“El camino no se transita desconociéndolo, podemos flaquear, resbalar y caernos”
Volví a la pluma, sentí esa necesidad imperiosa de abandonarlo todo para centrarme en la página, necesitaba recrear mis emociones, aquellas que me han acercado al ejercicio de la escritura, dejando en ese acto el corazón.
Entonces me propuse detener el tiempo para mirar el pasado, ese que no se puede abandonar, ya que, su valor es incalculable, encontrándome con escenas cargadas de emoción. Observo cómo desde niña, tuve lo que necesité. Allí los días pasaron velozmente, porque mis recuerdos son vagos, ahí también comprendí que unos atesoran bastantes; otros como yo, sólo recuerdan pasajes bonitos, cortos, pero suficientes para lograr ser feliz… Sigo, paso la página, evocando momentos de otras etapas compartidas en el fuego de ese hogar que me regaló la vida y que, quiero agradecer.
Pero, al salir del cascarón para crear mi propia historia, encontré otras realidades asumidas con entereza, luchando contra ese dragón que suele inmovilizarnos con su poder desestabilizador, y con el que hay que librar batallas: la mente. Ahí escribo otra parte de esta ruta que, sigo caminado.
En esa metamorfosis encuentro que, no todo está dicho. Siempre creemos tener la sartén por el mango, por eso cuando vamos mutando, todo alrededor se enrarece entrando en una incertidumbre, en desazón cada segundo de vida. Hoy, por ejemplo, pude experimentarme en otra dimensión, inquieta, como si estuviese descubriéndome en otra esencia, hostil, nada agradable, pero me dominó, a pesar de que esa puerta ha permanecido cerrada, se coló por algún resquicio para desestabilizarme.
Tal vez este recorrido que se hace diariamente me esté hablando quedo, quizá sea ese afán cotidiano sin lectura y hoy, realizándolo entre líneas, percibo que, las fortalezas también se quiebran, se fracturan, hallando en esas ruinas pedazos que al ensamblarse le prodigan forma. Quizás, hurgando en esos vericuetos conservados herméticos vuelva a ser yo y a definirme.
No obstante, considero que, el ser humano no percibe o prefiere ignorar emociones por el impacto que estas generan. No sé si ese era el caso que me planteaba ese 17 de septiembre, un jueves nublado. Dicha nubosidad hería, cortaba mi tranquilidad transformándola en una angustia difusa, casi que interminable. Sentí que quemaba y traspasaba mi piel y todos mis sentidos. Ahí descubrí la solidaridad que puede ejercer la emoción. Es la mente jugando con las certezas que he abanderado y ese juego le resta a mi tranquilidad el mayor regalo que me ha concedido la vida: “la actitud positiva ante cualquier circunstancia”. Pero todo se transforma, es otro estadio de esta caminata que se hace diariamente y en la que no nos visualizamos.
De otro lado, creo que estoy comprendiendo y experimentando la desnudez identitaria, en este punto soy consciente de la sabiduría que me ha legado la vida a pesar de muchas circunstancias donde ha surgido la duda. Así mismo, estoy cifrando mi atención en el plano mental y espiritual dejando en otros, situaciones banales como los cambios físicos que se experimentan, que son reales. Es esa metamorfosis de la que no puedo sustraerme.
Esta noche he sentido la necesidad de empezar a abrazar esa transformación, la he venido gestando con las pérdidas de personas representativas y a las que acompañé en ese trance vida – muerte, para poder comprender esa circunstancia tan compleja, tan distante de mí, de muchos. Así que, viajé a la profundidad de la mente para darle luz a ese agujero tan profundo que me absorbía día y noche. Entendí que vamos llenándonos de artilugios, bienes materiales, tras la búsqueda incesante de felicidad, pero, ¿esto en lo que se dedica tanto tiempo es peremne?, o quizá ¿necesario? Interrogante que ya puedo responder.
Aquí, sigo observando y me detengo en la acción o verbo:” acumular. Es una tarea a la que se le dedica tiempo terminando en un capricho, puesto que, muchos de esos productos son conservados como en una exposición, cederlos, no es negociable, deben exhibirse en un closet, guardián de esos misterios, de esos egocentrismos. Escenarios cotidianos, innecesarios.
Al ser humano le costó y tomó tiempo aprender a caminar, y cuando consideró que no sólo podía hacerlo bien, sino que debía imprimirle velocidad, aprendió a correr en búsqueda de muchos sueños, algunos por encima de sus posibilidades, pero al fin y al cabo sueños. Con ello, ya se habían cristalizado esos proyectos, aunque estuviesen acompañados de preocupación, era su meta.
Hay que construir felicidad en lo simple, en el tiempo, en la cercanía, en el ambiente en que compartimos el día a día, así la llegada del dolor por la pérdida de un ser querido, será menos penosa. Si tuviésemos la capacidad de ver nuestra presencia como un préstamo, tal vez nos estaríamos preparando para ser más libres, para despojarnos de lo material, para andar livianos y con lo estrictamente necesario. Caminar sería menos tortuoso y avanzaríamos en la ruta.
“No es fácil observar la vida con este prisma, estamos atados al consumismo, a las exigencias de la sociedad y a las inseguridades que creamos desde la infancia”. Sin embargo, al llegar a la madurez, pausamos nuestro andar, ya lo hacemos con sigilo, con lógica, pero sobre todo con sabiduría. Hoy me acompaña la certeza de días menos pesarosos, más humanos. Puedo verme en la mirada del otro, del que deambula por la calle buscando un refugio, del que camina sin rumbo fijo porque su mente está poseída por la droga, del anciano que es incapaz de atravesar una avenida porque su movilidad está reducida, del rebuscador, del militar, del comerciante. Ahí está presente la mirada en la que se cifra la vida.
Siento que lo que llevo puesto es demasiado, que las prendas son sólo eso, refugios del cuerpo ante el clima, porque el mejor abrigo es la desnudez del alma para sentir que nunca habrá frío. Lo mejor es invisible o tal vez nos negamos esa posibilidad de percibirlo.
Ahora que veo cómo el tiempo ha llegado a mi puerta quiero abrirla, segura de que dejaré ingresar a esta casa, es decir, (yo), las vibraciones que necesita mi día a día para dejarme seducir por la noche y alcanzar la profundidad de mi sueño. Una nueva etapa para abrazar, otra estación que debo aprender a interpretar. Bienvenida.


