Crecí con mis abuelos maternos en el campo y vi a los vecinos organizar convites para resolver toda suerte de dificultades y, de paso, hacer más amable la vida de quienes habitaban la vereda: limpiar cunetas, tender puentes, reparar escuelas, construir canchas de fútbol, levantar puestos de salud. Al final de la jornada, exhaustos y dichosos, se recompensaban con un gran sancocho acompañado de muchas botellas de cerveza y el descorche de unas cuantas botellas de aguardiente, mientras en los radios Sanyo sonaban canciones de Los Trovadores de Cuyo que hablaban de amores perdidos, como casi todos.
El convite, esa hermosa palabra que sugiere un llamado, una invitación a sumar fuerzas, a hacerse partícipe de las urgencias y expectativas de la comunidad, se transformó en las áreas urbanas en poderosa herramienta para resolver las demandas de una población a la que el Estado tardaba mucho en llegar o no llegaba nunca.
Convidar es entonces la posibilidad de hacerse uno con los otros.
Fueron los convites los que, en principio, impulsaron la construcción de esas barriadas de las ciudades, adonde llegaron los campesinos expulsados por las violencias o en procura de mejores condiciones de vida para sus familias. Una vez construidas las casas de ladrillo o bahareque aparecían otras necesidades: salud, educación, cultos religiosos, recreación, transportes.
Así se levantaron hospitales, iglesias, escuelas, calles, puentes, parques. Por eso, el convite es parte de un patrimonio social y cultural que aflora cuando más se lo necesita, como en estos días posteriores al terremoto del lunes 10 de agosto que devastó buena parte del Eje Cafetero y el Chocó, así como de la región vecina del Valle del Cauca.

Amo caminar la ciudad, contemplar sus fachadas, detenerme en una tienda donde los parroquianos juegan parqués o dominó, escuchar el vocerío de los vendedores de frutas, gozar viendo a los niños jugar al fútbol en una cancha de tierra. En fin, disfrutar de esa fuente inagotable de donde mana la vida.
Por eso resulta doblemente doloroso recorrer las calles de Pereira por estos días. El local donde funcionó un viejo teatro en el que vimos películas inolvidables se vino abajo dejando una estela de polvo y escombros. El café que convocaba a contertulios apasionados del fútbol, la política y las muchachas bonitas es un montón de ruinas. El puesto donde compraba Nuevo Estadio, El Espectador y revistas porno fue sepultado por un alud de cemento y ladrillos. El edificio de cultura de Comfamiliar Risaralda, la empresa que me acoge desde hace muchos años, se ve gravemente herido y no podemos entrar. Para completar el cuadro, un vigilante me dice que doña Maruja, la señora que deleitaba a la concurrencia con sus empanadas memorables fue trasladada de urgencias a una clínica y nada se sabe de ella. Entre tanto, un enjambre de curiosos- turistas del desastre- toma fotografías y videos con sus teléfonos digitales y los reparte por el mundo. En los rostros de todos habitan la angustia y la incertidumbre. Por ahora somos un desfile de zombies del que forman parte decenas de perros y gatos que huyeron espantados y ahora buscan a sus tutores.
Por ahora… porque del otro lado avanza un desfile de muchachos armados con picos, palas, martillos, mazas, varillas de hierro y cualquier cosa capaz de partir un bloque de cemento, horadar un montón de ladrillos y mover ventanales retorcidos hasta dar con alguna persona o un animal que se debaten entre las ruinas. Esos muchachos son algo así como una legión de la esperanza.

Tatiana es parte de esa legión. Estudia Ciencias del Deporte en la Universidad Tecnológica de Pereira. En su rostro moreno resaltan unas ojeras violeta: va a completar tres días con sus noches patrullando las calles en compañía de dos amigos de nombres bíblicos: Felipe y Santiago. Llevan sus morrales repletos de botellines de agua y comida. Con sus teléfonos alumbran cada grieta, cada resquicio, los oídos atentos a un gemido, un gruñido, cualquier señal de vida entre los escombros. Hasta ahora han conseguido ubicar a tres personas, dos perros y cuatro gatos con vida : más que suficiente para seguir en la brega.

Tatiana y sus amigos no conocían el significado de la palabra convite, tan cara a la vida de sus mayores. Poco importa: sin saberlo han rescatado su espíritu, el sentido de compasión y solidaridad que alienta en esas siete letras. Ese ha sido su motor durante estos días de ansiedad. Se notan fatigados pero dicen que no piensan parar por ahora. “ Somos jóvenes, tenemos energías y vamos a ponerlas al servicio de quienes nos necesitan” dicen , casi en coro, a modo de declaración de principios.
Después de hablar con ellos y sentir su despliegue de energía y buena voluntad uno siente que la calamidad duele menos “ A pesar de todo”, como en el poema de María Elena Walsh.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:



Excelente tu nota. Es un deleite leerte aún en estas circunstancias.