ANATOMÍA DEL FRACASO ESCOLAR

OpiniónEducaciónANATOMÍA DEL FRACASO ESCOLAR

Segunda parte

Nunca ayudes a un niño en una tarea
en la que siente que puede tener éxito.
María Montessori

Esta tragedia no pertenece solamente a la escuela. Detrás de muchos jóvenes que no tienen límites claros y respetuosos hay adultos que confundieron amar con justificar. Padres o acudientes que aparecen en noviembre a exigir resultados que descuidaron durante el año escolar porque nunca fueron a preguntar cómo iba su hijo ni revisaron sus cuadernos. Como una madre que jamás había visto en las reuniones que hice a lo largo de 3 años con un grupo del que fui director y sólo la conocí un día de noviembre cuando me gritó que yo era un hijo de puta porque su hijo, un muchacho que también me dijo hijueputa, había perdido el año por una supuesta tarea que no le revisé en junio. Yo imaginé que al menos preguntaría qué ocurrió; sin embargo, ella ya había decidido que yo era culpable de que su muchacho no hubiera presentado el taller casi 5 meses atrás.

Semejante puteada me hizo reflexionar, en ese entonces, sobre algo esencial: criar no consiste en proteger a los hijos de las consecuencias de sus actos sino en prepararlos para asumirlas. Defender a un niño cuando tiene razón es la mejor prueba de amor; defenderlo cuando somos conscientes de su falta y de su error es la primera lección de corrupción que recibe en su vida; en adelante será como ese horrible dicho colombiano que profesa que el vivo vive del bobo, sin concebir que es él realmente el bobo que se engaña a sí mismo.

También quiero aclarar que no todas las familias gozan de las mismas condiciones. En este país donde aplauden la muerte y no la vida, hay madres que trabajan hasta el cansancio, abuelos que destajando el campo sostienen hogares enteros, padres que apenas se rebuscan lo necesario para poner un arroz con huevo en la mesa. Sería injusto exigirles que acompañen siempre a sus hijos o nietos. No obstante, una cosa es carecer de recursos y otra muy diferente renunciar a la ética y la responsabilidad. Nadie necesita un título universitario para educar en la honestidad y en el respeto por las obligaciones que alguien debe cumplir. Esto es lo mínimo que la familia debe hacer por la formación de sus hijos.

La educación, incluso, comienza mucho antes del tablero. Inicia en casa cuando un padre enseña, con sus actos y con su ejemplo, que la palabra tiene valor, que respetar no tiene que ver con el estado de ánimo, porque ser libres no significa hacer lo que se nos da la gana o abandonarnos a la crueldad de la pereza y al hecho nefasto de hacer nada y creer que se hizo mucho. Recuerdo el comentario de unos chicos que, en medio de la juerga, decían que sus interiores los lavaban sus madres todos untados o llenos de hormigas después de pasar días enteros colgados detrás de la puerta del baño. Vienen a mi memoria la anécdota que sufrió un compañero. Entre las muchas funciones de un director de grupo está la de apagar incendios en los que ni siquiera tiene vela. Alguna vez él resolvió una situación incómoda de una niña, quien, días después reincidió en el hecho. El profesor le dijo que sentía defraudado, algo que sentimos a lo largo de los años en nuestra labor. Y vean ustedes, esa palabrita fue suficiente para que una señora fuera a la institución y le bufara al docente que la tenía sin cuidado si estaba defraudado, que él era un simple profesor, un don nadie que no vestía ni alimentaba a su hija. Esta situación me permite pensar que a los maestros nos toca responder por lo que aquella señora no hizo: criar en valores a su querida hija, porque, si lo hubiera hecho, mi colega no hubiese lidiado con tremendas consecuencias.

¿Culpables de este fracaso? Todos en cierta medida. Algunas directivas se preocupan más por el porcentaje de aprobación de los chicos al final del año que por el aprendizaje real durante el proceso lectivo. A los rectores los miden por el porcentaje de promoción, por indicadores de permanencia, por estadísticas favorables, y claro, exigen en las comisiones de evaluación y promoción, a través de los coordinadores, dádivas para pelados que no hicieron nada pero que, por fines económicos, ellos no pueden darse el lujo de pasar informes con altos porcentajes de reprobación. De hecho, hay directivas tan ingenuas que profesan que si el niño cumple en noviembre leyendo un párrafo ya alcanzó la competencia lectora y debe promoverse, como si leer fuera solo deletrear palabras. Se nota que esta pobre información sobre las competencias la extrajeron de un meme de Facebook, mas nunca han escudriñado a profundidad la obra de Freire, la de Luri o la de Ianfrancesco, quienes arguyen que los estudiantes no deben alcanzar competencias, sino ser competitivos en su campo de acción para mejorar en un mundo que avanza de manera vertiginosa.

Qué cruel es la tarea del docente cuando debe hacer negociaciones administrativas con las directivas, pues nos exigen evidencias, diligenciar formatos, justificar resultados y demostrar que, como magos aún mejores que Houdini, hicimos todo lo posible para que nadie reprobara. Sin contar que, de acuerdo con el Sistema Institucional de Evaluación de los Estudiantes (SIEE), período tras período los chicos tienen derecho a presentar actividades de recuperación; añadan, por favor, que en noviembre la escuela debe garantizarles dos semanas más y que en enero del siguiente año, después de tantísimas opciones, pueden solicitar, vía derecho de petición, que los docentes vuelvan a programarles ejercicios para no perder el año que ya pasó. Y si la pérdida continúa, aún les queda, durante el primer período y bajo algunas condiciones ya establecidas en el Manual de Convivencia, solicitar promoción anticipada al grado en el que debían estar. ¡Y luego salen a gritar como briceños que es culpa nuestra la vagancia y la alcahuetería cuando las normas las hacen ellos, quienes no saben ni jota de educar!

En lugar de pedir imposibles pedagógicos, las directivas y las familias deberían disponerse a reconocer que aprender requiere más de la voluntad del estudiante. No todas las directivas y acudientes actúan así, desde luego. Sin embargo, cuando se mira el proceso educativo como un dato porcentual y la escuela como un lugar en que si voy y reclamo mi muchacho gana, todo colegio corre un riesgo deprimente: convertirse en una fábrica de apariencias, de muñecos que, como en la canción de Pink Floyd, Another Brick in the Wall[1], van todos hacia el despeñadero de la ignorancia, a aplaudir políticos cafres malagradecidos que prometen menos impuestos y, una vez electos, hasta gravan el café en un país más cafetero que cocalero. ¡El chiste se cuenta solo y somos el hazmerreír del planeta entero!

Absolver al Estado es imposible. Demasiado fácil es exigir calidad desde una oficina mientras están pensando en cómo robarse el país. Es más, ministros y secretarios, e incluso los sindicatos del magisterio, que se han vuelto más papistas que el Papa y que obran como un pequeño Congreso (con triquiñuelas y maniobras dudosas), desconocen que los docentes trabajamos con grupos numerosos y comunidades golpeadas por la desigualdad, la violencia, el narcotráfico, el sicariato. Como Fer, un chico hincha de La Furia Matecaña a quien asesinaron a unas cuadras del colegio después de haber hallado una oportunidad en los malos pasos y no en las buenas sendas que podría recibir en la escuela. Recuerdo a su madre diciéndome entre lágrimas que en su casa mandaba él y no ella ni su esposo; le dejaron coger ventaja al síndrome del emperador. Esta situación no sucedía conmigo aunque llevara el “látigo”, un 38 largo con el que pensaba sería inmortal. Y no pasaba en mi clase porque supe echármelo al bolsillo poniéndole tareas sobre el Deportivo Pereira.

Cuando señalo a todos los estamentos que nos encargamos de educar no pretendo repartir las culpas por partes iguales. El Estado tiene obligaciones que la familia es incapaz de asumir; asimismo, las familias tienen deberes que ningún profesor puede adjudicarse; los maestros, de hecho, tenemos que cumplir con el deber de enseñar para una vida ética, pues es más importante para la sociedad una persona sensata que un genio indolente. El problema de la escuela se manifiesta cuando cada quien utiliza las fallas del otro como pretexto para abandonar y justificar las propias.

En el fondo, la crisis que describo (y que podría extenderme muchísimo más y que no son casos aislados, sólo ejemplos para respaldar lo escrito) no es exclusivamente escolar; es, y debo decirlo con franqueza, el retrato de una Colombia hundida en la desesperanza, en la ignorancia de un pueblo que enriquece a unos y empobrece a otros, a los más pobres. ¡La paradoja se cuenta sola! Pero así somos: seres ingenuos que siempre ponemos el error propio en la espalda ajena.

Vivimos en un país patas arriba donde casi siempre aplaudimos al que consigue resultados sin el más mínimo esfuerzo, al que encuentra el truco ventajoso, al que evade la norma y al que logra que otro se responsabilice de sus equivocaciones. Después se escandalizan al descubrir esas mismas conductas en nuestros estudiantes y entonces aparece el culpable, el profesor que no corrige al niño las enseñanzas aprendidas en la casa o en la calle. Como Gómez, un niño de 3.° de primaria que defendía a su hermano de grado 7.° con una navaja patecabra cada vez que algún compañero lo molestaba. Esa vez le pregunté que qué hacía con esa arma. Pa’ puntiar al que chimbié, cucho, me dijo muy resuelto. Luego, en coordinación, confesó que su padre se la había obsequiado para que se defendiera de los demás. Cuando fue mi alumno, le dije a Gómez que trajera la punta. ¿A quién hay que dañar, cucho?, preguntó muy serio. Le enseñé a tallar madera con su navaja y poco a poco le demostré que el arte es mejor que la sangre derramada en un problema, muchas veces tonto.

En este tramo del escrito me aquejan varias preguntas sinceras: ¿cómo enseñar honestidad en una sociedad que suele celebrar la trampa como si fuera una conducta altamente inteligente? ¿Cómo exigir responsabilidad cuando los adultos vivimos señalando culpables a otros que ni siquiera saben qué sucedió? ¿Cómo desarrollar pensamiento crítico si desde pequeños les damos la razón a nuestros hijos aunque no tengan ni pizca de razón? ¿Cómo cambiar para mejorar si a todos se nos llena la boca de espuma al gritar que somos así, que genio y figura hasta la sepultura?

Quizá, por todas estas situaciones, necesitamos repensar una verdad incómoda: educar no consiste en complacer. Formar a un niño también es contrariarlo, ponerle límites, exigirle deberes, confrontarlo y enseñarle a soportar la frustración con carácter para que aprenda a diseñar planes de mejoramiento y maneras alternativas de afrontar el mundo hostil en el que vive; sólo así podremos plantarle cara al fracaso inminente de muchos jóvenes que, luego de egresarse del colegio, no saben qué hacer con su vida.

Llevar a cabo estas cosas no implica regresar a la escuela del miedo, del castigo y de la obediencia militar; se trata, más bien, de construir una institución donde el respeto no sea sumisión, donde la comprensión no sea alcahuetería y donde la libertad no se confunda con irresponsabilidad. Equivocarse, por supuesto, es una buena oportunidad para aprender, por eso la escuela del siglo XXI no puede negarse a corregir lo que está mal hecho y el estudiante debe asumir las consecuencias de sus actos. Y no estoy sugiriendo que se anule al joven para creerle rotundamente al maestro; es todo lo contrario: hoy, más que nunca, es determinante apelar a la corresponsabilidad con el propósito de que el niño que se forma se sienta acompañado por la familia, por las directivas y por los docentes, pero sin esa horrible necesidad de encubrirle los desaciertos.

La verdadera educación no evita que el alumno fracase alguna vez; su verdadera función es brindarle las herramientas suficientes para que aprenda a levantarse con más fuerza, sin tener que culpar siempre a los demás de sus raspaduras por zancadillazos inexistentes. Incluso, la escuela y ningún profesor deben garantizar que todos los educandos reciban una nota aprobatoria; la garantía es otra: propiciar condiciones dignas para que todos adquieran los conocimientos necesarios con los que transformarán el mundo en que conviven. Educar, pues, no consiste en fabricar estudiantes felices al precio de la mediocridad, sino en formar seres humanos capaces de pensar, sentir, contraargumentar y hacerse responsables de sus propias decisiones.

En el fondo, desconozco si la educación colombiana está fracasando solamente porque muchos educandos no aprenden y reprueban el año. Tal vez el fracaso sea aún mayor porque, entre todos, estamos enseñándoles a nuestros alumnos una lección mucho más peligrosa: que siempre habrá alguien a quien responsabilizar de sus propios errores, que siempre habrá alguien que los rescate del naufragio y les resuelva el problema en que ellos mismos se metieron. Como esa señora que una vez le gritó a una profesora “negra remalparida” porque su hija había perdido 200 pesos para las fotocopias. La docente, avergonzada, entregó el material de trabajo. Semanas después, esa misma niña envolató un lápiz y lo pidió de la misma manera que su decente madre lo hizo en aquella ocasión. Y el problema no son los 200 pesos o el objeto perdido, sino la responsabilidad que debemos tener sobre nuestras pertenencias y las formas adecuadas a través de las cuales hacemos una solicitud.

Vale la pena preguntarnos: ¿qué estamos formando realmente? ¿Seres humanos capaces de transformar una sociedad injusta o individuos agresivos y deshumanizados que exigirán a otros que les resuelvan la vida? ¿Qué tanta responsabilidad tendremos del fracaso de nuestros hijos cuando sean adultos incapaces?

Mañana, si queremos, los profesores tenemos la facultad de modificar una nota, de hacer evaluaciones en exceso fáciles, de aprobar a un chico para no meternos en problemas, de maquillar una calificación y entregar un diploma inmerecido. Podemos, desde luego, convencer a una familia de que su hijo es el verraco de Guacas y que triunfará en la vida cuando en realidad no sabe ni leer ni sumar ni restar, como una chica de nombre literario que cursaba grado 8.° conmigo y cada vez que yo dictaba algo ella se quedaba paralizada. Descubrí, lamentablemente, que todavía no sabía escribir ni leer. No dejé de cavilar cómo había llegado hasta allí. Al terminar el año leía como si estuviera cursando 3.° de primaria. Antes de irse me agradeció por reservar su problema, por enseñarle a leer y me prometió que en el otro colegio sería diferente. Me confesó, además, que ella era consciente de que la furia de su padre intimidaba a las profesoras para que la pasaran al siguiente grado. ¡El daño ya estaba hecho!

Insisto en que para educar no basta con reclamar, justificar o señalar culpables. Tampoco es el objetivo de este escrito. Una sociedad fracasa cuando los adultos dejan de formar a sus hijos a nivel ético, cuando las instituciones escolares no exigen lo suficiente y cuando los jóvenes aprenden que la responsabilidad de ellos siempre será el problema de los demás. Y en el fondo tienen razón: ¿para qué estresarse si otros pueden remediarlo por mí? ¡Ni tontos que fueran!, comentan muchos de ellos sin saber que entre todos no los estamos volviendo tontos, sino zánganos y retontísimos.

Pero lo verdaderamente terrible no es que muchos alumnos pierdan asignaturas y reprueben el año; lo verdaderamente terrible es que estamos formando y educando generaciones incapaces de reconocer que están malgastando el rumbo y la posibilidad de ser grandes ingenieros, abogados, médicos, músicos, escritores. Y aquí recuerdo esa vez que, vigilando el descanso, un par de niñas se secreteaban y la una le susurraba a la otra que prefería volverse webcam o enmozarse con el duro del barrio para conseguir mucha plata rapidito y ponerse unas tetas y un culo bien cucas que la hicieran ver como toda una diva; que prefería eso, enfatizó, antes que ir a la universidad como el estúpido del Wilmar les recomendaba en cada una de sus clases. Se sorprendieron al advertir mi presencia; sonreí, me hice el desentendido y pensé guachemente le daría dos lucas y era mucho. Después de esta escena, volví a mi salón cavilando que ningún país construirá un futuro digno con ciudadanos a quienes les enseñó que todo se les debe, pero que ellos no le deben nada a nadie, ni siquiera a ellos mismos.

Por: Wilmar Ospina Mondragón

Escritor y profesor: Institución Educativa Ciudad Boquía

Universidad Tecnológica de Pereira

Universidad Católica de Pereira


[1] https://www.youtube.com/watch?v=JjoLEXz8FkU&list=RDJjoLEXz8FkU&start_radio=1

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