En la larga memoria de los seres humanos, el retrato jamás ha sido un oficio pacífico; es, más bien, un combate secreto, un puente de niebla tendido entre el modelo y el artista. En esa pasarela, el primero padece el vértigo de su propia máscara. ¿Cómo iré a quedar?, se pregunta, mientras pasa revista a las pequeñas trizaduras de su rostro, a los rencores que guarda contra su propia nariz, sus ojos, sus labios; el segundo, en tanto, asume el riesgo de perseguir un parecido que sacie la sed del espectador. Dos imposibles que son, en realidad, los dados cargados con los que se juega la partida.
Al final, lo que ocurre en la intemperie del dibujo. Entre el ojo que vigila, la mano que inventa el trazo y la sombra del objeto, es un desenlace casi novelesco, una intriga de pasadizos y pasadizos. Por eso la crítica suele encallar en la superficie de la lágrima o en el inventario de la técnica. Olvidan los instantes de gracia; esos retratos donde el temblor emocional y el rigor del tiempo coinciden en la herida exacta de un milagro; cuando la academia despierta en la sangre y baja hasta las yemas de los dedos para dictar proporciones largamente soñadas.
Pero fíjense bien, todo ese andamiaje de líneas puras naufraga dulcemente cuando el artista se deja arrastrar por la marea de la emoción. Es ahí donde la anatomía se vuelve misterio, una palabra interrumpida en el aire. El artista va arrojando sobre el lienzo zonas que seducen y otras que, en su raíz, se resisten. Como intuía Francis Bacon: «El trabajo del pintor es deformar la apariencia de las cosas, pero en esa deformación, devolverlas a una realidad más profunda». El retrato es, después de todo, una conversación a media luz entre el espectador y el modelo. Este último, al mirarse, habita siempre la sospecha, ese sutil “algo pasó ahí” donde ya no se reconoce del todo o descubre, con íntima extrañeza, que poseía la mirada más triste o las manos más sabias del mundo. Un espejo que le dice sí, este eres tú, pero también este otro que te habita. Y el artista, desde su orilla de humo, sabe perfectamente en qué trazo atrapó al fantasma y en cuál se le escapó entre los dedos.


Todo esto para empujar la puerta a un experimento nacido en los días del repliegue, “Todos somos”. En plena pandemia, cuando el mundo clausuraba sus puertas, el colectivo Los PIN 5 decidió abrir de par en par las ventanas del manual técnico, las identidades fijas y las gamas cromáticas, buscando esa línea expresiva que es el verdadero sistema nervioso del retrato. Lo que late en esta muestra es un viaje por las escuelas y los métodos, sí, pero subvertidos por el relámpago de la expresión. Uno sabe quién es el otro no por la caligrafía del documento de identidad, sino por el pulso de su estilo.
Esta alianza no es un mero encuentro abstracto a través de las pantallas; es algo más peligroso y hermoso, es salir al encuentro del compañero con sus naufragios a cuestas, con sus maneras de morder la realidad. Es dejarse habitar por el otro para, en un giro asombroso, encontrarse a uno mismo. Porque un artista, y aquí se esconde el gran secreto del juego, nunca retrata al modelo; se autorretrata en tercera persona. Le roba la piel física al otro para, en los intersticios del color, en el desorden del cabello o en el vuelo de las cejas, dejar caer su propio inconsciente. Nos asomamos a buscar el rostro de un amigo y terminamos encontrando los ojos del pintor que nos mira desde el fondo del espejo.
Eso es Los PIN 5 “Todos somos”, una decena de rostros resueltos con una maestría limpia, pero que operan como un desmantelamiento del ego. Hay aquí una desnudez mansa, una transparencia leal que proyecta tanto al que inventa el color como al que es inventado por él. Esta dialéctica donde Susana interpreta a Mario, Gladys es traducida por Claudio, Alejandra es amorosamente mirada por Mario, es una forma de caminar juntos por la cornisa más delgada. Un juego serio, oficiado con el respeto sagrado hacia el trazo ajeno, para andar sin rodeos por la verdad, la memoria y el dolor del amigo de la infancia.
El retrato, nos recuerdan los PIN 5, no es más que eso, la maravillosa impostura de hablar de uno mismo en tercera persona.
Una muestra que con más de 30 retratos en pequeño formato que serán expuestos en la sala temporal del Museo Lucy Tejada, del centro Cultural de la secretaria de cultura de Pereira, en la inauguración el próximo viernes 12 de junio a partir de las 6:30 pm,
¡Entrada gratuita!



Gracias James por esa reflexión tan
bonita y a la vez tan profunda sobre los artistas y sus trabajos, sus maneras de mirarse y de expresarse! Muy interesante tu análisis, siempre se aprende leyéndote!