¿BAILAMOS?

Historia de un libro…

Consuelo Gómez Alvira

Dediqué varios años del pasado siglo a investigar la historia de mi familia materna en Colombia. Fue una tarea apasionante que me llevó a buscar a los descendientes de un español, Pablo de Alvira, quien llegó a tierras huilenses hace 270 años, y de quien proviene en línea directa mi madre.

Busqué, escudriñé, entrevisté, leí documentos y testimonios, viajé a pueblos recónditos, visité cementerios, notarías, parroquias. Conseguí historias y fotografías antiguas, hablé con los más ancianos y me metí de cabeza en sus baúles del recuerdo, donde encontré cosas sorprendentes. Debo aclarar que todo lo hice sin ayuda de celulares, ni del internet, pues no existían aún.  

La investigación me permitió descubrir numerosas historias familiares. Como anécdota ilustrativa, traigo a colación un caso muy cercano que se refiere a un hermano de mi madre, quien formó parte de esa oleada de colonos que llegaron a los llanos y la Amazonía a mediados del siglo pasado. Fue el fundador de Puerto Alvira, un pequeño pueblo del municipio de Mapiripan, en el Meta.

En 1963, Gilberto Alvira llegó a esa zona selvática del Meta y se estableció en la ribera del río Guaviare, en terrenos de la hacienda Mapiripana. Tras lograr un acuerdo con los propietarios de la hacienda, se levantaron las primeras viviendas del caserío, que primero fue Puerto Guaviare y luego se llamó Puerto Alvira, en honor a su fundador. Una masacre ocurrida años después, lo obligó a abandonar el poblado, junto con su familia.

Quise averiguar si mi tío había dejado descendencia en ese poblado, así que fui a Telecom Pereira y pedí que me comunicaran con Telecom de Puerto Alvira. Al obtener la comunicación, pregunté a la operaria si allí residía alguien de apellido Alvira.  

Me confirmó que sí. Aceptó mi solicitud de buscar a alguien de esa familia y me pidió que la llamara más tarde. Cuando volví a llamar, me comunicó con María, una hija de mi tío, que se había quedado allí con su prole. Tuvimos una larga conversación. Ella me proporcionó la información sobre el resto de su familia, que pasó a formar parte de mi libro.

Como ésta, fueron muchas las historias que encontré a lo largo de mi investigación. Cada persona era como la punta de una madeja que, al desenrollarla, me llevaba a otros grupos familiares. Así, fui reconstruyendo la descendencia de mi antepasado Alvira en Colombia.

Logré construir un frondoso árbol genealógico y desarrollé una manera de graficar las conexiones a la que llamé Genealograma. Este trabajo obtuvo un reconocimiento de la Asociación Nacional de Genealogistas de Colombia.

PUBLICAR UN LIBRO

Una vez conseguida la información, tarea de muchos años, hube de organizarla en una historia familiar que fuera coherente, amena y comprensible, para después llevarla a un libro, que se convirtió en mi objetivo final.

Pero no fue tarea fácil publicar el libro. Contraté los servicios de una editorial de Pereira que me recomendaron y recibí con mucha alegría el primer libro impreso, era el resultado de años de esfuerzo y trabajo.

Pero la alegría duró poco. Comenzaron a llegarme los libros que la editorial entregaba por tandas y yo, con mi obsesivo perfeccionismo, me dediqué a revisarlos, libro por libro, página por página.

A medida que revisaba, iba encontrando errores e imperfecciones que me obligaban a devolver los libros, acompañados de sendas cartas en las que describía los errores encontrados. Estas cartas fueron firmadas como recibidas por el dueño de la Editorial.

Al cabo de muchos meses y después de devolver casi la mitad de los libros recibidos, decidí cancelar el contrato con la editorial, sin pagar los ejemplares que le había devuelto, y que el dueño de la Editorial había recibido.

Esa decisión me traería muchas sorpresas y malos ratos, pues el dueño de la editorial se disgustó mucho, tuvimos una fuerte discusión y terminamos de enemigos, tal era su enojo.

Yo creía que el asunto había quedado atrás, pero estaba muy equivocada.

LLEGARON LAS SORPRESAS

Días después, mientras caminaba por el parque El Lago, me encontré con algo que no podía creer: ¡Los libros que había devuelto, estaban tirados en un andén! Me acerqué a mirarlos incrédula. Un señor que los vendía, muy amablemente me pidió $5.000 por cada ejemplar.  

Pero la historia no terminó en el parque.

Otro día entré a la librería Roma a comprar un libro. Al hacer la compra, me anunciaron que me iban a obsequiar un libro. Acepté el amable ofrecimiento, y cuando vi que era mi libro el objeto de tan amable obsequio, no pude menos que sorprenderme. Por supuesto, ellos no sabían que yo era la autora.

Sin embargo, la sorpresa más desagradable estaba por llegar. Un abogado me llamó para anunciarme que había sido demandada por no pagar los libros que devolví a la Editorial.

Muy enojada, le mostré las cartas devolutorias de los libros con la firma de “recibidas” por el dueño de la editorial y aun así, el abogado insistía en hacer efectiva la demanda.

Demanda que llegó al juzgado donde expuse mis argumentos y mostré las mencionadas cartas. La jueza, al conocer las circunstancias y revisar las evidencias, desestimó la demanda y ésta no prosperó. El dueño de la editorial por supuesto, me odió aún más.

Pero mi proyecto no fracasó. Busqué una nueva editorial y finamente logré publicar mi libro, lo que constituyó motivo de gran alegría para mí. ¡Era el resultado de muchos años de trabajo y esfuerzo!

PASARON LOS AÑOS

Pasaron los años y el episodio quedó en el olvido.

Un día, una pareja de amigos muy queridos nos invitó a celebrar su aniversario de bodas. Al llegar a la fiesta, nos asignaron una mesa, advirtiendo que la compartiríamos con dos personas que, al igual que nosotros, gustaban de los libros.

Cuál no sería la sorpresa cuando vimos que uno de ellos, era el dueño de la olvidada editorial, con la que tantos disgustos había tenido. Lo reconocí inmediatamente.

Extrañamente, él no me reconoció. Nos sentamos y saludamos amablemente.

Comenzó la música, él hombre me miró y me pidió cortésmente que bailáramos.

No vi razón para rechazarlo, así que nos pusimos a bailar, aquellos ritmos tan tropicales de la época. Debo reconocer que el personaje bailaba bien.

Cuando estábamos bailando, de pronto me miró fijamente y me dijo:

  • No sé por qué, creo que te conozco, tu rostro me resulta familiar.

Yo le sonreí y seguí bailando, sin responder a su comentario, que obviamente, se quedó sin respuesta.

Consuelo Gómez Alvira

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