No podría explicar qué es lo que siento cuando escucho a alguien decir: “Es que si el/ella, sabe qué me molesta, disgusta o indispone ¿por qué lo hace?”. Lo identifico como esa persona que quiere que el mundo gire a su alrededor, que todos los demás deben cambiar su forma de comportarse para que esté en armonía, equilibrio y feliz. Una de las respuestas que me doy, es que, por haberme metido en la lectura e investigación de temas sobre violencia intrafamiliar, me he vuelto más sensible. Al escuchar, veo banderitas rojas con más facilidad.
Como esta frase seguía navegando en mi cabeza, me metí a la biblioteca que tenía en ese momento a mi alcance, la IA, para lo cual solo necesito de un poco de tiempo y un celular sencillo que se pueda conectar a las redes. El ratito me ocupó toda la tarde porque cada que leía, aparecían nuevos estudios e investigaciones sobre este tema, al parecer tan simple. Logré confirmar lo que me estaba cargando de curiosidad, no es una frase común, sin profundidad. Sí genera violencia intrafamiliar y sí hace parte de la violencia psicológica y simbólica, ya tratada en estas columnas.
A veces decimos o escuchamos frases fuertes como aquella que da uno de los miembros de la pareja al otro, que después de un grito, ante el reclamo del receptor con ¿por qué me gritas?, responde sin sonrojarse: “yo hablo así, deja de ser tan sensible, eres tú quien hace que te grite, deja de ser tan salamera”. Aquí claramente el contenido es “No soy yo, eres tú quien hace que me comporte de esta manera”
Pero siguiendo con la frase inicial, la cual esconde mecanismos de control, manipulación y asimetría de poder.
Si sabe qué es lo que me molesta, ¿para qué lo hace? Es un indicador claro de violencia psicológica y de un patrón de control y coerción dentro de la pareja.
Esta expresión encubre varios mecanismos de manipulación y distorsión de la realidad, a tal punto que el cónyuge que pronuncia esta frase, no se hace responsable de sus propias frustraciones o reacciones. Es aquel progenitor que le dice a sus hijos, no hagas esto o aquello porque me pongo bravo o me pongo triste. Los menores aprenden a manipular de esta forma y a no hacerse responsable de sus propias emociones sino culpar al otro que, de víctima, pasa a ser victimario con el paso del tiempo.
Con su actitud y reclamo, traslada el origen de su malestar o enojo al comportamiento de la otra persona, considerándola “culpable” de que él o ella pierda el control. No sabe o no acepta que la ira y la violencia son elecciones y respuestas propias, no una consecuencia automática de los actos ajenos.
Denota inmadurez e irresponsabilidad emocional. Lleva a la pareja a una hipervigilancia, algo así como ponerla a caminar sobre cáscaras de huevo, obligando a la víctima a monitorear constantemente cada palabra, gesto o acción para no activar el enojo en el agresor generando un estado de ansiedad crónica. La esposa/o deja de actuar con naturalidad porque primero debe mirar con qué genio amaneció el otro, pues, vive con el temor permanente de “provocar una reacción violenta (verbal, emocional o física), lo que disminuye su libertad y espontaneidad.
Como consecuencia de lo anterior, se presenta la negación de la autonomía del otro miembro de la pareja, pues asume que cada acción del otro tiene una intención directa y maliciosa, “lo hace para molestarme”, en lugar de ver al otro como un individuo con sus propias necesidades, opiniones y distracciones despojando a la víctima de su individualidad; mirándolo así, cualquier diferencia de criterio, error o respuesta negativa o desacuerdo cotidiano, se interpreta como una ofensa personal deliberada o mal intencionado. La víctima debe girar alrededor de su victimario, como un satélite.
Al invertirse los roles, pasan de gastlighting, (es una forma de abuso psicológico y manipulación emocional, en la que una persona hace que otra, dude de su propia percepción de la realidad, de su memoria, de sus sentimientos y de su cordura), al chantaje emocional, haciendo sentir a la víctima como quien provocó la agresión, fortaleciendo la frase “no soy yo, eres tú”.
El éxito esperado es que la víctima reconozca su culpabilidad y pida perdón porque queda convencida que hizo algo malo, algo que molestó a su compañero/a, el ciclo de poder y de dominio del agresor se refuerza, debilitando la autoestima y la claridad mental de quien recibe el reproche. Frases como, mejor le pido perdón para que no se disguste más, así la culpa sea de él/ella, se muestran la enfermedad de esa familia.
En una relación sana los desacuerdos se comunican a través de la asertividad y la autorregulación emocional, sin utilizar la intimidación, manipulación, amenazas ni culpar al otro por sus propias reacciones.
En Colombia existe la línea 155 o la línea púrpura, a la cual puede llamar quien esté viviendo una situación de violencia o maltrato emocional dentro de su hogar o sitio de trabajo.
Conoces a alguien que repite “es que si saben qué me molesta ¿por qué lo hacen?
Compártele este escrito, tal vez no sepa que es un agresor emocional o manipulador. Y si es tu pareja quien te lo dice, estás frente a una bandera roja de violencia psicológica que no puedes ignorar. No es una simple frase que deba pasar desapercibida. Ponle cuidado a cómo ha cambiado tu vida y tu comportamiento desde que compartes tu vida con esa persona. Tal vez, es el momento de iniciar terapia psicológica para que recuperes tu propia identidad
Analiza y comparte, no es solamente una frase cotidiana a la cual no le debemos “parar bolas”
Por: Olga Cecilia Trejos Buriticá


