LA FE ENTRE ESCOMBROS

OpiniónÉTICALA FE ENTRE ESCOMBROS

Hay acontecimientos que no terminan cuando dejan de suceder. La tierra puede dejar de temblar en pocos segundos, pero el corazón puede continuar temblando durante mucho tiempo. Después de un terremoto quedan paredes agrietadas, casas heridas y calles que poco a poco intentan recuperar su normalidad, pero quedan también daños que ningún ingeniero puede medir: el miedo, la incertidumbre, la angustia de volver a sentir un movimiento, la tristeza de quien perdió parte de lo construido durante toda una vida y la pregunta silenciosa de quien todavía intenta comprender lo sucedido.

 Un terremoto nos enfrenta brutalmente con una verdad que muchas veces preferimos olvidar: somos frágiles. Nos pasamos la vida construyendo seguridades, haciendo planes, acumulando cosas y organizando el mañana, hasta que unos segundos nos recuerdan que no tenemos el control absoluto de nuestra existencia.

Y quizá una de las heridas más profundas aparece cuando también comienza a temblar nuestra fe. Entonces surgen preguntas que muchas veces tenemos miedo de pronunciar: ¿dónde estaba Dios?, ¿por qué permitió esto?, ¿por qué, si rezamos, sufrimos?, ¿cómo seguir creyendo cuando aquello que le pedíamos a Dios que no ocurriera finalmente ocurrió? No deberíamos tener miedo de esas preguntas. La fe verdadera no nos obliga a fingir que estamos bien cuando estamos destrozados. Jesús también lloró, sintió angustia, conoció el abandono y experimentó el sufrimiento.

 Por eso nuestras lágrimas no son ausencia de fe; algunas veces llorar delante de Dios es una de las formas más sinceras de creer. Quizá necesitamos abandonar una idea equivocada de la fe: pensar que creer significa estar protegidos de todo sufrimiento. Creer no significa afirmar: «Nada malo me sucederá porque Dios está conmigo»; creer significa poder decir después de que algo terrible ha sucedido: «No comprendo todo, Señor; tengo miedo, estoy herido, todavía me duele, pero sigo confiando en Ti y no permitiré que el dolor tenga la última palabra».

Esa es una fe mucho más difícil, pero también mucho más verdadera. Es la fe entre los escombros: la de quien llora y todavía reza, la de quien tiene miedo y aun así continúa caminando, la de quien ha perdido mucho y todavía es capaz de compartir lo poco que conserva, la de quien no encuentra respuestas, pero se niega a abandonar la esperanza.

Y quizá después de una tragedia tengamos que aprender a buscar a Dios de otra manera, porque Dios también puede aparecer entre los escombros: en las manos del rescatista que busca una vida, en el médico y la enfermera que permanecen junto al herido, en quien prepara un plato de comida, en la familia que abre las puertas de su casa, en quien entrega una frazada o un mercado, en el vecino que pregunta qué hace falta y en quien se sienta junto al que llora sin intentar explicarle su dolor y simplemente permanece allí. A veces la respuesta de Dios al sufrimiento de alguien llega a través de las manos de otro ser humano.

Y aquí nuestra fe deja de ser solamente una experiencia personal y se convierte en responsabilidad. Porque después de preguntarnos «¿dónde estaba Dios cuando tembló la tierra?», quizá deberíamos hacernos otra pregunta mucho más incómoda: ¿dónde estamos nosotros ahora que tantos hermanos sufren? ¿Dónde estaremos cuando pase la emergencia, cuando las cámaras se apaguen, las noticias hablen de otra cosa y muchas familias continúen intentando reconstruir sus vidas?

Porque llegará un momento en que desaparecerán muchos escombros de las calles, pero permanecerán los escombros del alma. Habrá personas que reconstruirán su casa, pero todavía tendrán miedo; personas que recuperarán algunas de sus pertenencias, pero no su tranquilidad; familias que necesitarán mucho más que materiales de construcción: necesitarán compañía, escucha, solidaridad y tiempo.

Ojalá no olvidemos eso. Algún día las grietas serán reparadas, las paredes volverán a pintarse, las puertas volverán a abrirse y nuestras calles recuperarán su movimiento habitual, pero sería profundamente triste reconstruir exactamente la misma ciudad y continuar siendo exactamente las mismas personas. Que algo cambie dentro de nosotros. Que después de haber experimentado nuestra propia fragilidad seamos más sensibles frente a la fragilidad de los demás, que aprendamos a mirar, escuchar, compartir y acompañar, y que comprendamos que la reconstrucción no termina cuando desaparece el último escombro visible. Una ciudad termina de levantarse cuando nadie queda abandonado debajo de los escombros invisibles del miedo, la pobreza, la soledad y el olvido.

Padre Pacho

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