Onésimo Vásquez Posada
Agosto 25/2026
Hay una categoría muy particular de empleos en este mundo que rozan la comedia existencial. Pensémoslo un segundo: uno puede entrenar durante décadas en la industria, o gastarse la vida en los mercados de comercio, y aun así su herramienta de trabajo seguirá siendo la palabra o el dinero. Pero para ser el Ravenmaster —el Custodio de los Cuervos de la Torre de Londres—, el requisito indispensable, además de vestir un uniforme victoriano que pesa lo suyo y haber servido más de veinte años con honores en el ejército británico, es caerle simpático a un puñado de aves con complejo de divas y cerebro de simio.
La leyenda, como bien manda el protocolo del Reino Unido, es deliciosamente teatral: «Si los cuervos abandonan la Torre, la Corona caerá y el Reino con ella». Para un observador ajeno, esto suena a esa clase de superstición medieval diseñada para espantar a los campesinos o impresionar a los turistas franceses. La ironía, por supuesto, es que la historiografía moderna —tan dada a arruinar las buenas historias— sugiere que la profecía no nació con el rey Carlos II en el siglo XVII, ni con los poetas victorianos, sino en la oscuridad de la Segunda Guerra Mundial. En medio del Blitz, con Londres bajo el fuego alemán y los ánimos por el suelo, alguien decidió que un par de cuervos revoloteando sobre las almenas eran el talismán perfecto para resistir el bombardeo. Y funcionó. Se les alistó como soldados, se les emitieron identificaciones militares y la nación encontró consuelo en seis pájaros que, muy probablemente, solo buscaban restos de comida.
El trabajo de mantener a flote la monarquía británica recae hoy en hombres como Chris Skaife, un veterano militar de mirada noble y brazos decorados con cicatrices que atestiguan que la diplomacia con un cuervo no siempre se logra con buenas palabras. Skaife no es un carcelero; es, en el fondo, un mayordomo para aristócratas con plumas. Los cuervos de la Torre —siete en total, seis por Real Decreto y uno «de reserva», porque en este país la burocracia no perdona ni las catástrofes ornitológicas— viven como auténticos reyes. Tienen un palacio a su disposición, comen carne cruda, hígados de cordero, galletas empapadas en sangre y ratones, y reciben la atención de miles de visitantes diarios. A cambio, solo se les pide existir y no escapar.
Y sin embargo, se escapan. O lo intentan.
Porque el cuervo no es un canario sumiso; es un animal profundamente inteligente, curioso y dotado de un sentido del humor tirando a macabro. Un cuervo en la Torre puede simular su propia muerte solo para picarle el dedo al cuidador cuando este va a recoger el «cadáver», o dedican sus tardes a robarle la cartera a un turista distraído para esconder las monedas por las grietas de la Colina Blanca. Tienen memoria, reconocen los rostros de sus amigos y de sus enemigos, y guardan rencores con una elegancia que envidiaría la propia cámara de los Lores.
Cuando uno contempla a estas enormes aves de plumaje azabache pasear por la Green Tower —a pocos metros de donde Ana Bolena o Juana Grey perdieron la cabeza—, resulta imposible no sentir un ligero escalofrío, matizado por una sonrisa. Hay una paradoja deliciosa en el hecho de que uno de los imperios más influyentes de la historia moderna haya decidido depositar su destino simbólico en las alas desequilibradas de un animal carroñero.
Quizás la verdadera grandeza de los británicos no resida en sus coronas de diamantes ni en la solidez de sus instituciones, sino en haber tenido la sabiduría de encomendar la supervivencia de la patria a un veterano de guerra que se levanta al alba para servirle el desayuno a seis pájaros rebeldes. Mientras el Ravenmaster siga allí, limpiando jaulas y repartiendo trozos de pollo, podemos estar tranquilos: la Corona, por hoy, no va a caer.


