La violencia, sea cual sea la forma
en que se manifieste, es un fracaso.
Jean-Paul Sarte.
A lo largo de la historia, Colombia ha sido un país tan violento que privilegió el ruido de los disparos y aún, después de más de 200 años de supuesta independencia, no conoce todavía el fascinante significado de los silencios.
De niños, quienes crecimos en la ciudad, tuvimos que aprender, antes que a sumar y a leer, a distinguir entre el estallido seco de las papeletas y el bombazo ensordecedor de un disparo o el de una descarga de metralla que le volaba lo sesos al hijo de un vecino en la esquina.
En el campo, incluso, en lugar de analizar la semiótica de la tierra y de las estaciones para sembrar la cosecha, los campesinos tuvieron que distinguir entre el zumbido de un helicóptero que remonta la cordillera y la urgencia de aquel otro que sobrevuela un territorio azotado por la guerra.
Somos hijos “descarriados” de una patria que nos enseñó a vivir al límite, en medio de los regueros de sangre, caminando sobre las fosas comunes porque aquí, en este país de mierda, los colombianos (en su gran mayoría) están convencidos de que la razón no se argumenta con ideas, sino con el fuego y el plomo que vomita la boca de un fusil o el estallido ensordecedor de una bomba.
El punto coyuntural del porte legal de armas[1] no radica en si estamos a favor o en contra; el asunto exige profundidad y va más allá de los requisitos, permisos y controles establecidos. Sin embargo, hay varias preguntas que deberían preocuparnos como sociedad y, con mayor conciencia, a las familias y a los educadores: ¿qué clase de país construiremos cuando un ciudadano siente la necesidad de llevar un arma para protegerse? ¿Cómo arrancar de la cabeza y del corazón de algunos de nuestros estudiantes esa peligrosa mentalidad sicarial que convierte el plomo en sinónimo de respeto? ¿Cómo enseñarles que el respeto que nace del miedo no es respeto, que matar no hace valiente a nadie y que una sociedad donde cada ofensa se cobra con una bala termina convirtiendo sus calles en cementerios y a sus jóvenes en carne de cañón?
Al percibir que algunos de mis alumnos celebran esta nefasta medida, comprendo que las respuestas no están en las leyes; debemos buscarlas, más bien, en los hogares y en las escuelas. Por mi rol docente, me focalizaré en las instituciones educativas. Un colegio es, a mi modo de ver, el espejo de esa Colombia herida en que nacimos y crecimos. Allí advierto diferencias, desigualdades, prejuicios, rabias, peleas y, en menor medida, esperanzas.
Un salón, por ejemplo, lo habitan el joven que convive con sus padres y aquel que llega solo porque no sabe quién es su progenitor; también está la niña con todos sus útiles y aquella que apenas tiene cabeza para pensar en sus tenis rotos. En ese mismo espacio confluyen el muchacho que los matonea y aquel que se deja reducir al último rincón por el temor a ser golpeado.
Por eso considero que los maestros tenemos una obligación, más que moral, ética: enseñar que las palabras tienen mayor impacto que las balas escupidas al apretar del gatillo. No obstante, soy consciente de que ninguna palabra es ingenua y amable del todo; a veces, y para nadie es un secreto, hieren más que una cuchillada.
En Colombia hemos tenido, y aún tenemos, guerrillas, paramilitares, narcotraficantes, BACRIM, desplazamientos, secuestros, desapariciones, masacres, amenazas y generaciones enteras siendo afectadas, de manera directa o indirecta, por la sombra maléfica del conflicto armado.
En muchos territorios de la Colombia profunda y olvidada por el Estado, los niños aprenden más fácil a esconderse del silbido de los fogonazos que resolver un problema matemático con las tablas de multiplicar. De hecho, algunos docentes deben obviar los agujeros que dejaron las balas en el tablero y escribir, al margen de los orificios, el título de la tarea.
Esas cicatrices violentas no sólo se observan en el salón, también echan raíces en lo más profundo de nuestra mente y de nuestros corazones. Quizá, por ello, la labor más audaz y necesaria en la escuela consiste en convencer a un niño de que existen otros caminos diferentes a los de empuñar un arma.
Del gatillo a la palabra implica aprender a zanjar los conflictos con argumentos y a entender que podemos llegar a acuerdos en medio de las diferencias. El problema, y bastante serio creo yo, es que el gatillo representa, para los colombianos, las respuestas inmediatas que desean obtener. La palabra, en cambio, requiere de la madurez que le otorgan el tiempo y el pensamiento. El gatillo, y esa es su esencia, silencia al otro. La palabra, por el contrario, necesita escucharlo. El gatillo, finalmente, divide entre vencedores y vencidos, entre poderosos y derrotados. La palabra, apelando a la plasticidad del significado, permite que dos personas trasciendan de los gritos y los putazos a las excusas y los abrazos. La palabra, en definitiva, no es de uno ni de otro, es el territorio donde florece lo humano.
Debo hacer, en este tramo del escrito, una precisión vital: a veces disparamos insultos, humillaciones, rumores, burlas; amenazas, ocultos tras la pantalla del celular, contra aquellos que se apartan de mis gustos cotidianos o de mis ideas, y estas agresiones con las palabras que provocan heridas en lo más profundo del ser traen consigo, en muchas ocasiones, comportamientos que no esperábamos del otro, del vecino, del compañero; traen, digámoslo de una vez, pistolas que escupen fuego, balas que sacrifican la vida.
Entonces, vale la pena hacer una pregunta fundamental que ponga en jaque a la escuela:¿qué hacemos antes de que alguien quiera jalar del gatillo? ¿Cómo prevenir la tragedia? Esa que, hace unos días, conmocionó la tranquilidad de maestros y estudiantes en una institución escolar de Medellín.
Ahí comienza la verdadera tarea, pues siempre será importante enseñar a nuestros alumnos a argumentar antes que agredir, a preguntar antes que acusar, a escuchar antes que responder groseramente. Y, para lograrlo, es determinante recuperar el diálogo como una estrategia propia de las personas inteligentes.
Hoy, más que nunca, es fundamental enseñarles a nuestros educandos que cambiar de opinión después de escuchar un argumento bien planteado no es perder una discusión; es, por supuesto, aprender algo nuevo. Incluso, todos debemos comprender que pedir perdón no ridiculiza a nadie ni lo vuelve inferior, que reconocer un error es más valiente que esconderlo detrás de un grito que amenaza.
Y aunque las palabras también tengan filo, necesitamos pulirlas y amansarlas para que puedan habitar los colegios, para que promuevan un debate en torno a un tema espinoso, para que sean escritas en un cuento increíble, para que hagan de la noche la mejor poesía, para que desarrollen nuestras competencias intelectivas y, de una vez por todas, entendamos que es mejor desarrollar ideas en la cabeza y no guardar armas en la pretina.
En este caso, debatir con inteligencia permite que un muchacho descubra el poder de su propia voz con un propósito esencial: enfrentar el mundo con argumentos sin esa actitud censurable de anteponer las trompadas y los disparos a las opiniones.
Es muy triste que, durante décadas, hombres jóvenes, apenas engrosando la voz, abandonen sus hogares para terciarse un fusil al hombro e internarse montaña adentro o hacerse temer en las calles del barrio. Algunos se alistan convencidos por una ideología; otros son reclutados, amenazados o llevados por la pobreza y el abandono a la guerra, donde advierten una oportunidad para salir adelante, sin importar que la muerte los espere detrás de cada esquina, de cada árbol, de cada trinchera.
En todos estos casos, ellos aprendieron primero a disparar antes que a imaginar un futuro mejor, al menos más sensato. Si sobreviven es una suerte que se celebra; y si mueren, también. No importa que haya madres esperando, familias desplazándose o caseríos enteros acostumbrándose a orar por nombres que jamás regresarán en carne y hueso porque se han convertido en fantasmas de la memoria.
Como maestros y como sociedad no deberíamos permitir que la indiferencia nuble nuestros sentidos y esa historia, atroz a todas luces, se repita de forma indiscriminada. Ya es tiempo de iniciar un proyecto piloto en las escuelas que nos permita reconocernos en la violencia del conflicto armado y, con altura y con argumentos, transformar esa manera caótica y agresiva en la que solemos con-vivir.
La memoria, lo advierto así, también educa. Por tanto, las entidades escolares deberían tomar seriamente cartas en el asunto e impedir que, generación tras generación, se repitan, por desconocimiento, las tragedias anteriores.
Ahora que gobernantes ciegos de ira vuelven a abrir la posibilidad legal de estar armados, los profesores tenemos la obligación de debatir, con nuestros educandos, sobre quiénes pueden portar armas; sin embargo, el debate más honesto y real consiste en desarmar la mente y el corazón para construir una sociedad en la que, cada vez, haya menos personas que se sientan seguras porque llevan una pistola que pueden desenfundar en cualquier momento contra alguno de sus conciudadanos.Y estecambio de mentalidad, esa transformación del paradigma violento que echó raíces en nosotros no puede cambiarse por decreto; este, más bien, se deconstruye primero para poderlo reconstruir después.
El cambio que sueño inicia cuando un niño es consciente de que algún compañero piensa diferente y, por ello, no es su enemigo. También sucede cuando un adolescente sabe que su masculinidad no debe sobreponerse, bajo la intimidación, a las chicas del salón. Ese cambio, tan necesario hoy en nuestro país, se afianza cuando una estudiante puede denunciar alguna injusticia sin recibir, como retaliación, una amenaza o un golpe. De hecho, se fortalece en la familia cuando padre y madre conversan con sus hijos en busca de soluciones posibles. Asimismo, se potencia lo humano cuando algún maestro se apropia de un conflicto en el aula para convertirlo en una oportunidad de aprendizaje.
Ahí, en estos pequeños cambios, comienza un nuevo país. Uno donde el respeto no nazca del miedo. El gran engaño de las armas implica, precisamente, confundir miedo con respeto. Alguien con un revólver obtiene obediencia pero no reconocimiento; puede imponer silencio sin convencer a nadie; inclusive, dominará un espacio en el que jamás habrá una comunidad tranquila.
La palabra bien planteada funciona de otra manera. Exige razones, necesita oídos atentos y permite que cientos de individuos se congreguen alrededor de las necesidades que humanamente deben resolver en conjunto, con propuestas que beneficien a todos y no a unos cuantos.
Esta es, desde luego, una forma alternativa de construir paz. Cada vez que enseñamos a un alumno a defender una idea sin destruir al otro, hacemos algo que, quizá, ninguna estadística pueda medir: mostrar una nueva posibilidad de Nación, una cara diferente de la Colombia que ya conocemos atestada de sangre.
Estos planteamientos no implican desconocer que en nuestro país hay delincuencia, estructuras armadas ilegales y territorios donde la población vive amenazada y temerosa. Es más: no significa negar el derecho del Estado a garantizar la seguridad. Un país pacífico no es necesariamente aquel que prohíbe el porte de las armas; tampoco es más seguro el que las multiplica.
La paz, o al menos la sana convivencia, requiere de instituciones confiables, justicia, oportunidades, acompañamiento familiar, comunidades organizadas y escuelas capaces de enseñar que, en medio de las diferencias, también podemos estar de acuerdo. En Colombia necesitamos ciudadanos que confíen más en el diálogo y menos en la venganza, más en las conversaciones y menos en las amenazas y los disparos. Por tanto, es fundamental formar al joven para que algún día aprenda a decidir que, frente a una provocación, la violencia nunca será la mejor salida.
Así, la escuela debe educar a sus alumnos para que entiendan que la valentía no siempre consiste en enfrentarse al otro; en muchas ocasiones es más importante retirarse a tiempo; o saber escuchar; o reconocer el error; incluso, es determinante enseñarles a controlar la ira; a pedir ayuda; a denunciar y no ser cómplices; a perdonar sin resentimientos; a defender, en fin, una idea con argumentos bien planteados y sin gritos que impongan una verdad inexistente.
Tal vez esa sea la revolución que mi Colombia todavía tiene pendiente: aprender a pensar tanto con la razón como con el corazón, pues sólo así se puede transformar el territorio sin destruirnos los unos a los otros.
Ya es tiempo de sembrar mejores cualidades: la del ciudadano que sabe contenerse sin la necesidad de tener un arma en la pretina que desea desenfundar escupiendo fuego, por ejemplo. No se trata de la ley del más fuerte, sino la del más consciente; no la del miedo, sino la de la sana convivencia.
Y para eso está la escuela. Mientras afuera discutimos quién tiene derecho a portar un arma, adentro, en las aulas de clases, deberíamos enseñar algo todavía más importante: el arte y la palabra nos salvan; las balas, por el contrario, nos arrebatan la humanidad, matan lo que somos aunque no seamos cadáveres enterrados bajo tierra.
El cambio será lento por una razón determinante: las heridas profundas no desaparecen publicando decretos. Tendremos que atravesar, desde la escuela, nuestra memoria y reconocer que las víctimas del conflicto armado son responsabilidad de todos; sólo así comprenderemos nuestros errores y aprenderemos que ningún partido político o diferencia económica, religiosa, cultural o personal convierte automáticamente al otro en nuestro peor enemigo.
Entonces, nuestros muchachos entenderán algo vital: un arma puede defender un cuerpo en circunstancias de rabia o de peligro; sin embargo, jamás podrá construir una sociedad que florezca en el respeto y la responsabilidad. De hecho, con un disparo se acaba una discusión en la que fue imposible demostrar quién tenía la razón.
Algunas personas, ciegas de fe e iracundas ante la moral, ven en sus armas un mandato casi divino, como si Dios les diera licencia para asesinar al prójimo y estar seguros en la muerte ajena o en el “buen muerto” que tenía que morir. La verdadera seguridad iniciará, hagámoslo realidad, el día en que podamos encontrarnos con quien piensa diferente sin sentir la compulsiva necesidad de destruirlo.
Si logramos este cambio de paradigma desde la escuela, poco a poco, llegará el momento en que, sin apurarnos, le habremos arrebatado la sombra a la maldad para recortar esa gran distancia que separa el miedo de la confianza, la violencia de la sana convivencia, el enemigo acérrimo del ciudadano que es mi compatriota; sólo así comprenderemos que las palabras son más poderosas que las balas.
Por: Wilmar Ospina Mondragón

Escritor y profesor: Institución Educativa Ciudad Boquía
Universidad Tecnológica de Pereira
Universidad Católica de Pereira
[1] Decreto 1368 del 8 de septiembre de 2026.


