Un hombre no cruza un umbral: se desborda sobre él.
Trae en los bolsillos el peso entero de sus días,
un millón de razones sostenidas con alfileres;
basta rozarlo con la duda para que empiece a nombrar.
Y si aprendes a escucharlo,
si callas tu propio ruido,
te dirá en qué cruce del mapa perdió el rumbo,
y cómo, de pronto, la vida lo despertó de golpe.
Te confesará aquel instante en que se supuso ángel,
aquel destello donde la perfección pareció tener su rostro.
Luego sonreirá.
Una sonrisa lenta, hecha de ruinas,
agradecido de que el mundo rompa sus propias simetrías.
Porque estamos hechos de fisuras:
nos duele el alma porque el deseo nos queda grande.
Somos la paradoja que devora lo que anhela
y termina llorando, a solas, la herencia de lo que tuvo.
Un hombre es la habitación a la que entra:
un espacio habitado por todo lo que no pudo salvar.
Onésimo Vásquez posada
Agosto 7/2026


