Después de recoger los escombros —todavía muchos sin levantar— de una ciudad que parece fue golpeada por la fuerza destructora de armas invisibles, desechos pulverizados que se desprendieron de las paredes o que emanaron de las más profundas entrañas humanas; luego de identificar la destrucción de grandes y lujosas edificaciones en sitios “exclusivos” o de las viviendas más humildes que representan lo más “común” de una sociedad que, con asimetría social y urbana, se despliega en la urbe; reconocer que apenas los dolores, tan intensos como profundos, se hacen más evidentes en los rostros o en las muestras de afecto que cada vez son más esquivas, ajenas y mezquinas por la incertidumbre de una reconstrucción que tejerá, de manera parsimoniosa, no solo el concreto embellecedor, sino la idea de estabilidad emocional para todos.
Cada historia que se cuenta en medio de esta narrativa dolorosa de un episodio natural muy genuino, que nos normalizó las causas anormales, parece no solo salir de un cuento muy al estilo de lo absurdo de Camus o de la metáfora kafkiana de lo inalcanzable. Esta continuidad de palabras, susurradas o emitidas a viva voz, da respuesta a la sociedad cada vez más compleja que habitamos; a una sociedad tan vulnerable por los intereses particulares que enceguecen de un manotazo la prenda más altruista del bien común. Se desconoce, sin rubor y sin sonrojarse, que, al igual que en plena pandemia por el Covid-19, afloran las miserias, cuya materia prima son los seres humanos en su genuina presencia.
Los que vivimos en algunos lugares afectados, bien sea por pérdida total o por pérdida parcial de nuestros bienes inmuebles, y que además compartimos la misma tragedia con otros residentes de una misma unidad, nos hemos encontrado con la sorpresa, no tan anhelada, de que la reparación o la remodelación del entorno que se habita podrá tardar un par de años. Reparaciones que, antes de materializarse, requieren de todo un arsenal de ejercicios burocráticos, incluso más dolorosos e inciertos que el minuto y medio que vivimos semanas atrás.
El problema no es el tiempo. Finalmente, si algo trajo de reflexión este momento angular de nuestra historia reciente, es la pausa y la calma; el talón de Aquiles de este episodio pos evento es la misma gente, la misma que, a pesar de su dolor y su afán por superarlo, realiza, a contracorriente, acciones que revictimizan su condición de desplazados por causas naturales y busca, como siempre, aplicar esa doctrina malsana de querer aprovecharse del más vulnerable, empleando las leyes de un darwinismo canibalesco. Incluso, el problema, a veces, quién lo creyera, no es de dinero, pues, en el interés de organizar el espacio que se habita, se corre el riesgo de romper el vidrio de la puerta giratoria de los mal llamados “trámites legales”. Combinación letal: dinero y personas.
Volviendo al talón de Aquiles, la gente, se debe confesar, sin afán de equivocaciones, que en la mayoría de los casos, los que vivimos en conjuntos o unidades residenciales golpeados por el, cisma —perdón, por el sismo—, la información que circula en grupos de WhatsApp creados de manera genuina, aleatoria y, quisiera creer, de manera ingenua, ha sido más una enfermedad propagandística que se expande a velocidades increíbles, antes que una cura para atender las crisis de intranquilidad e incertidumbre de los mismos residentes.
En esos “grupitos” digitalizados podemos realizar una radiografía social de cada uno de los participantes: 1. El desentendido e indolente, que todavía no se ha dado cuenta de que todo se ha movido, más de lo que quisiéramos; 2. El catastrófico, que ya vaticinó la intensidad, el día y la hora del otro episodio, restando horas de sueño a varios de nosotros; 3. El que intenta, desde la razón —del corazón o la ciencia—, informar al primer grupo, ahuyentar las llamas del segundo y sostener la estructura del todo; y 4. El solidario conveniente, que catapulta su ayuda porque espera, probablemente, un reducto de su auxilio, que puede ser económico y social.
Estas personas que están en este cuarto grupo, selecto, además, han puesto, en muchos de los casos, a vibrar las bases; han agitado con palabras que dejan mucho a la imaginación del que las lee, para que emerjan conclusiones a priori, sin fundamento, de lo que se plantea. Han avivado el manto de la duda y han generado vibración en la corteza de acción de las personas. Esta solidaridad o auxilio taimado ha provocado tanta réplica, no solo en las comunicaciones digitales o redes, sino además en la ya dolorosa tramitología, lenta y absurda, para habitar lo que antes estaba conquistado.
Es difícil creer que, después de tanta destrucción, dolor y angustia derivada de esta situación caótica, y al cotejar las acciones de las personas, podamos creer que esto servirá para generar enseñanza en los humanos. A veces, en las peores tragedias también salen a la luz los demonios que han estado ocultos, a la espera de una seña, o visibles, a veces, como las sombras que se esparcen con los rayos del sol y que esperan que alguien los despoje de su cierre hermético para que salgan con fiereza; esa caja de Pandora que se abre y cierra cada vez que la supervivencia de la especie está en riesgo.
Increíble creer que cuando más se necesita la solidaridad y la posibilidad de acuerdos entre los que convivimos en la “unidad”, seamos capaces de destruir, incluso por voluntad particular, no solo lo que él ha construido desde su singularidad, sino lo que los otros han posibilitado edificar desde la colectividad. Las réplicas más peligrosas son las que se alimentan de los intereses de pocos y se dibujan como obstáculos para el resto, antes que las provocadas por el conflicto interno de unas placas que, de vez en cuando, nos alertan de un fraccionamiento que nos hace minúsculos y exageradamente frágiles. La protección, a veces, suele arribar con la pretensión de poder y con una carga absurda de dominio.
Edier Andrés Restrepo Arcila


