Si usted todavía sabe lo que es una cinta de máquina de escribir manchándole los dedos, si recuerda el sonido del dial girando para cambiar de emisora, o si alguna vez memorizó un número de teléfono porque no existía otra forma de guardarlo, esta columna es sobre usted.
Nací en los sesenta. No lo digo como excusa ni como lamento: lo digo como carta de presentación. Somos una generación que no tiene nombre propio todavía, atrapada entre los baby boomers y la Generación X, así que me atrevo a bautizarnos: los sexennials. Los que llegamos justo cuando el mundo terminaba de sacudirse una década y empezaba otra distinta, sin saber que a nosotros nos tocaría vivir más cambios que a casi ninguna generación anterior.
Recibimos una herencia curiosa. Nuestros padres, o nuestros hermanos mayores, habían visto florecer en los cincuenta y en los sesenta los grandes movimientos de apertura: el rock que escandalizaba a las abuelas, las revoluciones que prometían repartir la tierra y la riqueza, los discursos que hablaban de un hombre nuevo y una sociedad sin dueños. Nosotros crecimos escuchando esos ecos, casi como una promesa que nos habían dejado guardada. Y durante un buen tiempo creímos en ella. Vimos afiches del Che en los cuartos de nuestros primos universitarios, cantamos canciones de protesta sin entender del todo la letra, y sentimos que el mundo se movía hacia alguna forma de justicia colectiva.
Después vimos cómo esa promesa se fue perdiendo en el horizonte. No de un día para otro. Se fue diluyendo entre muros que cayeron, entre economías que colapsaron, entre líderes que terminaron pareciéndose demasiado a lo que decían combatir, entre revolucionarios que terminaron siendo narcos. A los sexennials nos tocó ver el desencanto de cerca, sin la amargura de quienes lo vivieron en carne propia, pero con la lucidez de quienes crecimos viendo cómo un sueño se transformaba en otra cosa. Aprendimos, sin proponérnoslo, una lección que ninguna cartilla nos enseña: las ideologías envejecen, pero la necesidad de justicia no.
Y mientras el mundo discutía de política, a nosotros nos tocó el cambio más silencioso y quizás más brutal: el tecnológico. Aprendimos a escribir en máquinas de rodillo, con cinta bicolor y corrector líquido, y de un momento a otro tuvimos un computador en el escritorio pidiéndonos que aprendiéramos un lenguaje nuevo. Pasamos del télex al fax, del fax al correo electrónico, del beeper al celular ladrillo, del celular ladrillo al teléfono que hoy llevamos en el bolsillo y que sabe más de nosotros que nuestra propia madre. Y cuando ya creíamos haber aprendido lo suficiente, llegó el internet como una tromba, arrasando con todo lo que conocíamos sobre distancias, tiempos y certezas. Apenas nos habíamos acomodado a ese nuevo orden cuando llegó la inteligencia artificial, avanzando a una velocidad que ya ni siquiera se mide en años, sino en saltos que dejan atrás cualquier referencia conocida, millones de veces más rápido de lo que nuestra generación tardó en pasar del télex al correo electrónico. Nadie nos preguntó si queríamos ese tránsito. Simplemente tocó, y lo hicimos. Esa es, quizás, la marca más honda de mi generación: no fuimos los inventores de la revolución digital, pero fuimos los primeros en tener que reinventarnos por completo para no quedar por fuera de ella, y hoy seguimos reinventándonos frente a una máquina que aprende más rápido que nosotros mismos.
Con la música pasó algo parecido, y ahí me pongo sentimental. Crecimos con bambucos y torbellinos sonando en la sala, con boleros que nuestros papás bailaban abrazados como si el mundo no fuera a acabarse nunca. Ahí también nos formó la salsa, con sus orquestas grandes y sus intérpretes eximios, esa música que exigía técnica, que se paladeaba con respeto y que convertía cada disco en una clase de trompeta, percusión, piano y tumbao. Después llegó la balada, y no la resistimos: la amamos. Llegó el pop, y también le abrimos la puerta. Fuimos una generación con el oído lo bastante flexible para pasar de Los Panchos a Sandro, de Sandro a Rocío Dúrcal, de Rocío Dúrcal al pop en inglés que sonaba en las emisoras juveniles de nuestros años de adolescencia. Nos adaptamos, como nos tocó adaptarnos a todo. Pero hay una frontera donde muchos de nosotros plantamos bandera: el reguetón. No por viejos amargados, como dicen algunos, sino porque crecimos creyendo que una canción debía contar algo, no solo repetir una cadencia y mucho menos con insulto evidente o velado a la mujer. Esa resistencia no es nostalgia inútil: es la defensa de una idea de la música como relato, no como ruido de fondo.
Lo que más me enorgullece de mi generación no es haber sobrevivido a tantos cambios, sino haberlo hecho sin perder el eje. Aprendimos a usar la tecnología sin volvernos esclavos de ella. Vimos morir ideologías sin volvernos cínicos. Nos abrimos a lo nuevo sin renunciar del todo a lo que nos formó. Somos, en el fondo, una generación bisagra: la que conecta el mundo análogo con el digital, el discurso colectivo con el individual, el bolero con el streaming.
Si usted es sexennial como yo, sabrá de lo que hablo. Y si no lo es, seguramente tiene en casa a alguien que sí. Cuénteme: ¿cuál fue el cambio que más le costó asimilar, y cuál terminó agradeciendo? Lo leo en los comentarios
Fernando Sánchez Prada
Comunicador – Columnista



Excelente nota y como me siento de orgulloso de ser sexenial. Abrazo gigante.
Un recuento muy bueno y completo de lo que ha sido el devenir de nuestra generación, que ha sido bisagra entre ideologías, música, tecnologías y muchas cosas más. Pero quizás algo que me parece muy interesante de nuestra generación, es esa resistencia a envejecer, esa capacidad de sostenernos como seres activos y productivos sin permitir que el paso de los años mengüe nuestras capacidades. Y aquí vamos, llenos de proyectos, porque sabemos que lograremos vencer el concepto de vejez y alargarlo a nuevas categorías. Gracias Fernando, me gustó mucho tu artículo. Felicitaciones!!
Formidable semblanza de nuestra generación, apreciado Fernando. De acuerdo a la escala propuesta , soy sexenial y medio : nací con la década y crecí oyendo a Led Zeppelin, Serrat, Vicky Leandros, Rubén Blades y Johaness Brahms como animadores de la banda sonora de mi vida. No recuerdo la fecha de la muerte del sacerdote Camilo Torres pero la siento como una pérdida personal, aunque sí tengo presente la de Lennon en un día aciago que marcó para mí un antes y un después… no sé de qué pero lo marcó.
Mil gracias por esa postal.
Gustavo Colorado G
Soy de unos añitos antes; cómo decirlo, ¿quincuenial?, pero he vivido intensamente todos esos cambios generacionales y un poco más. Magnífico artículo Fercho, gracias y felicitaciones. Y, por favor, sigue deleitándonos con tu entretenida pluma. Bendiciones.
Apreciado Fernando celebro que estés recopilando estas experiencias de vida para resaltar el valor de la generación. Y como siempre… jóvenes de avanzada edad!!!