Radio Sutatenza, el bachillerato por radio y esa vieja costumbre colombiana de llamar innovación a lo que los abuelos ya habían inventado
En una casa campesina cualquiera, de esas donde el día empezaba antes que el sol, la familia terminaba la jornada alrededor de una mesa de madera. El padre venía del cultivo, la madre apagaba el fogón, los hijos arrimaban los cuadernos y, en un rincón de la sala, el radio dejaba de ser aparato para volverse maestro.
No había plataforma digital, ni clave de acceso, ni aula virtual, ni cámara prendida. Había una voz que salía por la radio y decía: “Saquen el cuaderno, aquí empieza el bachillerato por radio”. Y entonces, en medio del silencio de la noche, comenzaba la clase.
Hoy nos hablan del teletrabajo y del telestudio como si fueran descubrimientos recientes de la modernidad. Como si el mundo hubiera empezado cuando apareció Zoom, Teams, Classroom o los seminarios virtuales con fondo institucional. Pero mucho antes de que nos creyéramos digitales, los abuelos ya sabían estudiar desde la casa. Ya sabían aprender a distancia. Ya sabían que la educación podía viajar por el aire y llegar a donde no llegaba el Estado.
Colombia tuvo, en pleno siglo XX, una de las experiencias más poderosas de comunicación educativa rural: Radio Sutatenza. Nació en 1947, en Sutatenza, Boyacá, impulsada por monseñor José Joaquín Salcedo y por Acción Cultural Popular, ACPO. No fue simplemente una emisora. Fue una escuela nacional sin paredes, una universidad campesina de la vida diaria, una red de aprendizaje que entendió algo que todavía nos cuesta comprender: la tecnología sirve cuando se pone al servicio de la gente y no cuando se convierte en adorno de escritorio.
La Unesco reconoce a Radio Sutatenza como un programa de educación no formal desarrollado por ACPO, pionero en el uso de la radio y de medios complementarios para la educación campesina. También registra que esta experiencia llegó a centenares de localidades y se apoyó en miles de líderes campesinos formados por la institución. En otras palabras: antes de hablar de conectividad, de brecha digital o de educación híbrida, ya había un país profundo aprendiendo con un aparato de radio sobre la mesa.
La radio fue entonces lo que hoy pretendemos que sea internet: una herramienta de inclusión. Pero con una diferencia: llegaba sin pedir tantos requisitos. Bastaba una señal, un receptor, disciplina y ganas de aprender. En veredas apartadas, donde la escuela quedaba lejos, donde el barro se tragaba los caminos y donde muchas familias no podían mandar todos los días a sus hijos a estudiar, la radio abrió una puerta.
Radio Sutatenza enseñaba a leer, a escribir, a contar, a mejorar la vida familiar, la salud, la producción agrícola y la organización comunitaria. No era educación abstracta. Era educación para vivir mejor. Por eso tuvo tanto impacto: hablaba en el lenguaje de la gente, desde sus problemas reales, con una pedagogía cercana y práctica. La comunicación pública, cuando se hace bien, tiene justamente esa virtud: convierte el mensaje en compañía y la información en posibilidad.
Después vendría otra experiencia que muchos colombianos recuerdan con una sonrisa: el Bachillerato por Radio. Ese sí fue, literalmente, el salón de clase más grande de Colombia. Nació a partir del Fondo de Capacitación Popular, creado durante el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, y empezó a consolidarse con el Acuerdo 09 del 8 de junio de 1967 de la Junta Administradora de Inravisión. Señal Memoria recuerda que el primer curso de prueba comenzó en septiembre de 1973.
El Bachillerato por Radio fue educación a distancia antes de que esa expresión se pusiera de moda. Se emitió por la Radio Nacional de Colombia durante varias décadas y permitió que miles de personas estudiaran, terminaran cursos, avanzaran en su formación o recuperaran una oportunidad que la vida, la pobreza, la edad o la distancia les había negado. Para muchos adultos, obreros, campesinos, amas de casa y jóvenes trabajadores, esa fue la segunda oportunidad que nunca había llegado por la puerta de una escuela formal.
Y ahí está la gracia del asunto: mientras hoy algunos descubren con solemnidad que se puede trabajar desde la casa, estudiar desde la casa, recibir contenidos a distancia y organizar la vida alrededor de un dispositivo, nuestros mayores ya lo habían hecho con un radio Sanyo de pilas, una libreta y una voluntad enorme.
No tenían fibra óptica, pero tenían disciplina. No tenían pantalla compartida, pero compartían el comedor. No tenían nube, pero tenían memoria. No tenían tutoriales, pero tenían maestros invisibles que llegaban puntuales por la señal.
La radio hizo algo que muchas tecnologías contemporáneas aún no logran: construir intimidad colectiva. Una voz podía entrar a una cocina, a una pieza, a una tienda, a una finca, y convertir ese espacio cotidiano en aula. La radio no invadía: acompañaba. No exigía mirar una pantalla: pedía escuchar. Y escuchar, en un país que habla tanto y oye tan poco, ya era una forma de educación.
Por eso Radio Sutatenza y el Bachillerato por Radio no son solo nostalgia. Son lecciones de política pública, de comunicación y de pedagogía. Nos recuerdan que la innovación no consiste en estrenar aparatos, sino en resolver problemas reales. Que un medio es poderoso cuando entiende el territorio. Que no basta transmitir información: hay que construir confianza. Que el aprendizaje no depende únicamente del edificio escolar, sino de la relación viva entre contenido, comunidad y propósito.
También nos dejan una recomendación para estos tiempos: antes de desechar los medios tradicionales por viejos, deberíamos preguntarnos si siguen siendo útiles. En muchos territorios, la radio todavía llega donde no llega la conectividad estable. En emergencias, acompaña. En la ruralidad, orienta. En la soledad, conversa. En la educación, todavía puede enseñar.
Tal vez el país debería mirar menos con arrogancia tecnológica y más con gratitud histórica. Porque buena parte de lo que hoy se vende como transformación digital ya tuvo una versión analógica, humilde y profundamente efectiva. El telestudio no nació con la pandemia. El trabajo remoto no empezó con el computador portátil. La educación a distancia no fue inventada por las plataformas.
En Colombia, mucho antes, una familia campesina ya estaba reunida alrededor de la radio, haciendo silencio para escuchar la clase.
Y quizá por eso, cuando alguien diga que estudiar desde la casa es una gran innovación, algún abuelo debería sonreír, ajustar el volumen de su memoria y responder:
—Eso ya lo hacíamos nosotros. Y aprendíamos de verdad.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador – Policy Maker
Fuentes consultadas
• Unesco. Radio Sutatenza and Popular Culture Action ACPO Documentary Collection, 1947-1994.
• Banco de la República / Banrepcultural. Radio Sutatenza, un referente mundial de educación rural.
• Señal Memoria. Bachillerato por Radio: historia y fundamentos de un proyecto educativo.
• Señal Memoria. El Bachillerato por Radio: la educación a distancia.


