Cuando una persona necesita una cirugía del corazón no pregunta si el médico proviene de una familia humilde, si pertenece a una minoría, si nunca había ocupado un cargo importante o si representa alguna causa social. Pregunta lo más importante: ¿sabe hacerlo?, ¿tiene experiencia?, ¿es competente?
Con el Estado debería ocurrir lo mismo.
Sin embargo, en Colombia hemos convertido la identidad, el origen y la novedad en criterios para seleccionar a quienes ocupan las posiciones más importantes del país. Primero fueron los “nadies”, de los que habló la vicepresidenta saliente. Ahora aparecen los “nunca”, de los que habla el gobierno entrante. Dos palabras distintas, dos relatos políticos distintos y una misma equivocación: creer que la procedencia, la exclusión o la ausencia de experiencia pueden reemplazar la capacidad para gobernar.
La expresión “los nadies” llegó cargada de una enorme fuerza simbólica. Representaba a quienes durante décadas habían permanecido lejos del poder: los pobres, las comunidades rurales, los jóvenes sin oportunidades, las mujeres excluidas, los habitantes de las regiones olvidadas y todos aquellos a quienes el Estado casi siempre les había hablado desde la distancia.
Ese reclamo era legítimo. Lástima que les fallaron.
Colombia tiene una deuda profunda con millones de ciudadanos que han vivido sin acceso suficiente a la educación, la salud, el crédito, la tierra, la justicia y el empleo formal. No reconocerlo sería negar una realidad evidente. El país necesitaba abrir las puertas de las instituciones, ampliar la representación y permitir que nuevas voces participaran en las decisiones públicas.
El problema nunca fue que los nadies llegaran.
El problema fue creer que llegar bastaba, sin estar preparados.
En nombre de la inclusión, en algunos casos se confundió representación con idoneidad. Se asumió que la experiencia era una forma de privilegio, que el conocimiento técnico era sospechoso y que la militancia podía sustituir la capacidad administrativa. Así llegaron a responsabilidades enormes personas que desconocían el funcionamiento del Estado, que nunca habían dirigido instituciones complejas y que tuvieron que aprender mientras gobernaban.
El Estado no es una escuela de práctica.
Gobernar es administrar recursos que pertenecen a todos. Es tomar decisiones que afectan la salud, la educación, la seguridad y el futuro de millones de personas. Una política pública mal diseñada puede condenar a una región, a un país a años de atraso. Una contratación mal estructurada puede desperdiciar recursos escasos. Una institución mal dirigida puede destruir en pocos meses capacidades construidas durante décadas.
La improvisación en el sector público no se paga con una mala calificación. Se paga con pobreza, desempleo, hospitales sin recursos, salud deteriorada, obras inconclusas y oportunidades perdidas.
Lo comprobé muchas veces durante mi trabajo en políticas públicas. En los territorios, las comunidades no esperan discursos sobre inclusión ni ceremonias para celebrar la llegada del Estado. Esperan soluciones. Quieren saber cuándo empieza el programa, cuántas familias serán atendidas, quién responde por los recursos y cuáles serán los resultados.
En esos lugares, la política deja de ser una consigna.
Allí no importa si el funcionario pertenece a los nadies, a los de siempre o a cualquier otro grupo. Importa si escucha, si comprende el problema, si sabe tomar decisiones y sobre todo, si cumple.
Ahora surge otra palabra: los “nunca”.
Los que nunca habían gobernado, los que nunca habían estado en el poder, los que nunca habían hecho política o los que nunca habían ocupado una responsabilidad pública importante. El mensaje pretende presentarlos como la ruptura con las élites, con la política tradicional y con las prácticas del pasado.
Pero ser nuevo no es suficiente.
No haber gobernado antes no constituye, por sí mismo, una virtud. La novedad puede ser saludable cuando viene acompañada de preparación, conocimiento y criterio. También puede ser peligrosa cuando se convierte en una excusa para improvisar.
No haber fallado antes puede significar, simplemente, que nunca se ha tenido la responsabilidad de decidir.
Los “nunca” pueden aportar miradas distintas, cuestionar rutinas y romper inercias. Eso es valioso. Pero tendrán que demostrar algo más que su condición de recién llegados. Tendrán que acreditar que conocen el país, que comprenden el funcionamiento de las instituciones y que tienen la madurez suficiente para distinguir entre una consigna electoral y una política pública.
Colombia no puede saltar de la reivindicación de los nadies a la celebración de los nunca sin aprender la lección.
La discusión de fondo no consiste en determinar quién tiene derecho a entrar al poder. En una democracia, todos tienen ese derecho. La verdadera discusión es quién tiene las capacidades necesarias para ejercerlo con responsabilidad.
La inclusión no consiste en reducir los niveles de exigencia. Consiste en garantizar que cualquier colombiano, sin importar su origen, pueda prepararse y alcanzar esos niveles.
El mérito no es una barrera contra los pobres. Por el contrario, debería ser su mejor instrumento de movilidad social. Cuando el mérito desaparece, las oportunidades no llegan a los más necesitados. Terminan en manos de los amigos, los recomendados, los activistas más cercanos o quienes tienen mejores conexiones con el poder.
Profesionalizar el servicio público no es elitismo.
Es justicia.
Es proteger los recursos públicos y, sobre todo, proteger a quienes más dependen del Estado. Los ricos pueden contratar servicios privados cuando las instituciones fracasan. Los ciudadanos más vulnerables no tienen esa posibilidad. Por eso son ellos quienes pagan el precio más alto de la incompetencia.
Gobernar no es un reconocimiento a una biografía, una recompensa por haber sido excluido o un premio por no haber participado antes en política. Gobernar es una responsabilidad frente al futuro.
El país necesita funcionarios que representen la diversidad de Colombia, pero también que sepan administrar. Personas con sensibilidad social, pero también con conocimiento técnico. Ciudadanos capaces de escuchar, pero también de ejecutar. Líderes con convicciones, pero también con experiencia para convertirlas en resultados.
La democracia garantiza el derecho a participar.
El mérito debe garantizar el derecho a gobernar.
Por eso, Colombia debe dejar de preguntar de dónde viene quien ocupa el poder y empezar a preguntar qué sabe hacer, qué ha logrado, con quién trabajará y cómo responderá por sus decisiones.
Ya probamos el gobierno de los “nadies”.
Ahora escuchamos la promesa de los “nunca”.
Ojalá algún día llegue, por fin, el turno de los competentes. Y que sea pronto para seguir creciendo como nación y como sociedad
Fernando Sanchez Prada
Comunicador, Policy Maker, Consultor



Buen día Don Fernando.
Con los «nadies y los nunca» derriban la meritocracia y el estudio de los perfiles para las personas que llevarán a cabo los cargos de aspiración y de ejecución.
La falta de perfil y de experiencia» son una poderosa combinación que facilita la corrupción porque «el que no sabe es como el que no ve», manipulando fácilmente al funcionario por su incompetencia.
Ojalá esto cambie.
Feliz día Don Fernando.