Por. Luis Alberto Martinez
La casa era grande, tenía un aire de misterio; con amplias ventanas, un corredor ancho y largo circundaban su estancia; solo tenía una puerta grande y ancha, de color marrón oscuro que con el correr del tiempo, se hizo negra y lúgubre como una noche sin estrellas.
Al tocar a la puerta una y otra vez, nadie respondió, entonces de una manera brusca le di un fuerte empujón la cual, lanzando un fuerte rugido como de fiera herida, se abrió, alcancé a ver en su interior un desastre espantoso como si algo terrible hubiera ocurrido allí.
Deje pasar un buen rato hasta que mis ojos se acostumbraran a la penumbra sosa y fea de lo que allí reposaba. Luego empecé a recorrer aquel cuarto macabro de olores nauseabundos cuya fetidez me hizo salir corriendo a respirar un nuevo aire.
Pasado un buen rato regresé, la puerta que continuaba abierta, me invitaba a seguir. Con cierto temor, con pasos lentos, mis piernas temblaban, no sé si de miedo o por el frío hosco que allí se encerraba. Empecé entonces, tras haberme tapado muy bien la nariz con mi pañuelo blanco, que siempre cargo, hacer una inspección minuciosa de lo que allí había.
Prendido en la vieja pared observe con gran dificultad, un cuadro de regular tamaño donde había un retrato de una mujer joven, de mirada triste, esbelta, con sus senos blancos como un cielo de verano, cubiertos por un lino azul transparente, lleno de esplendor. Era todo lo que se podía ver.
La curiosidad por saber qué secretos se guardaban allí, me llevaron a un próximo cuarto, la oscuridad era total, no podía ver nada, decidí mejor abandonar esta nefasta estancia; cuando iba a salir la puerta se cerró con tal violencia que estremeció la casa que empezó a moverse de un lado a otro, parecía un terremoto, fueron segundos eternos, gran parte de la casa se cayó, el techo y las paredes se vinieron abajo, yo quedé bajo las ruinas, entonces escuche pitos y sirenas y los gritos despavoridos de la gente. Todos corrían a ver el desastre de la casa de la puerta negra.
Hundido en las ruinas esperé la llegada de los rescatistas. El cuadro de aquella bella mujer que con ojos de tristeza parecía que me miraban, eran mi consuelo en este instante de terror.
De pronto escuché las voces de los rescatistas que gritaban, Hay vida, Hay vida. Fue como un bálsamo de alegría en esos instantes de caos y pavor. Estos valientes y abnegados hombres me regresaban a la vida.
Espero nunca más volver a vivir este terrible momento y que desaparezca para siempre esa negra puerta, templo de angustia y desesperación.
Para todos un abrazo
LAM


