ÍTACA NO ES UN LUGAR, ES UNA DECISIÓN

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Fernando Sánchez Prada

¿Cuál es tu Ítaca? Piénsalo antes de seguir leyendo, porque esta columna no habla de un griego de hace tres mil años. Habla de ti.

Cuando el profesor Eduardo López en el INEM de Pereira nos puso de tarea leer la Odisea completa en la clase de español, todos protestamos. Sonaba a castigo: un libro viejísimo sobre un tipo que se demora diez años en llegar a su casa. Yo también me quejé. Y terminé enganchado, casi sin darme cuenta de en qué momento pasó.

Para el que no la conozca: Ulises gana la guerra de Troya y debería estar en Ítaca en cuestión de semanas. Se demora diez años, porque en el camino se le atraviesan monstruos, dioses de mal genio, tentaciones que casi lo dejan varado para siempre, y su propio ego, que es el peor enemigo de todo el viaje. Mientras tanto, en la isla, su esposa Penélope aguanta rodeada de tipos que quieren su trono, y su hijo Telémaco crece prácticamente sin conocerlo.

Ese libro me abrió la puerta a otros clásicos, como Edipo Rey, esa historia que uno cree conocer de oídas y que en el fondo dice algo muy simple: hay cosas de las que no se escapa uno ni huyendo toda la vida. El profesor López no me estaba enseñando literatura griega. Me estaba enseñando que hay libros viejos que a uno lo esperan, quietos, hasta que por fin está listo para leerlos.

Hace poco la volví a abrir, un fin de semana, por culpa de la película que tiene a todo el mundo hablando de Ulises otra vez. Pensé que iba a sentir nostalgia. Me encontré con otra cosa.

El mástil y las sirenas

Ulises no se tapa los oídos cuando pasa frente a las sirenas. Se manda a amarrar al palo del barco. Sabe que solo con fuerza de voluntad no le alcanza, así que se ata antes de escuchar la primera nota. Él que se cree muy verraco para caer, no se amarra a nada. Y por eso es el que primero termina estrellado contra las rocas.

Las sirenas de ahora no cantan desde ninguna roca en el mar. Cantan desde el celular, desde el ascenso rápido, desde el político que promete sin decir cómo, desde la plata fácil. Y uno sigue con los oídos destapados, pensando que a él no le va a tocar.

Circe, los lotófagos y quedarse cómodo

En la isla de Circe, Ulises se queda un año entero. Comida servida, nada que pelear, nada que buscar. Tuvo que ser su propia tripulación la que le dijera «oiga, en Ítaca lo están esperando». Los que comen la flor de loto (Que había en la isla) la tienen peor: se les olvida que tenían un lugar al que querían volver, y ni cuenta se dan de que se les olvidó.

Hay comodidades que no compiten con lo que uno quiere lograr, sencillamente lo reemplazan. Y hay países enteros que se comieron esa flor y le pusieron por nombre estabilidad.

Cuando le toca pasar entre Escila y Caribdis, Ulises no escoge lo bueno, porque lo bueno ya no está en el menú. Escoge lo menos malo. Y eso, más que cualquier otra parte del libro, es la vida real: casi nunca hay salida limpia, uno decide entre dos males y sigue de largo con el barco medio roto.

Penélope y Telémaco

Lo que mantiene a Ulises de pie no es la fuerza ni la inteligencia, que le sobran las dos. Es que en algún lado hay dos personas que no lo han dejado de esperar. Penélope teje y desteje de noche una larga manta para ganar tiempo. Telémaco crece sin papá pero con su apellido. Ellos no son el premio que se gana al final. Son la razón por la que uno quiere volver y no solo salir corriendo.

Todos tenemos que tener algo así amarrado: una persona, un país, una idea que no se negocia mientras uno navega entre tantas sirenas, cíclopes y tormentas. Si no tiene ese punto fijo, cualquier isla bonita se le vuelve destino final.

A Colombia le ha faltado amarrarse a un mástil hace rato. Cambiamos de rumbo con cada canto nuevo: la salida fácil, la promesa sin factura, el atajo que llaman reforma y es apenas otra isla de Circe con nombre distinto. Y en esas se nos va olvidando cuál era Ítaca.

Mi propia Ítaca está a punto de cumplir 40 años. Y no le voy a mentir: no me han faltado los cantos de sirena por el camino, ni las Circes con mesa servida invitándome a quedarme más de la cuenta. ¿He cedido? Esa pregunta me la hago yo primero, antes de hacérsela a usted.

La Odisea no es la historia de un naufragio. Es la historia de un tipo que, después de perderse veinte años, se da cuenta de que todavía puede volver a ser el que era antes de irse. Esa parte no la filma ninguna película: el regreso no pasa cuando el barco toca tierra, pasa cuando uno deja de ser otro.

¿Cuál es tu Ítaca? ¿Y qué está dispuesto a amarrar la próxima vez que le canten al oído?

Fernando Sánchez Prada

Comunicador – Policy Maker – Consultor

1 COMENTARIO

  1. Apreciado Fernando: una de las más socorridas metáforas de la vida es el laberinto, tan caro a las viejas mitologías. En ese laberinto- vida nos buscamos y nos perdemos, creemos hallarnos ( ¿ han pensado en el sentido de esa expresión : » no me hallo»?) y nos volvemos a extraviar. A diferencia del mito griego, ninguna Ariadna puede ayudarnos a escapar, porque el Minotauro somos nosotros mismos. De ahí se desprende una certeza: por lejos que huyamos, los humanos volvemos al punto de partida, sólo que no tardamos veinte años sino toda una vida. La poesía y las canciones populares, como el tango » Volver», están hechas de esa materia.

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