ANATOMÍA DEL FRACASO ESCOLAR

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Primera parte

Nunca ayudes a un niño en una tarea
en la que siente que puede tener éxito.
María Montessori

Educar al hombre siempre ha sido un problema. Pero hoy, ese problema raya con la irresponsabilidad. Y en esta ocasión no hablaré de las plantas físicas que se las come el moho, de los computadores obsoletos, de las bibliotecas inexistentes; tampoco de los pésimos resultados escolares tras la irrespetuosa costumbre que tienen los estudiantes de entregar los exámenes en blanco porque no estudiaron para la previa.

En este escrito tocaré un tema más silencioso, más perverso si quieren: todavía nos cuesta reconocer que hemos forjado por las malas una sociedad que exige educar a sus hijos; sin embargo, a excepción de los docentes (no todos desde luego), nadie está dispuesto a asumir el reto, la responsabilidad de formar bien al niño para no castigar al adulto, como dijo un gran filósofo por ahí.

Expongo a excepción de los maestros porque, en general, los colombianos inculpan al docente de todos los fracasos estudiantiles. Las directivas, por ejemplo, apelando a la voz de mando y no al rol de líder, que sería lo correcto, borran muchas veces de un brochazo en el escritorio lo que el profesor logró con tanto esfuerzo en el aula; mejor dicho: como casi nunca están en un salón sino tras la burocracia que les detenta el título de coordinador o rector, les importa un carajo el proceso desarrollado y ponen, por encima del educador, las mentiras constantes de los alumnos y los reclamos sin argumentos de los padres de familia. Luego, como si fuera un mal chiste, señalan al maestro por su falta de compromiso. ¡El cinismo a flor de piel!

Por otra parte, y este sí que es un error totalitario, al estudiante no se le puede exigir demasiado. Palabras como disciplina, respeto, responsabilidad, cumplimiento han desaparecido de la escuela a cambio de otras que se han fortalecido mucho más, como tranquilo, qué pesar, no hay lío, cuando quieras. Los argumentos para justificar las faltas de los estudiantes son múltiples y van desde las más extrañas hasta las más inverosímiles, como aquella vez en que varias madres me acusaron de enriquecimiento ilícito por ponerme de metido a conseguirles el libro más barato a sus hijos. ¡Me sentí como el patrón de la literatura!, un gánster que traficaba con eso que a ellos, los hijos de estas mamás, casi no les gustaba: las ideas.

Quizá, por eso, me denunciaron: porque les exigí leer, pensar, escribir bien un informe de lectura. Entonces vinieron a mi institución señoras que nunca había visto, porque sólo aparecen cuando hay algo que reclamar aunque no tenga sentido el reclamo. Una de ellas me dijo muy seria y en tono casi amenazante: “¿por qué saca las notas de la lectura de un libro?”. Quedé perplejo ante su inquietud y atiné a decirle que yo enseñaba Lengua Castellana, que cómo demonios iba preguntarle a su querida niña por las funciones trigonométricas o por la desalinización del agua marina. Insistió en que debía cambiar los talleres y los exámenes para su hija adorada. Lo más verraco es que días después la coordinadora me exigió, como si fuera la mandadera de esas mujeres irreverentes, que respondiera un derecho de petición interpuesto por las dignísimas damas en mención. ¡¿Adivinen si lo respondí?!

O esa otra ocasión en que una niña, camino de su casa, se fracturó por ir jodiendo con los demás compañeros y vino un tipo furioso a increparme porque no le enseñaba a su hija a comportarse en la calle. O la abuelita que un día me dijo, sin sonrojarse siquiera, que la diarrea de su nieto era culpa mía por ponerlo a leer sabiendo que a él, un perenjanito que la dominaba con un dedo y que metía bareta a diestra y siniestra, no le gustaban los libros. ¡Ah, pero para rascar la marihuana en la esquina del colegio sí lo hacía con todo el arte que exige armarse un calillo bien apretado! Seguramente, después de la traba, el lindo angelito sí deponía durito, como Dios manda.

La tragedia que sufre la educación, y que es un coletazo irremediable a lo largo de los siglos, es que hemos aprendido a juzgar a unos por las irresponsabilidades de otros. La renuncia para formar a estos chicos es colectiva y sólo queda buscar un culpable: se cayó el niño, culpa del maldito profesor, ¡demandémoslo!; perdió el examen (incluso yo leyéndoles el libro en el salón), culpa de ese hijueputa profesor, me voy para Secretaría de Educación a encochinarlo; se embarazaron a temprana edad, culpa de esa gordinflona de profesora que se la pasaba hablando de sexo, volviendo putos a los muchachos; se detectan rastros de consumo de sustancias alucinógenas en el baño de los alumnos, culpa del profesor de Español, con esa cara de chierrete malo malo tiene una olla montada en el salón. Porque así, con esos calificativos desobligantes, se refieren hacia nosotros la mayoría de las veces.

El maestro del siglo XXI se ha vuelto, lamentablemente, un todero: debe ser pedagogo, rellenador de formatos, cuidandero de descansos, psicólogo, trabajador social, mediador de conflictos, orientador familiar, policía, investigador, consejero, cura confesional, bombero, enfermero, Uber y hasta ingeniero o arquitecto patólogo, para que, con tres o cuatro patadas voladoras a un muro, dictamine si es habitable o no ese salón después del terremoto. De pronto, si queda algo de tiempo, podemos enseñar alguna cosita; y eso que dependemos del ánimo de los estudiantes, del sueño que tengan porque se acuestan tardísimo escroleando el teléfono y, lo peor aún, si dejan dar la clase y les interesa el tema, porque en esa horita de trabajo se va media hora en llamados de atención para que atiendan lo que uno desea explicarles. Y eso que a mí me copian, como dicen ellos, e intento hacer muy bien mi labor.

Ser maestro hoy implica motivar a quien no quiere aprender, comprender a quien no tiene intención de cumplir, recuperar a quien jamás trabajó y, por si fuera poco, justificar ante directivas y familias que desconocen el proceso del docente por qué fulanito, quien sólo fue a calentar silla durante diez meses, no alcanzó los aprendizajes esperados y reprobó el año. Escribo esto y recuerdo a esa coordinadora que, de manera muy sabihonda, me dijo detrás de la burocracia de su escritorio que debía cambiar de metodología, cuando era ella quien alcahueteaba la vagancia firmando excusas tontas como aquella de la diarrea del niño al que no le gustaban los libros, un pelotudo que se veía más demacrado que yo por el consumo y que la abuelita defendía a capa y espada, diciéndome que quitara ese odio de mi corazón por su nietecito.

Si el estudiante fracasa, la metodología del profesor falló; si no entrega trabajos con preguntas simples como esa que hice invitando a los pelados a describir cómo se verían a la edad de 30 años, dizque me faltó motivar la clase, fue el mensaje que recibí al WhatsApp; ¿qué creería esta mamá? ¿Que yo era el payaso Pim-Pim? Si un muchacho agrede a una niña, se quejan en la coordinación por la falta de acompañamiento, pero nunca dicen que en sus casas hay, en ocasiones, más violencia que en la calle. Y si el joven pierde el año porque no hizo nada, el docente es un remalparido que no sabe de pedagogía y que jamás descubrió las virtudes e inteligencia de sus muchachitos, como esa acudiente que me insultó porque su hija tenía el talento del maquillaje y ella no la dejaba salir ni a la esquina; mejor dicho, un pan de Dios. Aquella madre ingenua no sabía que esa misma chica gritaba a los cuatro vientos que asistía al colegio para levantarse los “fletecitos”; de hecho, expresó muy segura que tenía novio, amante, mozo, amigo con derechos, amigovio, parchecito y que lo que cayera al plato, ¡ñau! ¡Ni Petro ni yo en nuestros mejores momentos les digo pues! Sin embargo, fui culpable por la reprobación de su año escolar. Que tuviera varias parejas no era el problema, el problema es que nunca respondió responsablemente por sus estudios.

Educar en la actualidad es una tarea compleja y, debido a mi experiencia, puedo concluir algo sencillo pero absurdo a la vez: el estudiante sí puede renunciar a sus obligaciones y se le justifica la vagancia; no obstante, el maestro jamás puede dejar de responder por esas obligaciones que no son suyas. ¡Por poco y nos exigen que estudiemos por ellos, que les hagamos las verriondas tareas! Y aunque parezca inverosímil, sucede. Recuerdo la vez que puse a leer El diablo de la botella y una señora, evangélica ella, fue y me dijo que leyera yo ese hijuetantas libro (fue la palabra que utilizó); que si me daba la gana respondiera las preguntas del taller porque su hijo, un atarván que se sacaba un dedo por la bragueta del pantalón simulando un pene con el que punteaba el trasero de las niñas, no podía invocar a Satanás al leer semejante barbaridad porque en la iglesia se lo tenían prohibido. ¡El Diablo haciendo hostias! 

A propósito, ni me estoy quejando ni mucho menos intento santificar al profesorado. Hay maestros mediocres, autoritarios, desactualizados e indiferentes con el sufrimiento de sus estudiantes, como aquel que en cierta ocasión dijo en Comisión de Evaluación que esa niña perdía el año porque la chica se la pasaba pegada del celular. ¡Y él no se quedaba atrás! Viendo viejas empelota, dijeron sus estudiantes. O ese otro al que los muchachos cogían de valija y, cada vez que les daba la gana, le impedían ingresar al salón para dar la clase. O aquella docente que, cansada de voltear con sus hijos, un par de mamones más grandes que ella, le quitaban todas las energías para laborar, entonces, cuando menos pensaban los chicos, estaba cabeceando en el escritorio, y esos jóvenes, para gozársela, por cada cabeceada le gritaban al unísono: ¡golazo, profe! ¡De palomita! Iracunda los reprendía porque no la dejaban dormir tranquila.

Sin embargo, una cosa es exigir ética profesional y otra muy diferente transformar al docente en el basurero moral de un país que en lugar de asumir con criterio sus incapacidades se las responsabiliza al más pendejo, o sea al maestro, porque los colombianos sí viven felices con esos politicuchos que los roban de frente. ¡Hasta los aplauden! ¡Ah, pero a nosotros no nos bajan de hijueputas perezosos! ¡Vagos de mierda que sólo quieren más plata!, puede leerse en los muros digitales de las redes sociales. Y sí, es cierto que hay unos vagos, como esos que jamás salen a reclamar sus derechos y se quedan en el colegio rascándose las pelotas y rajando de los que vamos a una manifestación, llamándonos, contradictoriamente, vagos a nosotros. No sé cómo hacen para educar si ni siquiera son capaces de defender sus propios derechos. ¡Ojalá lean, al menos, a Julián de Zubiría! ¡Pedirles que lean a Bell Hoooks ya es demasiado!

Ningún maestro, por brillante que sea, aprende por otro. Seguramente enseña a leer, a sumar, a restar, a usar los signos de puntuación, a hablar mejor; sin embargo, será absurdo que preste su cerebro para que el alumno entienda el tema desarrollado. Los profesores preguntamos con el ánimo de despertar la curiosidad, mas no podemos obligar a ningún joven a responder esas inquietudes que desarrollan la inteligencia y el pensamiento complejo. Lo explicaré de este modo: los docentes abrimos las puertas del conocimiento, aun así nos es imposible obligar al educando que, respaldado por la familia y algunas directivas que les alcahuetean todo, ha decidido hacer de la indiferencia y la pereza su proyecto de vida. Como el Mono, un exalumno que me encontré hace unos días y, al preguntarle a qué se dedicaba, me respondió muy tranquilo que en el hotel mamá, que eso era lo más chimba: comidita, dormida hasta tarde, servicios y techo seguro. No les miento si les aseguro que el hombre está rondando los treinta y pico de años.

Lo descrito, por bizarro que les parezca, trae uno de los mayores problemas escolares: confundimos inclusión con permisividad, comprensión con justificación y derechos con ausencia de consecuencias. Hoy, es difícil exigir una lectura, reclamar por una tarea mal hecha o pedir cumplimiento porque de inmediato acuden los padres a interponer quejas en las que manifiestan que se agredió la sensibilidad de sus hijos por solicitarles que sean más responsables. En otras palabras: exigir en la escuela, según muchas personas, es ridiculizar al niño. ¡Qué errados están!

Es importante reconocer, por supuesto, que en nuestras aulas hay jóvenes atravesados por la pobreza, la violencia, el abandono y las heridas psicoemocionales que procura su propia familia o el medio en que viven. Desconocer esas realidades sería una brutalidad pedagógica. No obstante, deberíamos considerar que excusar al estudiante a pesar de dichos problemas es otra forma de revictimizarlo, pues convencer a alguien de que no es capaz de responder por sus propias responsabilidades también es violentarlo, hacerlo un inútil. Como esa niña de grado 11.° que, influenciada por las redes sociales, quería tener el cuerpo perfecto y dejó de comer, se volvió anoréxica por decisión propia y nosotros, presionados por las docentes de apoyo, teníamos que adecuar el currículo a su falta de apetencia a través del Plan Individual de Ajustes Razonables (PIAR). Me opuse rotundamente no por rebelde, sino porque no deseaba revictimizar a mi alumna. Hoy vive en otro país y de vez en cuando me agradece por lo que hice por ella.

Para mí, por supuesto, la escuela moderna es tan excluyente que, apelando a la inclusión, renuncia a enseñar, a desarrollar el carácter y el pensamiento crítico de estos niños y de todo un país. La situación es simple de entender: cuando al estudiante pobre se le exige menos debido a sus afugias económicas, cuando a aquel que tiene dificultades se le regala una nota y cuando al joven que no aprende porque no quiere se le entrega un diploma para no afectar los indicadores institucionales, no estamos democratizando el conocimiento; estamos esclavizando, más bien, al hombre del futuro bajo la maligna sombra de la ignorancia.

Educar en la actualidad consiste en graduar muchachos que ni siquiera saben escribir sus nombres; de hecho, se entregan diplomas en ceremonias ostentosas donde el analfabetismo se viste con el traje oficial de la compasión. Ganan el año por pesar, por lástima. ¡Vergüenza debería darnos a todos! Y esa compasión, en apariencia humanitaria, es la peor manera de despreciar a alguien de forma elegante, de decirle que no nos interesa su futuro. ¡Como Poncio Pilatos nos lavamos las manos y es el joven quien no sabe qué hacer cuando sale a un mundo hostil que no da tregua!

Con este sistema y con estas maneras censurables de actuar por parte del Estado, de la familia, de algunos directivos y docentes, sólo logramos algo nefasto: en primer lugar, desmotivar al educando que sí desea prepararse para ser competitivo; en segunda instancia, volver un fracasado al alumno vulnerable porque, al regalarle un año, lo único que formamos es una persona desinteresada de sí misma y de las oportunidades que debe buscar para luchar, con argumentos y criterio, por ellas. Después salen todos a hablar de igualdad sin advertir que convertimos la desigualdad en una práctica pedagógica que enseña a la gente a rebuscarse la vida de una manera fácil cuando en realidad jamás será así…

Por: Wilmar Ospina Mondragón

Escritor y profesor: Institución Educativa Ciudad Boquía

Universidad Tecnológica de Pereira

Universidad Católica de Pereira

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