CUANDO TIEMBLA LA TIERRA, TAMBIÉN TIEMBLA LA RAZÓN

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Por Fernando Sánchez Prada

Cuando la tierra se mueve, no solamente tiemblan los edificios, las carreteras y las montañas. También se estremecen nuestras certezas. El miedo busca respuestas inmediatas y, con demasiada frecuencia, encuentra primero una profecía, un castigo divino o una conspiración antes que una explicación científica.

El reciente sismo que sacudió a buena parte de Colombia volvió a demostrarlo. Mientras los organismos especializados explicaban su magnitud, profundidad y origen tectónico, en las redes sociales aparecieron las interpretaciones de siempre: que fue provocado por el HAARP (Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia), que se relacionaba con el fracking, que anunciaba el Apocalipsis o que constituía un castigo dirigido contra determinadas comunidades.

Por ejemplo, no existe evidencia científica de que HAARP pueda provocar huracanes, sequías, terremotos o inundaciones. El clima ocurre principalmente en la troposfera, mucho más abajo que la ionosfera, y las ondas empleadas por HAARP no interactúan con ella de una forma que permita modificar el tiempo atmosférico

Pareciera que para algunas personas resulta más fácil imaginar una operación secreta de alcance mundial que aceptar el movimiento natural de las placas tectónicas.

No pretendo cuestionar la fe. Las creencias religiosas forman parte de la historia, la cultura y la intimidad de millones de seres humanos. La fe puede acompañar, consolar y dar esperanza, especialmente en momentos de dolor e incertidumbre. Pero una cosa es buscar fortaleza espiritual frente a una tragedia y otra muy distinta convertir un fenómeno geológico en una sentencia divina.

Dios —para quienes creemos en Él— no necesita competir con la ciencia. La fe responde a preguntas relacionadas con el sentido de la existencia; la ciencia explica cómo funcionan los fenómenos de la naturaleza. El conflicto aparece cuando obligamos a una creencia a reemplazar la evidencia.

El sismo tuvo una explicación concreta. Fue un evento profundo, ocurrido dentro de la placa de Nazca, que se introduce bajo la placa sudamericana. Al producirse la ruptura a cerca de cien kilómetros de profundidad, la energía pudo propagarse y sentirse en una extensa zona del país (Vuelva y mire la gráfica que acompaña esta columna). No se trató de una máquina secreta, de una perforación petrolera ni de un mensaje cifrado del cielo. Se trató de geología.

Aceptar esta explicación no elimina el miedo ni disminuye la gravedad de sus consecuencias. Pero nos permite entender el riesgo, prepararnos mejor y tomar decisiones responsables. La ciencia no impide que la tierra tiemble; evita que nuestra ignorancia multiplique la tragedia.

La humanidad ha buscado interpretaciones sobrenaturales para los desastres desde mucho antes de comprender la dinámica del planeta. Eclipses, cometas, erupciones volcánicas, epidemias y terremotos fueron vistos durante siglos como anuncios del fin de los tiempos. Era comprensible cuando no existían instrumentos de medición ni conocimientos suficientes. Lo preocupante es que, en pleno siglo XXI, teniendo información científica disponible casi de inmediato, continuemos prefiriendo el rumor.

Las redes sociales agravan esta tendencia. Una explicación científica requiere contexto, paciencia y algunas nociones básicas. Una conspiración, en cambio, cabe en una frase, despierta emociones y puede compartirse miles de veces antes de que los hechos alcancen a ponerse los zapatos.

El miedo es un pésimo sismólogo, pero un extraordinario fabricante de rumores.

Existe, además, algo profundamente injusto en hablar de castigos divinos frente al sufrimiento de comunidades enteras. ¿Qué culpa tendrían las familias del Chocó, de Cali o de cualquier otro territorio afectado? ¿Por qué convertir su dolor en una supuesta condena? Ese tipo de afirmaciones, además de carecer de fundamento, trasladan sobre las víctimas una responsabilidad que no les corresponde.

Los terremotos no distinguen credos, ideologías, condiciones económicas ni colores de piel. Las placas tectónicas no consultan mapas electorales ni seleccionan a quién castigar. Lo que sí determina la dimensión de una tragedia es la vulnerabilidad: construcciones inseguras, falta de prevención, pobreza, debilidad institucional, desconocimiento de los protocolos y una deficiente planificación territorial.

Allí debería concentrarse la discusión nacional.

En lugar de buscar responsables imaginarios, deberíamos preguntarnos si nuestras edificaciones cumplen las normas de sismorresistencia; si las comunidades conocen las rutas de evacuación; si hospitales, colegios y viviendas están preparados; si los municipios cuentan con planes de emergencia actualizados, y si la ciencia tiene el lugar que merece en la educación y en las decisiones públicas.

Necesitamos formar ciudadanos capaces de distinguir entre una creencia legítima y una afirmación falsa; entre una opinión y una evidencia; entre una coincidencia y una relación causal. La alfabetización científica no consiste en memorizar nombres de placas tectónicas. Consiste en aprender a preguntar, verificar y no compartir cualquier explicación solo porque confirma nuestros temores.

También necesitamos una comunicación científica más cercana. No basta con que las instituciones publiquen cifras técnicas. Es necesario explicar qué significan, por qué un sismo profundo puede sentirse en lugares distantes, qué riesgos existen y cómo debe actuar la ciudadanía. El conocimiento que no logra comunicarse deja un espacio que rápidamente ocupan la superstición y la desinformación.

Creer no significa renunciar a pensar. Tener fe no exige negar la ciencia. Podemos orar por las víctimas, acompañar a quienes sufren y, al mismo tiempo, escuchar a los geólogos, seguir las recomendaciones oficiales y exigir mejores políticas de prevención.

Frente a la fuerza imprevisible de la naturaleza, la humildad es necesaria. Pero la humildad no consiste en aceptar cualquier explicación misteriosa. Consiste también en reconocer el valor del conocimiento construido durante generaciones.

Cuando vuelva a temblar la tierra —porque volverá a hacerlo— no permitamos que también se derrumbe la razón. El Apocalipsis y los complots podrán ser atractivos para las redes sociales, pero para salvar vidas necesitamos menos superstición, más prevención y mucha más ciencia.

Fernando Sánchez Prada

Comunicador – Policy Maker – Consultor

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