EL TEMA DEL «TEMA»: UNA MULETILLA QUE SE TOMÓ EL IDIOMA

OpiniónLiteraturaEL TEMA DEL «TEMA»: UNA MULETILLA QUE SE TOMÓ EL IDIOMA

Si todo es un tema, entonces nada es un tema.

Hay expresiones que nacen para cumplir una función específica y terminan convertidas en una plaga verbal. Eso ha ocurrido con la fórmula «el tema de», una construcción perfectamente válida en determinados contextos, pero que hoy invade discursos políticos, entrevistas, noticieros, documentos oficiales y conversaciones cotidianas hasta desplazar palabras más precisas y elegantes.

El problema no es la expresión en sí, sino su empleo automático, indiscriminado y perezoso, como si cualquier realidad necesitara pasar por el filtro del «tema» para poder ser nombrada.

Cuando el «tema» sobra

La dificultad aparece cuando la expresión deja de aportar significado y se convierte en simple relleno verbal.

Basta escuchar un noticiero o una rueda de prensa para encontrar frases como: «El tema del verano», «el tema de la gasolina» o «el tema de la seguridad».

En muchos casos, el hablante no se refiere al objeto o fenómeno mismo, sino a algún aspecto relacionado con él. Sin embargo, en lugar de precisar cuál, recurre al cómodo bordoncillo «el tema de».

Así, donde podría decirse «La sequía preocupa a las autoridades», se opta por formulaciones más largas y menos claras. El resultado es un lenguaje recargado que comunica menos de lo que parece.

Pereza lingüística

Lo preocupante es que esta costumbre se ha extendido precisamente entre quienes deberían dar ejemplo en el uso del idioma: periodistas, locutores, entrevistadores, comentaristas, docentes, funcionarios del gobierno y profesionales de todas las ramas del saber.

La expresión «el tema de» se ha convertido en un cajón de sastre lingüístico donde cabe casi todo. Cuando falta la palabra exacta, aparece el tema. Cuando la frase necesita una poda urgente, aparece el tema.

De este modo terminamos escuchando construcciones como «el tema de la inseguridad», «el tema de la movilidad» o «el tema de las basuras», aun cuando el contexto permitiría expresiones más directas y precisas.

Y como los bordoncillos son contagiosos, millones de personas terminan incorporándolos a su propio lenguaje.

Porque, al fin y al cabo, el verdadero tema no es el verano ni la gasolina. El verdadero tema es la pereza lingüística.

El idioma valora la precisión

La buena escritura y la buena expresión oral tienen algo en común: buscan el término exacto.

Un periodista no debería preguntarse automáticamente cuál es el tema de algo, sino qué es exactamente aquello de lo que habla.

Nombrar correctamente las cosas no es un capricho académico; es una necesidad de la comunicación. Cuando todo se convierte en tema, las diferencias se diluyen y el pensamiento pierde precisión.

Cuando sí es correcto hablar de «el tema de»

Conviene hacer una aclaración importante: «el tema de» no es una expresión incorrecta.

Tiene pleno derecho de ciudadanía cuando se refiere al asunto, materia o contenido sobre el que versa una conversación, una conferencia, un libro, una investigación o un debate.

Son perfectamente válidos ejemplos como estos: «El tema de la conferencia será la inteligencia artificial». «El tema de la investigación sigue abierto». «El tema de la novela es la soledad humana».

En estos casos existe realmente un asunto de análisis o discusión, y la palabra tema cumple una función legítima.

Una prueba sencilla

Antes de escribir o pronunciar «el tema de», conviene hacerse una pregunta elemental: ¿la palabra tema aporta algo al significado?

Si al eliminarla la frase conserva intacto su sentido, probablemente sobra.

Compárese:

«El tema del verano preocupa a los ciudadanos». «El tema de la gasolina afecta la economía nacional». «El tema de la inseguridad es una amenaza para todos».

Frente a:

«El verano preocupa a los ciudadanos». «La gasolina afecta la economía nacional». «La inseguridad es una amenaza para todos».

La segunda versión suele ser más breve, más clara y más elegante.

Quince palabras se pueden reducir a cuatro

La afición por esta muletilla suele venir acompañada de otra enfermedad verbal: la tendencia a inflar innecesariamente las frases.

Hubo un presidente de Colombia –hoy expresidente, conviene aclararlo– que durante sus consejos comunitarios repetía con frecuencia expresiones de este estilo:

«Estamos trabajando en todo lo que tiene que ver con el tema de la seguridad». Quince palabras.

La misma idea se podía expresar así:

«Trabajamos por la seguridad». Cuatro palabras.

La diferencia es notable: La primera formulación da rodeos, acumula piezas innecesarias y obliga al oyente a recorrer un largo camino para llegar a una idea sencilla. La segunda va directamente al punto.

Una verdadera excursión gramatical para llegar a un destino que quedaba a la vuelta de la esquina.

Eso no significa que la primera fuera incorrecta. Significa algo más grave: que era innecesaria y aparatosa.

Los términos existen para nombrar la realidad con precisión, no para expandir artificialmente el lenguaje ni para perpetuar repeticiones.

No en vano escribió Baltasar Gracián una de las joyas más brillantes de la economía verbal: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno». Pocas sentencias resumen mejor la diferencia entre precisión y palabrería.

Por eso conviene vigilar las palabras que repetimos por inercia. Algunas nacieron para servir al idioma; otras terminan sirviéndose de él.

La expresión «el tema de» pertenece a la primera categoría. Pero cuando aparece donde no hace falta, deja de ser una herramienta útil y se convierte en una muletilla.

Como ocurre con muchas malezas verbales, cuanto menos se poda, más crece.

Ninguna bordoncillo ha enriquecido jamás una lengua.

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