EL PLANETA TIENE PIES, PREGUNTÓ COCO EN EL TEMBLOR EN PANAMÁ, Y A MÍ SE ME OCURRIÓ ¿Y EL ESTADO TIENE OÍDOS?

OpiniónCiudadEL PLANETA TIENE PIES, PREGUNTÓ COCO EN EL TEMBLOR EN PANAMÁ, Y A MÍ SE ME OCURRIÓ ¿Y EL ESTADO TIENE OÍDOS?

Hay preguntas que ningún científico esperaría escuchar durante un terremoto. Mucho menos un ingeniero estructural, un geólogo o un funcionario encargado de atender emergencias. Pero Cristóbal, un niño de apenas 4 años, a quien cariñosamente llaman Coco, tiene una explicación mucho más imaginativa para los movimientos de la Tierra.

Hace poco, mientras temblaba en Panamá, donde vive con sus padres en el piso 26 de un edificio, Coco comenzó a interrogar a su mamá, Natalia, esposa de mi amigo Juan Miguel: «¿Por qué la Tierra se está moviendo? ¿El planeta tiene pies? ¿Está caminando? ¿Dónde está Jesusito? ¿Jesusito está agarrando los edificios para que no se caigan? ¿Cuándo viene Hulk? Él tiene fuerza. ¿El planeta también está caminando en Colombia y en Inglaterra?».

Natalia compartió aquella conversación con una reflexión que me pareció maravillosa: a veces hacemos rutinario y ordinario lo extraordinario. Y tiene razón. Mientras los adultos tratamos de encontrar explicaciones, calcular riesgos y controlar nuestros temores, los niños construyen respuestas con los elementos que conocen: la imaginación, la fe, los personajes de sus historias y esa lógica extraordinaria que todavía no ha sido domesticada por nuestras certezas.

Coco no necesitaba conocer las placas tectónicas para formular preguntas inteligentes. Quería entender qué estaba sucediendo y, sobre todo, quién podía protegerlos. Jesusito sosteniendo edificios y Hulk llegando al rescate eran, en su universo infantil, respuestas perfectamente razonables.

Y esas preguntas me llevaron a pensar en otros niños. Los de Pereira, Cali, Quibdó y otras poblaciones colombianas afectadas por el terremoto del pasado 10 de agosto. ¿Qué estarán pensando? ¿Qué estarán preguntando? ¿Cómo dibujarán ahora su ciudad? ¿Qué representa para ellos una escuela cerrada, una vivienda dañada o una calle llena de escombros? Y, especialmente, ¿alguien se está tomando el tiempo de escucharlos?

Porque una cosa es contar cuántas edificaciones resultaron afectadas y otra muy distinta comprender cuántas seguridades se derrumbaron en la mente de un niño.

Estas preguntas me montaron en la máquina del tiempo a una experiencia que  viví hace doce años y que terminó enseñándome una de las lecciones más importantes de mi trabajo en políticas públicas.

Era mayo de 2014. Me desempeñaba como director de proyectos de Corprogreso, organización con la que ejecutábamos Familias en su Tierra, un programa del Departamento para la Prosperidad Social (DPS), orientado al acompañamiento de familias que retornaban a sus comunidades después de haber sido desplazadas por la violencia.

Una de aquellas jornadas nos llevó a Nueva Venecia, un corregimiento levantado sobre las aguas de la Laguna de Pajarales, en el complejo de la Ciénaga Grande de Santa Marta, Magdalena.

Nueva Venecia es uno de esos lugares que obligan a reconsiderar muchas de las ideas que damos por universales. Allí las casas descansan sobre pilotes de madera, las canoas reemplazan a los automóviles y buena parte de la vida transcurre sobre el agua. Las calles, como las entendemos en las ciudades, simplemente no existen.

Habíamos preparado una actividad para integrar a los niños al proceso de retorno. Queríamos conocer sus ilusiones, sus expectativas y aquello que soñaban encontrar o recuperar en su comunidad. Para hacerlo llevamos un gran árbol dibujado, sobre el cual debían colocar pequeñas figuras adhesivas donde escribirían o representarían sus deseos.

Era una metodología participativa que, desde nuestra perspectiva técnica, parecía perfectamente diseñada. Tenía objetivos, materiales, una dinámica sencilla y una intención pedagógica. Todo estaba previsto. O casi todo.

La actividad del árbol de los sueños: niños y familias reunidos alrededor de la propuesta participativa.

En medio de la actividad se me acercó un niño de unos siete años. Con la naturalidad de quien señala algo absolutamente evidente, me dijo: «Señor, no podemos poner los sueños ahí porque acá no hay árboles. Peguémoslos en la canoa».

No recuerdo haber recibido muchas observaciones tan sencillas y, al mismo tiempo, tan contundentes durante mi vida profesional.

Aquel niño no había estudiado formulación de proyectos, metodologías participativas ni planificación territorial. Tampoco necesitaba hacerlo. Conocía algo que nosotros, los supuestos expertos, habíamos pasado por alto: su territorio.

Habíamos llegado con un árbol para colgar los sueños y un niño nos enseñó que, antes de diseñar cómo recogerlos, debíamos comprender dónde vivían quienes soñaban.

Todavía conservo fotografías de aquella jornada. Las canoas deslizándose entre las viviendas, las casas de madera levantadas sobre el agua, el árbol que llevamos dibujado y algunos trabajos infantiles. Son recuerdos de una comunidad que había sufrido la violencia y buscaba recuperar su vida cotidiana.

El territorio que enseñó la lección: viviendas palafíticas y canoas en Nueva Venecia.

Cada vez que vuelvo a mirar esas imágenes recuerdo que el verdadero aprendizaje no estuvo en el instrumento que llevamos, sino en la observación que recibimos.

El territorio que enseñó la lección: viviendas palafíticas y canoas en Nueva Venecia.

Y allí aparece uno de los problemas persistentes de las políticas públicas en Colombia: con demasiada frecuencia creemos que conocer los indicadores de una comunidad equivale a conocer su realidad.

Desde las oficinas diseñamos estrategias, construimos diagnósticos, definimos poblaciones objetivo, establecemos indicadores y elaboramos instrumentos de intervención. Después llegamos al territorio convencidos de que sabemos qué necesita la gente y cómo debemos ayudarla.

Por supuesto que la planeación, el conocimiento técnico y la evidencia son indispensables. No se trata de reemplazarlos por improvisación. Pero ninguna metodología, por sofisticada que sea, puede sustituir la comprensión de las particularidades culturales, sociales, geográficas y humanas de una comunidad.

Menos escritorio y más territorio. Menos sabiduría de oficina y más voces de calle, de carretera, de río y de comunidad.

He defendido esa convicción durante buena parte de mi vida profesional y me ha costado problemas y discusiones con los genios de ciudad. Y aquel niño de Nueva Venecia me dio una razón que ningún manual habría podido explicar mejor.

Pero hay algo todavía más preocupante. Si muchas veces no escuchamos suficientemente a los adultos, a los niños casi nunca los escuchamos.

Los vemos como beneficiarios, como sujetos de protección, como integrantes de hogares vulnerables o como destinatarios de programas sociales. Y eso está bien. Los contamos, los clasificamos por edades y los incorporamos a nuestras estadísticas. Sin embargo, pocas veces les preguntamos cómo entienden lo que está ocurriendo a su alrededor.

Y ellos hablan. Hablan con palabras, con preguntas inesperadas, con juegos, con silencios, con dibujos y hasta con esos garabatos que los adultos solemos mirar distraídamente antes de pegarlos en la nevera.

No significa que debamos interpretar arbitrariamente cada dibujo como si fuera un diagnóstico psicológico. Significa que tenemos que ofrecerles espacios adecuados para expresarse y, sobre todo, prestar atención a lo que quieran contarnos.

Fernando Sánchez Prada
Comunicador y Consultor en Políticas Públicas
Columnista

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