Jaime Cortés Díaz
¡Qué duros corren los días de la tragedia! La ayuda atempera el dolor, pero no lo evita. Sepultar los muertos no significa extirpar el recuerdo. Las heridas hay que sanarlas y la comunidad lucha por reintegrarse para que de nuevo florezca la vida. El afán de continuar impulsa la solidaridad y la moral alta. Definitivamente el colombiano es un ser social hecho de hecatombes y glorias: una luz donde el sol brilla para todos en medio de la oscuridad.
El terremoto del 10 de agosto coincide con la apertura de un Gobierno en el que se han cifrado grandes augurios de renovación. La tragedia altera prioridades, impone urgencias y obliga a revisar la partitura inicial prometida por ADLE. Gobernar ya no será solo ejecutar un programa: será reconstruir territorios, restablecer expectativas, atender a los damnificados y, simultáneamente, impedir que la emergencia paralice los demás compromisos nacionales.
El contraste con el pasado inmediato será inevitable. El país viene de un modelo de conducción que dejó profundas controversias, crispaciones y desencuentros. No corresponde, sin embargo, convertir el sinsabor en escenario de revancha política. La mejor diferenciación del nuevo mandato estará en los resultados, no en rollos imposibles de medir. El pesado fardo de la conducción estatal tiene, además, un correlativo ciudadano: acompañar con decisión lo que contribuya al bien común, ejercer vigilancia crítica y evitar que se malogre la confianza depositada en la “Patria Milagro”. Ha surgido una nueva cruz para cargar, y los ministros deberán ser verdaderos cirineos en esa responsabilidad.
Pero una catástrofe puede abrir, entre sus ruinas, una oportunidad histórica. La reconstrucción no debería limitarse a reponer lo destruido, sino convertirse en un modelo de desarrollo económico y social capaz de corregir abandonos antiguos. Allí aparece, de manera especial el Chocó cuya reivindicación ha mencionado ADLE en reciente alocución. Recuperarlo debe significar también crear fuentes permanentes de riqueza y trabajo, mejorar conectividad, infraestructura, educación y servicios, e incluso reexaminar con rigor proyectos estratégicos como un gran puerto en Tribugá, eventual ventana colombiana hacia los mercados del Pacífico, siempre bajo exigentes criterios ambientales, sociales y técnicos.
Igualmente, la desgracia ofrece una ocasión excepcional para afincar la UNIDAD NACIONAL no como consigna sino como aprendizaje colectivo: solidaridad, orgullo por los valores compartidos, civilidad y tolerancia en las diferencias políticas, religiosas o deportivas; respeto por el pluralismo, defensa de la vida y especial cuidado de niños y mayores. La tragedia ha señalado no tener color partidista, salvo en pocos zascandiles.
En ese propósito, la majestad de la Presidencia adquiere una obligación superior. El artículo 188 de la Constitución dispone que el Presidente de la República simboliza la unidad nacional y, al asumir sus funciones, se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos. ADLE ha reiterado que gobernará así, sin discriminación. Es ahora cuando esa prescripción debe adquirir pertinencia. Por ello, los símbolos propios de campaña, eficaces para movilizar adhesiones electorales, deben ceder espacio en los actos de Gobierno a los patrios que representan a la totalidad de la ciudadanía. La Presidencia ya no habla únicamente a quienes votaron por una fórmula vencedora, sino a una Nación entera que necesita reconocerse en sus instituciones.
El presidente Abelardo inicia esta etapa con un inmenso capital de confianza y enfrenta una prueba inédita. Su capacidad, tesón y esa “ardentía” que suele invocar, mostrará organización, transparencia, ejecución y presencia efectiva del Estado. Al final, serán las viviendas levantadas, las comunidades recuperadas, las oportunidades creadas y la esperanza restablecida las que hablen. Mejor ese veredicto popular que cualquier autoelogio. De la tragedia puede surgir una Colombia más unida, siempre y cuando Gobierno y sociedad comprendan que reconstruir no es volver al punto anterior, sino avanzar juntos hacia uno mejor y más seguro.


