No sé si tengo la edad necesaria para alcanzar a ver mi ciudad levantada de los escombros. Es tal la dimensión del desastre que nos tocó vivir en este agosto de 2026 que demoraremos muchos años en recuperarnos. No por falta de coraje, ni de fortaleza. Somos un mosaico extraño de paisas y caucanos, de indígenas y negros, de colombianos y de foráneos. Los pereiranos tenemos un temple singular producto de esa mezcla que se amalgama con la viveza de los antioqueños, la amabilidad de los vallunos, el tesón de las culturas extranjeras que se asentaron en estas tierras y el estoicismo de las minorías étnicas.
Lo del «civismo» es una marca indeleble que se forjó en lides pretéritas en las que tuvimos que luchar solos, contra el centralismo de Manizales y de Bogotá. «Sin fuerza extraña que agradecer» nos hicimos grandes en la Colombia del siglo XX y concebimos el trabajo como la herramienta del desarrollo. Pero siempre bajo la bandera de la solidaridad. Nos moldeamos con convites y con esfuerzo mancomunado en el que hicimos caso omiso de distinciones de raza, credo o posición social. Por eso somos una sociedad que recibe con los brazos abiertos al que nos visita y al que quiere participar de nuestra prosperidad: «Aquí no hay forasteros, todos somos pereiranos». Además, somos alegres y felices por naturaleza, una particularidad que se desprende de tener uno de los climas más encantadores del país, los paisajes más verdes y maravillosos y una rica diversidad biológica, envidia del planeta.
Con todos estos atributos podemos esperar lo mejor. Claro que nos levantaremos, pero iremos más allá, volveremos a fulgurar en el horizonte patrio y nos reconocerán por nuestra resiliencia y tenacidad.
Pero no por guapos debemos permanecer callados. Hay que pedirle y exigirle al gobierno nacional que nos acompañe, que no nos deje solos, pero que no nos dé limosnas, que saque adelante el tren de alta velocidad que nos conecte con Cali, nuestra socia natural, la otra gran urbe afectada por la naturaleza. Pidamos cosas grandes y no migajas.
¡A trabajar pues, que lo estamos haciendo bien!
En medio del dolor y del sufrimiento surgen muchas buenas intenciones, pero no podemos perder tiempo para tomar grandes decisiones. Antes de terminar el año es urgente e imperativo que el Concejo municipal modifique el POT y apruebe el congelamiento de los predios que tienen afectación directa por causa de Egoyá, antes de que los intereses económicos de unos pocos hagan el lobby necesario para evitar la medida y los pereiranos volvamos a repetir la fatídica historia en unos cuantos años. Claro que volverá a temblar. Y duro. Pereira está ubicada en medio de grandes fallas geológicas y en una de las zonas más sísmicas del globo terráqueo. Cada 10/20 años tendremos un encuentro difícil con la naturaleza y es perentorio e impostergable que tomemos decisiones futuristas. No es solo reforzar el cumplimiento del código de construcción y las normas de sismo resistencia sino planificar bien la ciudad. El alcalde está en la obligación de actuar con celeridad porque las acciones que todos emprenderemos desde ahora para recuperar a Pereira tienen que encajar y ser acordes con lo que queremos que sea la ciudad en las décadas siguientes. Dejemos atrás la utopía del Parque San Mateo y embarquémonos en el nuevo Parque Lineal Egoyá. Tal vez yo no alcance a verlo, pero seré feliz con saber que es un proyecto en marcha. ¡Vamos Pereira!



Asi es. Es hora de grandes decisiones.
Por lo menos congelar la construcción del lleno de Egoya (hasta de 20 metros de escombros, tierra, residuos vegetales, no compactada con técnica).
Hacer del turismo un componente básico de la economía. Eso implica la construcción de productos turísticos de talla continental. Amenidades como parques temáticos, senderos, torres de avistamiento de aves…
Conformar una gobernanza de la gestión del riesgo, atendiendo los limites naturales de la amenaza sismica: El Choco Biogeografico. Esto es, debemos ibgresar a la RAP PACIFICO y descentralizar la UNGR por RAP’s.
Aprovechar la capacidad de investigación regional, con mas de 150 grupos clasificados en Minciencias, para aprender, comprender y producir conocimiento científico sobre las amenazas sísmicas, especialmente por la subducción de la placa Nazca sobre la placa suramericana.
Y aprovechar el arreglo de ciudades entre Cali y el Eje Cafetero para conformar un polo de desarrollo industrial, comercial, turístico, cultural basado en la biodiversidad y la diversidad étnica y social. Eso significa construir un Tren de Alta Velocidad -TAV-entre Cali – Eje cafetero: Aglomera cerca de 10 millones de personas, conforma una región económica que disputa la primacía de Bogotá, polariza el desarrollo a la Cuenca Pacifica (mas del 75% PIB mundial) y se convierte en un atractor de inversión, en momentos en los cuales se reconfigura la “fabrica mundial” atendiendo la tendencia del Near Shoring y el Friendly Shoring. En el hemisferio occidental se re localizarán, cerca del mercado (near) o en países amigos (friendly). El TAV es el pegamento, la base relacional, de una nueva economía que crece a mas del 5% anual su PIB y se duplica cada 14 años. Mas trabajo, empleo, menos pobreza, mas equidad, mas muchas mas oportunidades!!
Una región con gobernanza sobre el riesgo sísmico y sobre una economía próspera.
Saltemos de ser un departamento “piloto”, chiquito (1 millón de personas Vs 50 millones de Colombia) a comandar una región que esta llamada a marcar el desarrollo de colombia en el siglo 21: La Región Pacifica, el Chocó Biogeográfico .
Excelente llamado..” ¡A trabajar pues, que lo estamos haciendo bien!…Hay que pedirle y exigirle al gobierno nacional que nos acompañe, que no nos deje solos, pero que no nos dé limosnas, que saque adelante el tren de alta velocidad que nos conecte con Cali, nuestra socia natural, la otra gran urbe afectada por la naturaleza. Pidamos cosas grandes y no migajas. ..”