En el deporte de alto nivel, la disciplina, el trabajo silencioso y la gallardía suelen imponerse al ruido de los pronósticos. Y cuando eso ocurre, el resultado merece reconocimiento, incluso de quienes no celebran la victoria.
Argentina llegó a la gran final respaldada por una historia formidable, figuras de primer nivel y pergaminos que pesaban más que cualquier equipaje. Pero se encontró con una selección española decidida a rendir el mejor homenaje posible al fútbol: jugar bien… y quedarse con el trofeo.
Tras noventa minutos de análisis futbolístico, quedó demostrado que, cuando España tiene la pelota, suele encontrar también el camino al gol.
La Furia Roja recordó que este deporte no vive de recuerdos, por gloriosos que sean, sino de realidades. Y la realidad fue contundente: un equipo sólido, disciplinado y eficaz, capaz de conquistar el título mundial con autoridad y mérito.
Toda nuestra solidaridad con los amigos gauchos. Sabemos que no es fácil pasar, en cuestión de horas, de ensayar el discurso de campeón a revisar repeticiones, interpretar señales cósmicas y examinar cada decisión arbitral con lupa de precisión científica.
Mientras tanto, España celebra como suelen hacerlo los campeones cuando la alegría desborda cualquier manual de moderación: a lo grande, con entusiasmo, orgullo y la copa bajo el brazo.
¡Salud por España!
Y un abrazo para Argentina, que sigue siendo una potencia futbolística y una referencia obligada del deporte mundial.
Porque las derrotas dignas también engrandecen el fútbol, mientras que las excusas, las sospechas infundadas y el juego sucio solo terminan jugando en contra de quienes las promueven.
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* Periodista y corrector de estilo.
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