EL GOL SABE MEJOR CUANDO SE COMPARTE

OpiniónEL GOL SABE MEJOR CUANDO SE COMPARTE

Por Óscar Iván Acosta

Hace casi tres mil años, cuando los griegos celebraban los Juegos Olímpicos, ocurría algo extraordinario. Las ciudades enfrentadas dejaban las armas por un tiempo y declaraban la ekecheiria, la tregua sagrada. Miles de personas viajaban hasta Olimpia para ver competir a los atletas, pero también para comerciar, conversar, comer y celebrar. Mucho antes de que existieran los estadios modernos, el deporte ya había descubierto un secreto que aún conserva: ninguna gran competencia se disfruta completamente si no hay alguien con quien compartirla.

«El fútbol es la cosa más importante entre las cosas menos importantes». La frase, atribuida al entrenador italiano Arrigo Sacchi, resume bien esa extraña capacidad que tiene un balón para detener un país durante noventa minutos. Sin embargo, creo que hay algo que el técnico italiano olvidó mencionar: para el hincha, el fútbol no se vive únicamente con el corazón. También se vive con el estómago.

Quizá por eso el fútbol nunca ha sido solamente un juego.

La televisión enfoca la cancha, las tribunas y los jugadores. Sin embargo, el verdadero espectáculo también ocurre lejos de las cámaras. En una cocina alguien termina de freír unas empanadas. En otra casa, el carbón ya está encendido y la carne espera paciente sobre la parrilla. Alguien pregunta si las cervezas ya están frías. Otro insiste en que el partido no puede empezar hasta que llegue el amigo que, por alguna extraña tradición, siempre aparece cinco minutos antes del pitazo inicial.

La pelota aún no rueda.

Pero el partido ya comenzó.

Existe una razón por la cual el fútbol y la gastronomía parecen entenderse tan bien. Ambos son rituales. Ninguno necesita explicación. Se aprenden viviéndolos. Desde niños sabemos que un partido importante merece una reunión, así como una buena comida merece compañía.

En Colombia, por ejemplo, la picada parece haber nacido para el fútbol. No es un plato pensado para una sola persona. Se sirve en el centro porque está hecho para compartirse. Las empanadas desaparecen durante el entretiempo. El asado comienza horas antes del partido y suele terminar mucho después del pitazo final, cuando todavía se discute ese penal que, según unos, nunca fue, y según otros, era clarísimo. Hasta el café encuentra su momento cuando la noche cae y nadie quiere dar por terminada la conversación.

Pero basta cruzar las fronteras para descubrir que el ritual cambia de ingredientes, no de esencia.

En Argentina el choripán es casi tan tradicional como la camiseta albiceleste. En Inglaterra el meat pie ayuda a combatir el frío de las graderías. En Alemania la bratwurst comparte protagonismo con una cerveza bien servida. En México los tacos acompañan la previa. En España un bocadillo de jamón y un puñado de pipas forman parte del paisaje futbolero.

Cada cultura sazona el fútbol con los sabores que la representan.

Y, sin embargo, todas parecen haber entendido la misma lección.

El fútbol sabe mejor cuando se comparte.

Porque, si lo pensamos bien, nadie recuerda con exactitud qué comió el día de una final.

Lo que permanece es otra cosa.

Recordamos con quién vimos el partido.

Recordamos el abrazo después del gol.

Recordamos al abuelo que nunca cambiaba de silla porque decía que daba suerte.

Recordamos al amigo encargado del asado.

Recordamos a la mamá que aparecía preguntando si alguien quería más café.

Quizá por eso los campeonatos terminan, las copas cambian de dueño y las estadísticas terminan olvidadas en algún archivo.

Pero los mejores recuerdos del fútbol siguen teniendo aroma de cocina.

Porque, al final, el gol sabe mejor cuando se comparte.

Y ahora la pregunta queda servida sobre la mesa.

¿Qué no puede faltar en su casa cuando hay fútbol? ¿Tiene un plato de la suerte, una receta infaltable o una cábala gastronómica? ¿Todavía sigue con el guayabo mundialista o ya está pensando qué pondrá sobre la mesa cuando vuelva el fútbol local?

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