sábado, mayo 9, 2026

EL ARCA  SE DETUVO EN PEREIRA

OpiniónHistoriaEL ARCA  SE DETUVO EN PEREIRA

Hay ciudades que se cuentan a sí mismas a través de sus monumentos, sus plazas, sus puentes, sus silencios. Y hay otras —como Pereira— que parecen empeñadas en olvidar lo que tienen delante de los ojos. Lo descubrí tarde, lo admito, pero con la contundencia de una revelación. Después de 54 años viviendo en Pereira, solo hace unos días crucé por primera vez las puertas de la sede de la CARDER.

Desde afuera, durante décadas, apenas veía una silueta extraña de su edificación con una forma que no lograba descifrar. Pero al entrar, la sorpresa fue tan grande que me motivó  a hacer ésta columna.

Lo que allí encontré, no fue una oficina pública, ni un edificio administrativo más, fue una obra arquitectónica que desarma cualquier indiferencia. Una réplica del arca que construyó Noé, según  la Biblia, para conservar la especie humana y animal, durante el tiempo del diluvio universal, una estructura hecha totalmente en guadua y madera, alargada, de extremos curvos, rodeada por un gran espejo de agua que la hace parecer suspendida en ella , “Es un barco que se detuvo en la ciudad, un símbolo silencioso de lo que podríamos ser, si entendiéramos que el patrimonio no es solo lo antiguo, sino lo significativo”.  

Ya todas éstas me pregunto, cómo es posible que un edificio declarado bien de interés arquitectónico y cultural, diseñado por Simón Vélez —uno de los arquitectos colombianos más reconocidos en el mundo— sea un desconocido para la mayoría de los pereiranos? ¿Cómo se explica que los recorridos turísticos oficiales mencionen el viaducto, el Bolívar desnudo, el Cristo sin Cruz, la catedral, pero no incluyan esta joya que encarna sostenibilidad, identidad cafetera, innovación material y sensibilidad ambiental? 

La respuesta podría ser incómoda, que Pereira tiene una relación frágil con su propio patrimonio, no lo reconoce, no lo narra, no lo integra a su memoria colectiva.

Pasamos de largo frente a lo valioso, como si la ciudad estuviera condenada a mirar siempre hacia adelante sin detenerse a comprender lo que ya tiene. 

El Arca podría ser mucho más que la sede de la autoridad ambiental CARDER, porque podría convertirse en un laboratorio vivo de educación ambiental, en un espacio para enseñar construcción sostenible, en un punto de encuentro para el turismo responsable, en un símbolo de la arquitectura en guadua como aporte al mundo.

Pero seguimos tratándolo como un edificio de trámites, un lugar al que se entra por obligación y no por curiosidad o admiración. 

Y, sin embargo, su potencial es enorme.

La guadua —ese material campesino tantas veces subestimado— alcanza aquí su expresión más alta.

El edificio demuestra que la sostenibilidad no es un discurso, sino una forma de construir, de habitar y de imaginar ciudad. 

Hay que reconocer algo que suele pasar desapercibido, el edificio está impecablemente conservado. Eso no ocurre por inercia.

Durante la presentación del informe de gestión, fue evidente que el director de la CARDER, Julio César Gómez, ha asumido con rigor la tarea de mantener este patrimonio vivo, “no como un monumento estático, sino como un espacio que respira y se usa”. 

Ese cuidado contrasta con la indiferencia simbólica de la ciudad.

Mientras el edificio se mantiene en pie con dignidad, la ciudad lo mantiene fuera de su relato. 

Pereira tiene una tendencia peligrosa, confunde desarrollo con olvido. Cree que crecer es construir siempre algo nuevo, cuando a veces crecer es aprender a mirar lo que ya existe.

El Arca es un recordatorio de esa deuda. No necesitamos inventar símbolos; necesitamos reconocer los que ya tenemos. 

El Arca debería estar en las guías turísticas, en los mapas culturales, en los recorridos escolares. Debería ser un punto obligado para propios y visitantes. Debería ser un orgullo, no una rareza.

Mi primera visita al Arca fue una lección tardía, pero necesaria, me mostró que la ciudad no solo necesita obras nuevas, requiere de ojos nuevos, necesita detenerse, observar, comprender. 

Porque un barco que no navega también puede orientar. Y este, en particular, puede ayudarnos a encontrar un rumbo más coherente, entre lo que decimos y lo que hacemos con nuestro territorio. 

El Arca que se detuvo en Pereira no espera zarpar, es la ciudad la que debe, por fin, decidir mirarla.

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