Nació la fértil Pereira,
como beso apasionado
del Señor sobre la tierra.
Luis Carlos González Mejía.
Mi querida y hermosa Pereira:
Este 30 de agosto de 2026, lo pensamos como cada año, sería distinto. Te vestiríamos de fiesta y llenaríamos tus calles de música, danzas, folclor, carrozas, teatro, ferias gastronómicas, conciertos y demás eventos propios de una celebración magnánima como las que siempre mereces.
Queríamos gritarle al mundo, con ese orgullo que nos cabe apenas en el pecho, que tú, mi Pereira del alma, estás cumpliendo años. Íbamos a celebrarte por lo grande, pero la tierra rugió con una fuerza inusitada y en pocos segundos nos recordó lo pequeños y diminutos que somos ante la inmensidad del universo.
De ahora en adelante, agosto dejó de ser solamente tu mes de cumpleaños porque, sin esperarlo, las luces de las velas que se encenderían a tu nombre se confundieron con las luces de las ambulancias; el Happy Birthday que entonaríamos a todo pulmón se ahogó con el ruido de las sirenas; la música y el bailoteo de las verbenas cedió su lugar al pánico y a la conmoción; nuestros abrazos de celebración se convirtieron, de un momento a otro, en abrazos solidarios para sostener a quienes habían caído o acababan de perderlo todo.
Hoy, mi Pereira divina, no sabemos cómo cantarte el cumpleaños. ¿Cómo hacerlo mientras todavía hay escombros, polvo y grietas sobre nuestras avenidas? ¿Cómo hacerlo cuando hay casas que ya no son hogares? ¿Cómo hacerlo cuando hay familias mirando una silla vacía y comprendiendo, con una tristeza que no tiene nombre, que alguien a quien amaban se fue con el terremoto? Hoy, y nunca lo imaginamos, nos duele cumplir años.
Nos duele porque bajo tus ruinas quedaron sueños interrumpidos, sueños que se transformaron en horrendas pesadillas. Hubo amigos que salieron de su morada pensando que salvarían su vida y no fue así. Tuvimos que despedirnos con palabras gritadas que ellos no alcanzaron a escuchar; seguramente las descifrarán en la eternidad y descubrirán que todos nuestros intentos fueron, con nostalgia debo decirlo, en vano. Es más: todavía hay quienes miran lo que queda de los despojos buscando, en los residuos de su memoria, las fotografías, los recuerdos, la vida que tenían antes de que todo temblara y se viniera abajo.
Pero escucha algo, mi Pereira amada: tú no eres las ruinas que quedaron en las imágenes registradas; jamás serás las paredes que cayeron; nunca te recordaremos por las zanjas que atravesaron tus vías y, menos aún, se encarnará en nosotros el miedo de aquel día que nos hizo correr despavoridos.
Tú, mi querendona, trasnochadora y morena eres más que eso: eres las manos que levantaron piedras cuando todavía el suelo se movía; eres el bombero que ingresó donde otros salían; eres el rescatista novato que arriesgó su vida salvando la de sus conciudadanos; eres el médico que trabajó incansablemente para curar la herida; eres el maestro que mantuvo la calma en las escuelas durante momentos tan críticos como este; eres el policía controlando el orden público; eres la mujer que luchó hombro a hombro por mantener su hogar, nuestra linda ciudad; eres el voluntario, el vecino, el desconocido que ofreció pan, agua, comida, techo y abrazos en medio de la catástrofe; tú, mi Pereira eterna, eres Juan Pablo Sánchez, ese niño que desde la catástrofe rescató vidas en La Lorena y Providencia y que nos representa a todos con orgullo.
Nosotros, tus hijos, aprendimos de ti cómo se levanta una urbe al recio empuje de los titanes, pues nos enseñaste a compartir cuando no teníamos nada; nos enseñaste a buscar a los demás antes que a los nuestros; nos enseñaste a convertir los brazos en camillas auxiliares; nos enseñaste a saber resistir cuando la tierra nos sacudió con fuerza; nos enseñaste que en una taza de café hay algo más poderoso aún: el amor a la pereiranidad.
Hoy no te regalaremos flores ni comparsas ni bailes; hoy, todos los pereiranos te agasajaremos con una promesa que honraremos: de esta te levantaremos y volveremos con más fuerza. Vamos a levantarte aunque nos tiemblen las piernas, aunque el horror nos respire en la nuca, aunque haya noches en las que un movimiento, por leve que sea, nos devuelva al terrible instante en el que todo cambió para siempre.
Vamos a levantarte como sólo sabemos hacerlo los pereiranos: ladrillo por ladrillo, calle por calle, casa por casa; en una gesta cívica que retumbará en la memoria de los pueblos durante años. Pero, sobre todo, vamos a resurgir persona por persona, como el ave fénix que alzó vuelo de sus propias cenizas. Reconstruir una ciudad, es importante recordarlo, no consiste únicamente en volver a levantar enormes edificios.
Con esta tragedia a cuestas, todos tendremos la obligación ética y moral de rehacer abrazos, rutinas, salones de clase, negocios, conversaciones en las esquinas, almuerzos familiares, partiditos de barrio, sueños; entre todos debemos reconstruirnos no solamente en función de lo físico, sino, también, a nivel psicológico y emocional.
Habrá que enseñarles otra vez a nuestros niños que es posible dormir tranquilos; será, en exceso transcendental, acompañar a quienes sobrevivieron y, por desgracia, una parte de sí mismos murió bajo los escombros; tendremos que pronunciar los nombres de quienes se fueron sin permitir que el tiempo los registre como una simple y fría cifra, pues ninguna vida perdida durante esta desgracia debe convertirse en estadística.
Cada persona que se nos fue tenía una historia: alguien esperaba su llamada; alguien quería verla sonreír; alguien tenía una fotografía suya guardada en la billetera; alguien todavía daría cualquier cosa por escuchar de nuevo su voz; alguien, créanme, tiene un vacío en su corazón porque ese hombre, esa mujer, ese niño, ese abuelo, esa tía o esa prima ya no están.
Y por ellos tendremos que levantarnos con mayor fuerza: para no olvidarlos jamás. Que cada construcción que se alce hacia la inmensidad del cielo grite que allí estuvieron nuestros amigos, nuestros familiares, nuestros conciudadanos; que cada árbol que volvamos a sembrar lleve un poco de su memoria en las raíces y en sus frutos; que cada cumpleaños futuro de Pereira, en nuestra amada ciudad, se realice un sentido homenaje que nos rememore que hubo un agosto en el que esta urbe conoció el dolor más profundo y, por esas mismas cosas de los pereiranos, decidimos no rendirnos jamás.
Pueden quebrarse las paredes, abrirse la tierra, caerse los techos, detenerse los relojes, romperse las ventanas y desaparecer en segundos aquello que tardamos décadas en construir; sin embargo, hay algo que ningún terremoto ni ninguna catástrofe podrá arrebatarnos ni sepultar: el alma del pueblo pereirano se niega rotundamente a abandonar a los suyos.
Hoy, en las efemérides de nuestros 163 años, el espíritu de la pereiranidad está más vivo que nunca. No obstante, en esta ocasión, y sólo en esta, te pediremos que no celebres ni aplaudas a manera de agasajo; sería injusto e indolente con aquellos que se fueron con la tragedia. Y en caso eventual de que dicho aplauso llegue después de derramar nuestras lágrimas por todo lo que perdimos en esos segundos interminables, estoy segurísimo de que será un gesto inmaculado que nos dará la fuerza necesaria y la valentía suficiente para subsanar las heridas, reestablecernos del cansancio, honrar la vida que partió y la vida que nos queda.
Cuando termine el trágico llanto, Pereira, míranos; estamos y estaremos contigo. Nosotros, tus hijos, los nacidos aquí y los que un día llegaron y decidieron llamarte hogar se quedarán a tu lado por y para siempre. Los de los barrios y las veredas; los de las montañas y las avenidas; los que tienen mucho y los que apenas tienen lo necesario estarán en tus calles y en tu corazón, velando por tu bienestar.
Por estas mismas razones estoy absolutamente seguro de algo verdadero: mientras quede uno, sólo uno de nosotros dispuesto a tenderle la mano al otro, esta ciudad seguirá en pie y con las puertas abiertas, pues aquí nadie es forastero, todos somos pereiranos.
Quizá no podamos retornar a la Pereira que teníamos antes del terremoto; aun así, construiremos una ciudad que honre y sea ejemplo de civismo en torno a todo aquello que perdimos. Nuestra Perla del Otún será más humana, mucho más solidaria, más consciente de que la vida es un instante y de que, al final, ninguna pared valdrá más que un abrazo o una palabra de aliento ante la adversidad.
No habrá terremoto capaz de borrar tu historia ni grieta suficientemente profunda para tragarse la pereiranidad de la que estamos hechos; tampoco habrá escombro tan pesado que pueda sepultar nuestras ganas de volver a empezar. Juntos nos levantaremos y celebraremos con la victoria del amor.
Y cuando algún día volvamos a caminar sin miedos ni temores por tus calles, cuando las ventanas se enciendan de nuevo al caer la noche, cuando los niños regresen a correr por los parques y la música le gane la batalla a las sirenas, miraremos hacia atrás y leeremos en las huellas del pasado que sobrevivir nunca significó salir ilesos; significó salir juntos, hombro a hombro, porque la tierra pudo sacudir nuestros cimientos, pero le fue imposible derrumbarnos esta pereiranidad que nos fortalece el alma.
Con todo respeto por la naturaleza lo escribiré: durante unos segundos que fueron eternos estuvimos de rodillas; sin embargo, esta ciudad, la querendona, trasnochadora y morena, la Pereira de nuestro corazón, La Perla del Otún nació porque siempre sabrá ponerse en pie.
¡Feliz cumpleaños, mi amada Pereira!, aunque hoy se nos rompa un poco la voz, aunque hoy las lágrimas inunden nuestros rostros compungidos, aunque hoy el polvo recubra nuestra esperanza.
¡Feliz cumpleaños, Pereira! Ciudad herida. Ciudad valiente. Ciudad nuestra. Hoy no encendemos velas para pedir un deseo; las prendemos por quienes ya no pueden hacerlo. Y frente a esa luz sagrada prometemos que los recordaremos, que nos cuidaremos, que nos reconstruiremos y volveremos a sonreír junto a ti.
Por: Wilmar Ospina Mondragón











Escritor y profesor: Institución Educativa Ciudad Boquía
Universidad Tecnológica de Pereira
Universidad Católica de Pereira



Me llegó al alma este escrito. Qué dolor no poder celebrar el cumpleaños de nuestra hermosa ciudad como acostumbrábamos. Feliz cumpleaños, Pereira. Volverás más fuerte y hermosa que nunca.