El perdón constituye una de las experiencias más profundas y exigentes del Evangelio y, al mismo tiempo, una de las más malinterpretadas. Pocas palabras pertenecen tan esencialmente al lenguaje cristiano y pocas han sido comprendidas de manera tan simplista. Con frecuencia se ha presentado el perdón como la obligación de olvidar lo ocurrido, restablecer inmediatamente una relación, volver a confiar, soportar indefinidamente el daño o guardar silencio para evitar conflictos. Sin embargo, el perdón jamás puede significar negar la verdad, actuar con ingenuidad frente al mal o convertirse en cómplice de aquello que destruye al ser humano.
Para comprenderlo es necesario comenzar por una distinción fundamental: perdonar y reconciliarse están profundamente relacionados, pero no son lo mismo. El perdón puede comenzar en el corazón de quien ha sido herido; la reconciliación, en cambio, necesita la participación de ambas partes. Puedo renunciar al odio hacia quien me hizo daño, dejar de alimentar deseos de venganza, poner su vida en manos de Dios e incluso pedir sinceramente por su conversión, aunque esa persona nunca reconozca lo que hizo. En este sentido, el perdón puede ser unilateral; la reconciliación no. Para que exista una verdadera reconciliación hacen falta verdad, arrepentimiento, conversión, reparación, cuando sea posible, y una reconstrucción paciente de la confianza.
Por eso, perdonar no significa afirmar que lo sucedido estuvo bien. Precisamente porque existió un mal verdadero hay algo que necesita ser perdonado. El perdón no dice: “No pasó nada”. Por el contrario, tiene la valentía de reconocer: “Sí pasó. Fue injusto. Me hirió. No debió suceder. Pero no permitiré que ese mal determine para siempre aquello en lo que voy a convertirme”.
Aquí comienza la verdadera libertad del perdón. Quien nos hiere produce una primera herida con aquello que hizo, pero puede alcanzar una segunda victoria cuando consigue permanecer durante años gobernando nuestra interioridad a través del resentimiento. Alguien puede haber desaparecido físicamente de nuestra vida y, sin embargo, continuar habitando dentro de nosotros mediante la rabia, el rencor o el deseo de venganza. Perdonar es también recuperar ese territorio interior que el dolor había ocupado. No significa justificar al otro; significa dejar de entregarle poder sobre nuestro corazón.
Esta comprensión exige distinguir también el perdón de la confianza. El perdón pertenece al ámbito de la gracia; la confianza pertenece al ámbito de la relación y necesita tiempo para construirse. Es posible perdonar sin que la confianza sea restaurada inmediatamente. Quien ha mentido repetidamente puede ser perdonado, pero deberá demostrar con sus actos que nuevamente puede ser creído. Quien ha traicionado puede recibir misericordia, pero no puede exigir como un derecho que todo vuelva a ser como antes. El arrepentimiento verdadero comprende que recibir perdón no significa quedar automáticamente liberado de las consecuencias de los propios actos.
De la misma manera, perdonar no significa renunciar a la justicia. Es necesario distinguir aquí entre justicia y venganza. La venganza desea que, el otro sufra porque me hizo sufrir; la justicia, en cambio, busca reconocer el mal, proteger a quien ha sido vulnerado, establecer responsabilidades y, cuando sea posible, reparar aquello que fue destruido. El perdón puede renunciar a la venganza sin renunciar a la verdad ni a la justicia.
Tampoco podemos reducir el perdón al olvido. Hay heridas cuya memoria permanece durante años. Por eso resulta problemática la conocida expresión “perdonar es olvidar”. Perdonar no exige amnesia. El recuerdo puede permanecer mientras cambia nuestra relación con él. Tal vez la verdadera sanación no consista en poder decir: “Ya no recuerdo”, sino en llegar a afirmar: “Recuerdo, pero este recuerdo ya no gobierna mi vida”. La cicatriz permanece, pero la herida deja de sangrar. La historia no desaparece, pero deja de tener el poder de definir nuestro presente.
En este proceso aparece otro elemento fundamental: los límites. Establecerlos no contradice necesariamente el perdón. Hay momentos en los que alejarse puede ser un acto de prudencia y no una expresión de odio. Una persona puede decir desde la fe: “No deseo tu mal. No quiero vengarme. Pido a Dios que sane y transforme tu vida, pero no puedo permitir que continúes haciéndome daño”. En determinadas circunstancias, estas palabras contienen más verdad que una reconciliación superficial que simplemente termina reiniciando el mismo ciclo de dolor.
Por eso debemos comprender algo esencial: el perdón responde a la pregunta sobre qué voy a guardar en mi corazón; los límites responden a la pregunta sobre qué voy a permitir en mi vida. Puedo perdonar y mantener distancia. Puedo renunciar al odio y no recuperar todavía la confianza. Puedo desear sinceramente el bien de alguien sin permitir que vuelva a ocupar el mismo lugar en mi existencia.
Todo esto nos conduce finalmente al sentido más profundo del perdón: negarnos a permitir que aquello que nos hicieron determine aquello en lo que nosotros nos convertiremos. Si me traicionaron, no estoy condenado a convertirme en alguien incapaz de amar. Si me mintieron, no tengo que construir mi existencia sobre la sospecha. Si me hirieron, no necesito convertir mi herida en un arma para herir a otros. Y si destruyeron algo de mi historia, todavía puedo permitir que Dios haga surgir vida entre esas ruinas.
El perdón, entonces, no cambia el pasado, pero puede transformar nuestra relación con él. No convierte en bueno aquello que fue malo ni elimina necesariamente sus consecuencias; impide que el mal recibido continúe reproduciéndose dentro de nosotros. Es la decisión de no entregar al resentimiento la última palabra sobre nuestra historia.
Porque, finalmente, perdonar no siempre significa recuperar una relación. A veces, el primer gran milagro del perdón consiste en recuperar el corazón.
Padre Pacho


