Fernando Sánchez Prada
Aprendí ajedrez a los ocho años, antes de saber que la vida también reparte jaques. Hoy, sobreviviente de tres batallas que no elegí, entiendo por qué cada movimiento cuenta. ¿Usted ya aprendió a jugar el suyo?
Hace más de medio siglo, un niño de esos que preguntaban demasiado —yo— se topó con una historia que nunca olvidó: la del sabio Sisa, que inventó el ajedrez para un rey aburrido de la guerra y de la ociosidad de su corte. El rey, agradecido, le ofreció cualquier recompensa. Sisa pidió algo que parecía modesto: un grano de trigo por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera, y así, duplicando, hasta la casilla sesenta y cuatro. El rey se rió de la humildad del pedido. Sus contadores, no. Cuando hicieron la cuenta, entendieron que ni todo el trigo del reino alcanzaba para pagar esa deuda: más de dieciocho trillones de granos.
Yo tenía ocho años cuando leí esa historia y no entendí, en ese momento, que me estaba enseñando la lección más importante de mi vida: lo pequeño, sostenido en el tiempo, se vuelve inmenso. Y lo que parece manejable al principio puede desbordarnos si no calculamos bien las consecuencias. Ese es el ajedrez. Y, sin saberlo entonces, esa también sería mi historia.
Jaque real
Hace un mes, el 20 de julio, se celebró el Día Mundial del Ajedrez. Da igual. El ajedrez no vive de efemérides; vive de la memoria de quienes aprendimos a pensar con él.
Y a mí me tocó jugar, en los últimos años, una partida que no elegí y que no estaba en ningún manual: un cáncer, una neumonía infecciosa y un infarto, en ese orden desordenado en que la vida decide golpear. Tres jaques reales, no metafóricos. Y en cada uno entendí algo que el tablero ya me había insinuado de niño: no se gana por impulso, se gana por cálculo, por paciencia, por saber cuándo sacrificar una pieza para salvar la partida completa.
La estrategia como forma de vida
En mi trabajo —tres décadas diseñando política pública, sentado en mesas con funcionarios de gobierno en la presidencia, burócratas del Banco Mundial, del BID, Naciones Unidas, negociando con gobiernos que piensan distinto y ciudadanos que exigen resultados— aprendí que la estrategia no es un lujo técnico. Es una forma de sobrevivir a la incertidumbre. El ajedrez me enseñó eso antes que cualquier máster: que hay que pensar varias jugadas adelante, que el peón de hoy puede ser la reina de mañana si uno tiene la paciencia de dejarlo avanzar, y que perder una pieza no es perder la partida.
Sobrevivir al cáncer, a una neumonía que casi me deja sin aire, y a un infarto que me recordó que el corazón también tiene límites, no fue distinto. Cada diagnóstico fue un jaque. Y en cada uno tuve que decidir: ¿me rindo o calculo la siguiente jugada? Elegí calcular. Elegí seguir jugando.
El tablero como metáfora de país
La ONU tiene razón cuando afirma que el ajedrez contribuye a la paz y al desarrollo. Porque un país que piensa como ajedrecista —que calcula consecuencias, que no juega solo para el aplauso inmediato, que entiende que cada decisión de hoy compromete sesenta y tres casillas más adelante— es un país que se cuida a sí mismo. Colombia, con su costumbre de jugar a la defensiva improvisada, tiene mucho que aprender de un tablero de sesenta y cuatro casillas y treinta y dos piezas.
Yo sigo jugando. Con el cuerpo que sobrevivió, con la cabeza que no dejó de calcular, y con la certeza de que cada casilla que avanzo cuenta más de lo que parece, como el grano de trigo que empezó pequeño y terminó siendo una fortuna imposible de pagar. La pregunta no es si a usted también le tocará jugar un jaque que no eligió. Le va a tocar, tarde o temprano. La pregunta es si, cuando llegue, va a jugar por impulso o va a jugar por estrategia.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador – Policy Maker – Consultor


