubicada? Sin embargo, la respuesta terapéutica apunta en otra dirección: el problema ya no está en el otro, sino en lo que ocurre dentro de ella. Esta idea puede resultar incómoda, incluso contraintuitiva. En una cultura que rápidamente señala culpables externos, afirmar que “el problema no es el otro” puede parecer injusto. Pero no se trata de justificar el daño ni de negar la responsabilidad de quien actúa mal. Se trata de comprender un principio del funcionamiento de la mente humana: no reaccionamos directamente a los hechos, sino a la interpretación que hacemos de ellos.

Ya lo advertían los filósofos estoicos, especialmente Epicteto: “No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que pensamos sobre lo que nos sucede”. En el caso de Isabel, el evento externo —la acusación— ya fue resuelto. Sin embargo, su mente sigue activando las mismas respuestas emocionales como si la amenaza persistiera. Esto ocurre no porque el hecho siga presente, sino porque su significado interno no ha sido elaborado. Desde la Psiquiatría, sabemos que el cerebro no distingue con claridad entre una amenaza real y una que recuerde con alta carga emocional. Cada vez que Isabel anticipa el encuentro con su colaborador, su sistema nervioso reacciona como si estuviera nuevamente en peligro. No es el otro quien produce directamente su ansiedad actual; es la red de pensamientos, interpretaciones y memorias asociadas a ese evento. Aquí emerge una pregunta clave: ¿qué es lo que realmente duele: la acusación en sí misma o lo que Isabel ha llegado a pensar sobre ella? Posiblemente, no se trate solo del hecho, sino de significados más profundos: “Esto es injusto”, “mi reputación está en riesgo”, “no puedo confiar”. Estas ideas automáticas son las que sostienen el sufrimiento en el tiempo.

¿Qué hacer, entonces? El primer paso es reconocer una verdad difícil pero liberadora: hay aspectos de la vida que no dependen de nosotros. No podemos controlar lo que otros dicen, piensan o hacen. Intentar hacerlo conduce inevitablemente a la frustración. Pero sí podemos trabajar sobre nuestra respuesta interna. Esto implica desarrollar una forma distinta de relacionarnos con nuestros pensamientos. Isabel no necesita cambiar de ciudad para estar en paz. Necesita comprender qué dentro de ella sigue reaccionando como si el peligro no hubiera pasado. Porque, al final, la libertad emocional no consiste en que el mundo deje de ser incierto, sino en aprender a no quedar atrapados en nuestras propias interpretaciones. El problema no es el otro. El problema —y también la solución— está en cómo lo asumimos. www.urielescobar.com.co

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