ERRAR ES DE HUMANOS

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“Lo perfecto es inhumano”, dice una vieja y hermosa canción.

Luis Alberto Rojas Franco

Cuando escribí mi libro Ser de Luz y Amor: Un viaje al interior del ser, lo hice con la intención de que llegara a muchas personas y pudiera ayudarles, especialmente a jóvenes, familias y maestros. Sin embargo, para que eso ocurriera necesitaba que la gente me reconociera como escritor.

Por eso comencé a escribir en El Opinadero y también en mi propia página, www.poderlider.com.

Sin embargo, como soy polifacético, era difícil que las personas identificaran esa faceta. Cada quien suele recordarme desde el lugar donde interactuó conmigo: algunos como estudiante, otros como docente; otros como líder de Gestión Social, como líder comunitario o social, o por mi participación en diferentes organizaciones.

Mi familia normalmente me decía: “El paisa no se vara”, “Usted es un hombre y los hombres resuelven” o “Tráigame soluciones, no me traiga problemas”.

Pero no lo digo desde una perspectiva machista. Esa nunca fue la intención. Porque, si fuera así, entonces tendría que decir que mi madre era más macha que cualquier hombre que haya conocido.

Y es que ella sí sabía resolver hasta las situaciones más complejas.

Recuerdo que cuando era niño estábamos solos mi madre y yo. La casa era inmensa. En realidad, eran varias casas unidas que mi abuelo había comprado e integrado con el tiempo. Así que éramos mi madre y yo solos en aquella inmensidad que ocupaba casi un cuarto de cuadra.

Una noche nos atacó una banda de asaltantes. Comenzaron a golpear con puntapiés la puerta del primer piso intentando entrar.

Mi madre, lejos de paralizarse, me dijo:

—Pásame eso.

Había por allí unos pedazos de ladrillo y otros objetos contundentes. Yo se los iba pasando mientras ella tomaba uno de ellos y lo lanzaba hacia la calle. No le pegó a nadie. No pretendía golpear a nadie.

Entonces les gritó:

—¡Váyanse de aquí! Porque el próximo sí va para ustedes. Así que mejor váyanse.

Yo seguía pasándole objetos mientras ella los enfrentaba desde el balcón.

Finalmente, los asaltantes decidieron abandonar su intento y se fueron.

Curiosamente, en ese momento yo no sentí miedo. Sentía que mamá y yo éramos un equipo y que simplemente nos estábamos defendiendo.

Paradójicamente, quienes conocen al pacifista que soy hoy difícilmente imaginarían aquella escena.

Precisamente por eso soy pacifista. Porque la violencia es odiosa.

Quien ha tenido cerca el sufrimiento de un ser querido, quien ha visto de cerca la violencia, el conflicto o la guerra, difícilmente quiere volver a vivir ese tipo de situaciones.

Por eso creo que es mejor que existan normas. Es mejor que exista orden. Es mejor que existan acuerdos. Es mejor la comunicación y la conversación entre las personas.

No creo que sea una casualidad que los seres humanos estemos dotados de la capacidad de comunicarnos. Tal vez una de las razones sea precisamente esa: aprender a gestionar nuestros conflictos de manera pacífica, sin hacer daño a los demás y sin hacernos daño a nosotros mismos.

Y aunque no siempre lo logramos, cada conversación sincera es mejor que la violencia, cada acuerdo es mejor que la imposición y cada acto de comprensión es mejor que el odio.

Retomemos la idea central, porque ya divagué mucho, pasando por temas como el valor y la capacidad de confrontación de mi madre, el machismo, la capacidad resolutiva, la seguridad, la autoestima y eso que algunos llaman el empuje paisa.

Retomemos entonces la idea.

Cuando alguien te conoce como estudiante, escritor o autor de un libro, nunca deja de ser tu maestro.

Eso me lo dijo el profesor Samuel mientras subrayaba mi libro durante un vuelo entre Bucaramanga y Bogotá.

Confieso que me puse nervioso cuando lo vi sacar un lapicero y comenzar a marcar algunas páginas. Uno nunca sabe qué va a encontrar un profesor cuando lee algo que escribió su estudiante.

Entonces me dijo:

—Aunque usted ya está grande, aunque sea un adulto, yo nunca lo voy a dejar de ver como mi estudiante.

Al final leyó varios apartes y me dijo:

—Me gusta mucho.

Y luego agregó:

—Solo tiene unos errores de tipografía que puedes corregir en una siguiente edición.

Yo sonreí como cuando aprobé Kinesiología, la materia que me dio el doctor Samuel.

Y, en realidad, volví a experimentar una de las sensaciones más bonitas de la vida: sentir que estaba frente a un verdadero maestro.

Un maestro con una profunda vocación por la enseñanza, con una ética intachable, con un inmenso deseo de transmitir la ciencia y el conocimiento, consciente de la responsabilidad que implica mantener viva la llama del saber y custodiar uno de los mayores tesoros de la humanidad: el conocimiento.

Aprovecho este artículo para hacerle un homenaje y darle las gracias por todo su empeño, por su dedicación y por todo lo que nos enseñó a mí, a mis compañeros y a los cientos de estudiantes que seguramente han pasado por sus aulas.

Si lees este artículo y tiene errores, también me los puedes corregir.

Y justamente de eso se trata este texto.

A estas alturas quizás pienses que estoy hablando únicamente de mi libro. Y sí, en parte lo estoy haciendo. Pero también estoy hablando de nosotros, los seres humanos.

Porque vivimos en una época extraña. Una época en la que la vergüenza oprime el potencial de muchas personas. Una época en la que dejamos de ser personas para convertirnos en personajes. Dejamos de ser humanos para intentar convertirnos en una imagen.

Ahora escribo como si estuviéramos conversando tranquilamente en una sala o alrededor de una mesa.

Tómate un café mientras lees este artículo. Tómatelo como cuando nuestros abuelos o nuestros padres leían las cartas que les enviaban sus seres amados mientras disfrutaban una taza de café.

Extraño esa época en la que los seres humanos buscaban mejores formas de relacionarse. Formas de hacer sentir bien a las otras personas. Formas de cultivar los buenos modales, los valores, la urbanidad y aquellos pequeños detalles que hacían que alguien se sintiera tratado con amor, con afecto y con cariño.

Y tal vez por eso este artículo existe.

Porque un día descubrí algo que me tomó años comprender:

Los errores no disminuyen necesariamente el valor de una obra.

Quizás mi libro sea una de las últimas obras con errores. Aunque pasó por corrección de estilo, diseño, diagramación y meses de revisiones, aun así quedaron algunos errores.

Agradezco a todas las personas que hicieron aportes y correcciones a mi libro. En particular a Claudia Marcela Giraldo y a Josué, que fueron las últimas personas en poner su magia sobre esta obra.

Porque, a pesar de todos los cambios que tuvo, Ser de Luz y Amor nunca perdió su magia.

Sigue siendo el mismo libro.

Sigue transmitiendo el mismo mensaje.

Y sigue invitando al lector a realizar un viaje al interior del ser.

Y ahí entendí algo importante: muchas veces confundimos perfección con valor.

Creemos que un pequeño error invalida todo el trabajo realizado, cuando en realidad ocurre lo contrario. Los errores nos recuerdan que detrás de cada obra existe una persona. Una persona que dudó, que aprendió, que corrigió, que volvió a empezar, que se equivocó y que, aun así, decidió compartir algo de sí misma con los demás.

Por eso me llama la atención el momento histórico que estamos viviendo. La inteligencia artificial ya corrige textos, mejora redacciones, organiza ideas y produce documentos completos en cuestión de segundos. De hecho, algunos estudios muestran que puede reducir significativamente el tiempo de escritura y mejorar aspectos como la coherencia, la estructura y la calidad formal de los textos.

Y eso está bien. La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria.

Pero aquí aparece una pregunta interesante: ¿qué pasará cuando la mayoría de los documentos sean técnicamente perfectos?

Yo sospecho que entonces comenzaremos a valorar otras cosas. Quizás estos documentos impresos, llenos de tachones, correcciones y errores, terminen algún día en un museo digital. Tal vez alguien los observe como hoy observamos los manuscritos originales de los escritores. No por sus errores, sino porque evidencian la presencia de un ser humano.

Porque la inteligencia artificial puede ayudarte a escribir. Puede darte una idea, sugerirte una estructura, corregirte una coma o encontrar una mejor palabra.

Pero esos documentos nacen principalmente de procesos similares a los de nuestro cerebro lógico, analítico y matemático.

Y el ser humano es mucho más que eso.

No somos únicamente un cerebro capaz de calcular, analizar o procesar información.

Como diría Waldemar de Gregori, nuestro cerebro está conformado por distintos procesos. Está ese cerebro lógico, racional y analítico que nos permite comprender, organizar y estructurar la realidad. Ese es, en gran medida, el tipo de procesamiento que realizan las computadoras y la inteligencia artificial.

Pero existe también el cerebro central, el cerebro de la acción, el impulso, la voluntad y la capacidad de transformar una idea en movimiento. Ese que nos lleva a actuar, a perseverar, a levantarnos después de una caída y a luchar por aquello que consideramos importante.

Y está también el cerebro del sentir, donde habitan nuestras emociones, nuestros afectos, nuestros sueños, nuestros miedos, nuestras alegrías y nuestras tristezas.

Por eso la inteligencia artificial puede procesar información, pero no puede vivir tu vida, recordar a tu madre, sentir el miedo de un niño defendiendo su casa, experimentar los nervios de un autor mientras un profesor lee su libro, enamorarse, sufrir, encontrar sentido al dolor o recorrer ese camino interior que transforma a una persona.

Y creo que ahí está una de las diferencias más importantes.

La inteligencia artificial procesa información.

El ser humano transforma esa información y le da significado a la vida.

Quizás el gran desafío tecnológico de nuestro tiempo sea conservar la autenticidad. Mantener viva la magia del ordenador más poderoso del universo: el cerebro humano.

Que la inteligencia artificial nos ayude a pensar mejor, pero que no piense por nosotros. Que nos ayude a escribir mejor, pero que no escriba aquello que nace de nuestro corazón. Que nos ayude a corregir errores, pero que no elimine aquello que nos hace humanos.

Porque tal vez llegue un día en que un texto imperfecto, escrito desde el corazón, tenga más valor que mil textos perfectos generados por una máquina.

Y cuando ese día llegue, recordaremos algo que siempre estuvo frente a nosotros:

Errar es de humanos.

A propósito si quieres apreciar mi obra me puedes escribir a ceo@poderlider.com

 www.poderlider.com
 Instagram: @profeluisutp
 TikTok: @profeluisrojas

2 COMENTARIOS

  1. Hoy mi compromiso será leer su libro. Desde este momento generó expectativas, estoy motivada.Grandes reflexiones en su artículo, con muchas de ellas me identifico.
    Gracias.

  2. Buen día Don Luis. Gran escrito.

    Sólo se equivoca el que hace el intento ya que nadie nace aprendido cuando quiere aprender. En este tipo de trabajos es importante reconocerle el error a la persona participante para que mejore.

    Los errores son parte del aprendizaje pero hay errores que son horrores y estos si los castigan, sobre todo cuando son dañinos y nocivos para el lector.

    Feliz día

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