CAERÁ INVICO

OpiniónCiudadCAERÁ INVICO

Hay noticias que traspasan el alma con la frialdad de un puñal y dejan una marca imborrable en la memoria colectiva de un pueblo. La expedición de la Resolución No. 008028 del 9 de octubre de 2026, mediante la cual la Administración Municipal de Pereira declaró el estado de ruina y decretó la demolición total del Edificio Invico, pertenece a esa estirpe de decisiones difíciles pero inevitables. No asistimos simplemente al anuncio del derribo de una mole de quince pisos de concreto y acero; contemplamos el derrumbe de una parte viva de nuestra historia, de nuestra identidad y del símbolo arquitectónico que acompañó el crecimiento de varias generaciones de pereiranos.

Tras la declaratoria de calamidad pública municipal y la posterior declaratoria de desastre de carácter nacional con motivo del terremoto del 10 de agosto de 2026, el Consejo Municipal de Gestión del Riesgo de Desastres aprobó el listado de cuarenta edificaciones marcadas para la demolición. Sin embargo, entre todos los predios afectados, el Invico encarna la pérdida más simbólica. Erigido en un corazón vibrante, poblado y estratégico de la ciudad, este inmueble representó a inicios de la década de 1970 el gran salto de Pereira hacia la modernidad urbana. Su silueta ha sido durante más de medio siglo el testimonio visual de la pujanza del “viejo hidalgo” que transformó su capa en ruana, como evocaba en su bambuco el poeta Luis Carlos González para resaltar la pujanza de sus paisanos.

El llanto que hoy recorre las calles de Pereira nace del dolor directo y humano de quienes ven destruido el hogar y el patrimonio de toda una vida. 

No obstante, en medio del duelo estrujante que paraliza el pecho de la ciudad, la razón técnica y la responsabilidad pública se imponen de manera impostergable. Los rigurosos diagnósticos revelaron la gravedad irrecuperable del inmueble. Frente a una estructura calificada categóricamente como no habitable y sometida a un riesgo de colapso crítico, los organismos técnicos y las autoridades gubernamentales deben obrar con máxima celeridad en la ejecución de la demolición decretada.

A pesar del sufrimiento amargo que produce presenciar la destrucción de un ícono urbano, la rapidez en el procedimiento es la única garantía para evitar una catástrofe de proporciones incalculables. Mantener en pie una edificación de quince niveles en estado de ruina inminente equivale a convivir con una amenaza letal. Un colapso intempestivo o descontrolado provocaría una tragedia inconmensurable, aplastando predios colindantes, poniendo en riesgo la vida de transeúntes, residentes, comerciantes y trabajadores. Por eso, la celeridad en la evacuación total, el cerramiento perimetral y la ejecución material de la demolición no admite demoras; proteger la vida e integridad humana es el principio supremo que debe prevalecer por encima de la nostalgia.

Pereira se prepara así para vivir un episodio conmovedor. Cuando caigan las columnas y el polvo del concreto se eleve sobre la Avenida Circunvalar, no solo se extinguirá un edificio; desaparecerá un testigo mudo de nuestro progreso, un pedazo de nuestra memoria y el esfuerzo de muchas familias. La ciudad acepta con dolor el mandato de la urgencia para evitar que la tragedia sea aún mayor, pero el vacío en el paisaje urbano y en el corazón de la ciudad jamás podrá llenarse. Caerá Invico… y llorará Pereira.

Juan Fernando González Giraldo

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