Durante generaciones, se ha afirmado con orgullo que Anserma, llamada con afecto “la abuela de Caldas”, tiene su origen en la fundación de Santa Ana de los Caballeros en 1539 por el conquistador Jorge Robledo. Esta idea no solo ha sido repetida, sino profundamente arraigada en la identidad cultural del municipio, convirtiéndose en un elemento casi incuestionable de su memoria colectiva. Sin embargo, cuando la historia se somete al rigor de la evidencia, comienzan a surgir fisuras que obligan a replantear lo que durante tanto tiempo se ha dado, por cierto.
La investigación y el testimonio de Alberto Escudero Manrique, registrador e investigador conocedor directo de los archivos de Anserma, plantean una tesis inquietante: la historia oficial podría estar edificada más sobre una construcción posterior que sobre una continuidad real desde el siglo XVI. Su afirmación no es ligera ni emocional, sino profundamente documental.
El tío Alberto, como le llamamos cariñosamente, al revisar los registros civiles, notariales y administrativos del municipio, encontró un vacío difícil de ignorar: no existen documentos que acrediten la existencia de una vida institucional continua en Anserma antes de finales del siglo XIX. No hay libros antiguos, ni escrituras, ni registros parroquiales que respalden una presencia estable desde la época colonial. En términos historiográficos, este silencio documental no es un detalle menor, sino un indicio poderoso.
A partir de este hallazgo, surge una segunda línea de cuestionamiento: la confusión entre dos espacios históricos distintos. La Santa Ana de los Caballeros fundada por Jorge Robledo no correspondería al territorio del actual Anserma en Caldas, sino a lo que hoy se conoce como Ansermanuevo, en el Valle del Cauca. Los recorridos del conquistador, documentados en relación con el río Cauca y sus inmediaciones, no coinciden con la ubicación de Ansermaviejo. Más aún, las distancias y dinámicas de fundación de la época sugieren que Robledo nunca llegó a establecerse en ese territorio. Esta distinción, aparentemente técnica, tiene implicaciones profundas: si la fundación original ocurrió en otro lugar, entonces la identificación histórica de Anserma con ese origen pierde sustento.
El punto de inflexión en esta construcción histórica parece situarse en el año 1939, cuando se celebró el llamado cuarto centenario de Anserma. En ese contexto, se produjo el “Libro del Cuatricentenario”, un documento que, lejos de consolidar pruebas, según Escudero evidencia la ausencia de ellas. No se encuentran testimonios, ni documentos antiguos, ni referencias directas que vinculen de manera sólida a Ansermaviejo con la fundación de 1539. Sin embargo, la celebración se llevó a cabo, y con ella se institucionalizó una fecha, una narrativa y una identidad.
Aquí entra en juego un elemento clave para comprender el fenómeno: el interés político y económico. En aquella época, el reconocimiento de una ciudad como antigua y fundacional no solo tenía valor simbólico, sino también implicaciones prácticas. El Estado otorgaba recursos a poblaciones con efemérides relevantes, lo que convertía la antigüedad en una forma de capital. En este contexto, la historia pudo haber sido organizada, adaptada o incluso reinterpretada para cumplir con los requisitos que permitieran acceder a dichos beneficios. No se trataría simplemente de un error inocente, sino de un proceso en el que la memoria fue moldeada por las circunstancias.
A esta problemática se suma la ausencia de evidencia material. La arqueología, que actúa como un contrapeso frente a los relatos escritos, tampoco respalda la antigüedad proclamada. No existen restos arquitectónicos, estructuras coloniales o elementos materiales que indiquen una presencia estable desde el siglo XVI en Ansermaviejo. La iglesia principal, por ejemplo, no corresponde a las características constructivas de la época. Esto refuerza la idea de que la historia narrada no encuentra apoyo en los vestigios físicos del pasado.
En este punto, resulta inevitable recordar el principio fundamental de la historiografía moderna: la historia no es lo que se repite, sino lo que se puede demostrar. Como lo planteaba Marc Bloch, el historiador debe cruzar documentos, objetos, contextos y testimonios para aproximarse a la verdad. Y cuando ese cruce no coincide, cuando los documentos callan y los objetos no hablan, la tarea no es sostener la tradición, sino cuestionarla.
Esto no significa negar la historia de Anserma, ni desconocer su riqueza cultural o su importancia regional. Significa, más bien, asumir con honestidad que la identidad de un pueblo no se debilita al confrontar su pasado, sino que se fortalece cuando lo hace con verdad. La historia, cuando es auténtica, no necesita adornos ni exageraciones; su valor reside precisamente en su fidelidad a los hechos.
El caso de Anserma nos enfrenta a una realidad incómoda pero necesaria: los pueblos no solo heredan su historia, también la construyen, la interpretan y, en ocasiones, la reinventan. Pero esa construcción no debe estar guiada por la conveniencia, sino por el compromiso con la verdad. Porque solo una memoria honesta puede sostener una identidad sólida.
Así, la pregunta que queda no es únicamente si Anserma fue fundada en 1539, sino si estamos dispuestos a revisar lo que creemos saber. Y esa, en el fondo, es la esencia misma de la historia: no confirmar certezas, sino abrir caminos hacia la verdad.
Padre Pacho



Abrir caminos a la verdad en todo contexto. Debe ser una constante no solo en la historia de un pueblo, también en la de cada individuo que lo habita..
Padre Pacho
Buenos días
Que importante reseña histórica de la llamada Santa Ana de los Caballeros, y sino fue Jorge Robledo, entonces a Quien se le debe ese honor porque lo mismo pasó con Supía fundado en 1540, un año después.
Padre Pacho: muy interesante su artículo, maravilloso poder » desfacer entuertos» como dijo el quijote, muy agradable crónica . Mil saludos y bendiciones.