“…Murió don Guido, un señor
de mozo muy jaranero,
muy galán y algo torero;
de viejo, gran rezador…”.“Llanto de las virtudes y coplas a la
muerte de Don Guido”. Antonio Machado (1875 – 1939)
Ante todo, quiero pedir disculpas a los lectores por escribir esta crónica en primera persona, lo cual en la opinión de muchos seguramente le restará objetividad a este artículo sin indicios de maldad, pero necesario para sentar una posición objetiva sobre el referente político que acaba de fallecer durante la noche del viernes 8 de mayo, con apenas 64 años de vida.
Al momento de leer la fatal noticia, en primera instancia me sorprendió, aunque el sospechoso silencio de ex vicepresidente de la República, con la excepción de sus notas en un matutino de alta circulación nacional, resultó el disparador perfecto de todas mis certezas. De otro modo; ¿cómo podría ausentarse alguien otrora tan activo en el arte de buscar la seducción de las masas carentes de identidad de los territorios de la provincia?
Luego asocié la descompensación sufrida en 2017, la cual le provocó la pérdida del conocimiento en plena faena electoral, a causa un tumor cerebral benigno más tarde extirpado. Recordé el episodio del libro bomba recibido al interior del Congreso que literalmente le voló tres dedos de la mano mediando un singular baño de sangre y el nombramiento de la risaraldense Elsa Gladys Cifuentes Aranzazu, encargada a la postre de cubrir su vacancia.
Sin embargo, a pesar de haber sido un acérrimo contradictor de la política continuista de la que estaba dejando de ser en los últimos años una de las figuras de mayor relevancia, tuve la coherencia, pero sobre todo la hombría de bien de no sentir una alegría insana por la muerte del “Doctor Coscorrón”.
Ni siquiera sentí alivio de las consecuencias políticas de la tragedia, al ocupar su lugar otros importantes cuadros de la derecha, porque al contrario de quienes son incapaces de dominar las bajas pasiones, no existen muertos buenos o malos. Es necesario estar muy enfermo, ser de dudosa calaña para celebrar las tragedias ajenas, la eliminación natural o violenta del contradictor político, como es imposible recordar las groserías, los exabruptos, las cuestionadas licencias de algunos personajes públicos.
Por esa razón decidí elaborar una reseña personal sin considerarme el dueño de la verdad absoluta, que para los creyentes solo existe en la figura omnipresente de Dios. Preferí fundirme dentro del crisol de uno de los tantos escritores de medio pero devenidos en periodistas, para ostentar tal vez la más desacreditada de las profesiones, junto a la de quienes preparan las piras funerarias e incineran los muertos a orillas del Ganges.
De antemano, quise rehusarme de forma terminante a referirme al patricio Germán Vargas Lleras, proveniente de una de las casas políticas tradicionales del país, como si se tratara de algún estadista de la talla de Winston Churchill, Charles De Gaulle, Juan Domingo Perón, Otto Von Bismarck, Vladimir Lenin, Golda Meyer o el mismísimo Simón Bolívar, porque simplemente estuvo muy lejos de serlo.
Quizás este hombre venido al mundo en 1962, en pleno contexto del antiguo Frente Nacional, fue producto de quienes en lugar de tener la lucidez de cuestionar sus orígenes ideológicos haciendo de lado el innegable auxilio familiar, supuso que la realización personal dependía de emular los éxitos de sus predecesores. Tenía ocho años cuando su abuelo, el ex presidente Carlos Lleras Restrepo (1908 – 1994), una de las más fervientes viudas de Jorge Eliécer Gaitán tras su magnicidio, facilitaba uno de los mayores fraudes electorales de la historia: Despojar de un legítimo triunfo electoral al viejo general Gustavo Rojas Pinilla (1900 – 1975), en favor de Misael Pastrana (1923 – 1997), como parte de la farsa democrática que desembocaría en una nueva e inesperada ola de violencia predecible. Pero después aprendió. Demasiado.
Semblanza
Para ese entonces, Vargas Lleras era un niño que, a diferencia de la mayoría, jugaba subiéndose al escritorio del salón presidencial, pero con el tiempo aprendería demasiado o cuanto menos, lo suficiente para “sentarse a reinar”. Cual verdadero apóstol del abuelo materno, emergió de las toldas liberales cumpliendo en calidad de amanuense anónimo de otro político malogrado: Luis Carlos Galán Sarmiento (1943 – 1989), donde iría poniendo los cimientos del liderazgo futuro. Frente al descrédito de la figura del presidente César Gaviria, Vargas Lleras no se dejó arrastrar. La lección aprendida lo llevó a abandonar el Nuevo Liberalismo, para poner la piedra fundamental del partido Cambio Radical, al cual hábilmente revistió de los colores conservadores y liberales divididos por una franja blanca.
Su aparición en la palestra pública como un hombre carismático, de apariencia sería, fuerte carácter, de trabajador inclaudicable, con pocas palabras, pero acertadas y pulso firme a la hora de asumir aparentes decisiones importantes, le fue graneando el apoyo de un sector importante de la ciudadanía, que lo veía como un punto de moderación o equilibrio, frente a radicalización de otras colectividades.
El advenimiento de la figura de Álvaro Uribe Vélez, con su parafernalia publicitaria adobada desde los Estados Unidos, luego del fracaso estruendoso de los Diálogos del Caguán, muy probablemente haya sido uno de los principales escollos al momento de conducir a la extrema derecha a la Presidencia, entablando una rivalidad devenida en colaboración explícita. Sin embargo, su mayor pico tanto de poder como de popularidad fue cuando el entonces candidato presidencial uribista, Juan Manuel Santos Calderón, le pidió acompañarlo en la vicepresidencia, forjando una férrea alianza y, dicho sea de paso, le permitió a futuro una “devolución de gentilezas” a Uribe.
Las fuertes diferencias entre Santos y Uribe, lo encontraron renunciando al cargo antes de la finalización del período en 2017, para postularse a la Presidencia que volvió a perder frente a otras opciones de tendencia similar -centro derecha neoliberal- cuyo arco político nunca terminó de verlo como el conductor prometido, el elemento aglutinador de la clase dirigente que siempre intentó ser. Pero los yerros, los crasos errores políticos develando una personalidad arrogante y errática, vendrían en el futuro.
Polémicas y escándalos
Al leer las referencias de los principales medios masivos de comunicación acerca de quien fuera en vida Germán Vargas Lleras, evoqué las palabras de ese importante escritor, poeta y cantautor de rock estadounidense, James Douglas Morrison (1943 – 1971): “La muerte hace ángeles de todos nosotros y nos da alas donde antes teníamos hombros, suaves como garras de cuervo». La cita, que reflexiona sobre la transformación tras la muerte, asociada a su obra poética, conocimiento empírico y visión mística, bien podría ajustarse a la imagen de esta figura política en esta hora de profundo dolor para sus deudos.
El punto de inflexión de su carrera, la cual a pesar de algunos estertores comenzó a desvanecerse con rapidez, ocurrió después del episodio del desmayo del acto político. Aunque bastante antes había dado visibles muestras de intolerancia, como en la oportunidad ante las cámaras de Caracol Televisión intentó manotear a un correligionario político y llamó “gamín” a otros disputándole un espacio político regional en la costa caribe.
Pero lo que, al margen de sus férreos lineamientos político – ideológicos, ubicados a la vanguardia del establecimiento, la opinión pública nunca tendrá la posibilidad de saber si sus sucesivos devaneos fueron la evidencia innegable del deterioro mental del hombre a causa de una dura enfermedad como el cáncer o en verdad, terminó por develar quién era en realidad el hombre detrás del referente político.
La acumulación de polémicas, de escándalos, lentamente fue opacando la figura de ese senador que, a pesar de esa imagen de recambio, solidez, análisis o presunta sapiencia, pudo haberse topado de manera inesperado a un ocaso político relacionado de manera estrecha con el comportamiento propio, el cual, con motivo de su desaparición física, evitando herir susceptibilidades, enumeraremos de forma somera.
El primer episodio erosionando su credibilidad, tuvo lugar cuando enfrentó múltiples controversias relacionadas con la gestión de su partido y presuntos vínculos familiares con irregularidades en el sistema de salud. Sus escándalos incluyeron cuestionamientos por parapolítica dentro de la organización política Cambio Radical, la firma de documentos y el manejo de contratos por parte de su hermano, Enrique Vargas Lleras, en EPS posteriormente liquidadas.
Investigaciones señalaron a este último por haber recibido contratos millonarios a través de su firma de abogados y por su participación en juntas directivas de EPS como SaludCoop y Cafesalud, entidades implicadas en desfalcos millonarios, las cuales acabaron de ponerlo en “la boca del huracán” frente a la sociedad. También se lo ligó con el manejo de EPS liquidadas, en medio de cuestionamientos sobre un presunto “negocio macabro” con recursos de la salud.
El fenómeno de la parapolítica, tan dañino para el país, tampoco le fue ajeno.
Bajo su liderazgo indiscutible, Cambio Radical fue fuertemente cuestionado por la Fundación Paz y Reconciliación, debido a investigaciones y condenas contra varios de sus dirigentes y congresistas por nexos con grupos paramilitares hasta ese momento relacionados sólo con el uribismo.
Por otra parte,durante su campaña surgieron denuncias, especialmente en Cúcuta, sobre la presunta utilización de funcionarios públicos y el engaño a ciudadanos para firmar planillas de apoyo a su candidatura presidencial, haciéndoles creer que correspondían a registros de asistencia para ayudas sociales.
En su momento, también fue cuestionado por presuntos favores y contratos millonarios relacionados con entidades como Cajanal y la Gobernación del Magdalena, vinculando a varios de sus aliados políticos. El resto del daño, lo hicieron las críticas por protagonizar escenas públicas de agresividad, incluyendo regaños a asistentes y un incidente en el que golpeó con el extremo de los nudillos a uno de sus escoltas, cuando este intentaba protegerlo del acecho de una multitud. De nada sirvieron las disculpas públicas a las cámaras de los noticieros, las declaraciones de arrepentimiento, para recuperar la imagen de quien llegó a estar muy cerca de la consideración de la ciudadanía más allá del cargo de senador. Menos todavía los comentarios de malos tratos de aspirantes buscando obtener su apoyo.
Impresión personal
Tuve la oportunidad de conocer personalmente a Germán Vargas Lleras en un acto político, realizado en las instalaciones de un club del vecino municipio de Dosquebradas, cumpliendo tareas periodísticas.
Más que la recepción eufórica de la sala de conferencias a reventar, con sillas adornadas de guirnaldas azulgranas y blancas, me sorprendió la figura de ese ser de apariencia firme, de oratoria pausada, estatura mediana, hablando de frente al público con el codo apoyado sobre el improvisado púlpito. Jamás supe cómo ni por qué supo distinguirme con la mirada entre las primeras hileras de gente contigua al improvisado escenario.
No sé si le llamó la atención mi gesto adusto o la chaqueta verde que llevaba “made in Vietnam”, soportando la mochila negra donde llevaba los instrumentos de trabajo destinados a la cobertura del acto, comportamiento comprensible en una víctima del más cruento de los atentados. La cuestión es que me miró fijamente, se acercó desde el escenario hasta donde pude acercarme y me dio la mano. Ya no distinguía la prótesis de los dedos meñique, medio, ni del anular, sino a la persona que de manera increíble un día se marcharía de manera inesperada, como parte del sofisma estático del pasado.
Volvería a verlo una última vez sobre la tarima y el corredor elevado para fundirlo con la concurrencia de la plaza Bolívar de Pereira. Había ido con la promesa de un queridísimo amigo, en ese momento concejal del “Municipio Industrial”, de poderlo entrevistar. Por desgracia ya no existió esa afinidad, al cabo que la posibilidad de la breve entrevista, según se me informó después, acabaría en una especie de negativa parca, típica del hombre llegado de afán, a cumplir con el deber del discurso que alcancé a registrar de la mano de una antigua grabadora de audio digital, marca “Sony”.
Fue durante las elecciones cuando en dudosos comicios, el uribista Iván Duque Márquez se impuso al actual mandatario, Gustavo Petro y el poderoso Germán Vargas Lleras, cuya candidatura se sustentaba en el armado político de Cambio Radical incluyendo a los clanes Char o Mehreg, obtuvo unos resultados paupérrimos, marginándolo del ballotage.
Luego de su escueto saludo a los presentes en el escenario, donde apenas me rozó los dedos con suma indiferencia ni mirarme el rostro, nunca más volví a verlo. La única coincidencia, más allá del legado citado por la gran prensa, los allegados, es que, al recibir la noticia de su muerte, operó en mi la sensación de una despedida interna de un hombre presente sin haber estado nunca.
Independientemente de ello, Dios le otorgue el Eterno Descanso, pueda resaltar sus virtudes si en realidad las tuvo y en la misma medida, omita las graves falencias que, en el balance general, a pesar de la búsqueda del apoyo de la ciudadanía, lo marginaron del liderazgo necesario para alcanzar la primera magistratura.
Carlos Alberto Ricchetti


