Y el nacimiento de Frente Nacional
A veces la historia se escribe con trazos imposibles. Pensar que el 24 de julio de 1956, bajo el sol de la playa alicantina de Benidorm, dos hombres que se habían odiado con la fuerza de mil batallas firmaron el destino de Colombia, suena a ficción. Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez, las dos caras de un bipartidismo que había desangrado al país en una violencia fratricida, se sentaron a conversar. No los unía el afecto, sino el espanto: el miedo compartido a una dictadura militar —la de Gustavo Rojas Pinilla— que, tras haber sido aupada por ellos mismos para frenar el caos, ahora amenazaba con perpetuarse mediante el populismo de su «Tercera Fuerza».
Este ensayo personal busca mirar ese instante, el Pacto de Benidorm, despojándonos de los juicios simplistas del presente. A casi siete décadas de aquel encuentro, resulta indispensable analizar ese acuerdo matriz con la honestidad de reconocer sus profundas luces y sus asfixiantes sombras, entendiendo que fue tanto el salvavidas de una democracia en ruinas como el molde de una exclusión política cuyas facturas seguimos pagando hoy.
Las Luces: El Pragmatismo del Borde del Abismo
Para entender Benidorm hay que entender el abismo. Colombia venía de una década de carnicería rural. El manejo económico de la dictadura, a pesar de una bonanza cafetera dilapidada de forma irresponsable —con anécdotas casi cómicas y despóticas como la de «traiga lápiz y papel que vamos a legislar»—, amenazaba con des-institucionalizar el país por completo.
El primer gran mérito de Benidorm, y su luz más brillante, fue el triunfo del pragmatismo civilista sobre el dogma. El llamado a «la reconquista del patrimonio cívico común» no fue retórica barata; fue un pacto de supervivencia. Los dos partidos tradicionales entendieron que si no paraban la maquinaria de la violencia y el caudillismo, no quedaría país que gobernar.
El camino que se abrió en Benidorm, y que luego se selló en Sitges y en el plebiscito de 1957 (donde, en un hito histórico, las mujeres votaron por primera vez), trajo consigo logros incuestionables:
- Desmilitarización del poder: Se logró una transición pacífica de la dictadura a la civilidad sin las venganzas sangrientas comunes en el continente.
- Modernización institucional: Los gobiernos subsiguientes, especialmente bajo las tesis desarrollistas de los Lleras, crearon las bases técnicas del Estado moderno, la carrera administrativa y los primeros esfuerzos de planeación económica.
- Paz bipartidista: Se detuvo la guerra civil no declarada entre liberales y conservadores, salvando miles de vidas en los campos.
Juzgar este acuerdo desde el siglo XXI como una simple «repartición del ponqué» es ignorar la urgencia del bombero que apaga un incendio forestal. No había otra salida viable en ese minuto de la historia.
Las Sombras: La Democracia entre Paréntesis
Sin embargo, el remedio llevaba en su composición el germen de una nueva enfermedad. Al blindar el sistema político mediante la paridad absoluta y la alternancia obligada por dieciséis años, el Frente Nacional construyó una democracia con las puertas con llave.
La obsesión por la estabilidad civil generó un modelo profundamente excluyente. Si no eras liberal o conservador oficialista, sencillamente no existías para el Estado. Las sombras de este proceso son densas y de largo alcance:
- Asfixia de la disidencia: Al cerrar las vías legales para cualquier tercera fuerza, el sistema empujó la oposición hacia la clandestinidad y las armas. No es coincidencia que en este período nacieran las guerrillas que marcarían el próximo medio siglo colombiano (FARC, ELN, M-19-EPL..).
- Clientelismo y anestesia social: El debate ideológico fue reemplazado por la entrega milimétrica de puestos y contratos. El Estado se convirtió en un botín compartido, adormeciendo la empatía hacia los sectores populares y las clases medias emergentes.
- Reformas inconclusas: Los intentos de reforma agraria —el gran mal crónico del país— se diluyeron en el Congreso debido al poder de veto mutuo que el mismo sistema de paridad otorgaba a los terratenientes de ambos bandos.
El Espejo del Presente: Hombres Pequeños en Tiempos Turbios
Al mirar nuestra actualidad, el eco de Benidorm resuena con una ironía dolorosa. El pacto fue la respuesta de dos gigantes políticos —con todos sus inmensos defectos— que supieron detenerse antes de caer por el barranco. Hoy, a pocas semanas de que se posesione un nuevo mandatario en un panorama de alta polarización, el paisaje humano es muy distinto.
Parecemos atrapados en una era de «pequeños hombres y pequeñas fuerzas», donde la política ya no se piensa desde el diseño institucional o el patriotismo cívico, sino desde la trinchera del algoritmo y el populismo de extremos. Tras la Constitución de 1991, que buscó romper definitivamente el candado excluyente de Benidorm abriendo el juego a la pluralidad, la promesa sigue sin cumplirse. No ha surgido una dirigencia capaz de cohesionar a la Nación en torno a un destino común de prosperidad.
El Pacto de Benidorm nos deja una lección agridulce. Nos demuestra que el diálogo entre contrarios es posible y efectivo para salvar a un país de la tiranía o el caos, pero también nos advierte que los pactos de élites, si se perpetúan y olvidan la inclusión de las mayorías, terminan por pudrir los cimientos de la misma democracia que pretendían proteger. A setenta años de aquella foto en la playa, Colombia sigue buscando el equilibrio entre el orden que evita el abismo y la apertura que garantiza la justicia social.
Reflexión final: Resulta imperativo que el nuevo presidente, Abelardo de la Espriella, convoque a la unidad nacional. Gobernar ignorando al 50% de la población que votó en contra de su proyecto político será una tarea imposible. Por ello, es el momento de abandonar el lenguaje de odio y venganza, y de construir un gesto simbólico contundente: invitar a la oposición Petro-Cepeda al diálogo por el bien superior de la nación.



Excelente artículo muy propio para estos tiempos de angustia ….sobre todo cuando se piensa sentar, en el caso del país, un pequeño Napoleón obtuso y soberbio…y lo peor con un intelecto casi nulo.