La educación no cambia el mundo:
cambia a las personas que van a cambiar el mundo.
Paulo Freire.
A mis estudiantes.
Regresé a mi colegio después de varios días, cuando la tranquilidad tras la conmoción del terremoto nos lo permitió. Debo confesar que no tenía la más mínima idea de qué iba a encontrar. A veces, uno está seguro de conocer de memoria los lugares que habita a diario: el corredor, las paredes, las puertas, el tablero, las sillas desperdigadas por el salón.
En su gran mayoría, los alumnos, los padres y los profesores pensamos que un aula de clases es simplemente eso: un sitio al que llegamos cada mañana para encontrarnos, conversar, aprender, discutir y reír casi siempre. Pero basta que ocurra algo inesperado para descubrir que los lugares también conservan su memoria.
Entré muy temprano al salón y allí estaban los maletines de mis estudiantes (grado 8°-D), quietos, muy quietos, como si hubiesen pasado decenios sin que nadie visitara este lugar y ya fuera una ruina del pasado. Algunos estaban sobre las sillas; otros, recostados contra los pupitres; quizá un par en el suelo antes de que tomara la fotografía para este artículo.
Esta imagen, la de los maletines esperando a mis pupilos me conmovió sobremanera. Por un instante tuve una extraña sensación: se me antojó que el tiempo se había detenido aquel 10 de agosto de 2026. Es más: al traspasar el umbral sentí como si las paredes de ese espacio habitual en el que llevo viviendo gran parte de mi vida me hubieran abrazado con nostalgia, diciéndome que ese salón se negaba rotundamente a continuar sin mí y sin mis muchachos.
Pensativo, observé alrededor; advertí sus morrales e imaginé cuántos sueños pueden caber dentro de un maletín escolar. Luego, recogí cuadernos con páginas a medio llenar, con el título de la tarea, un taller de comprensión de lectura que giraría sobre la historia de los mundiales; también levanté del suelo lapiceros mordidos por la ansiedad, colores, hojas arrugadas, ejercicios sin terminar; alguna nota de amor escondida entre un papel; una golosina que alguien no alcanzó a consumir.
Todas esas cosas, un poco revolcadas por el temblor indomable de la tierra, me permitieron comprender que dentro de esos maletines había quedado un pedacito de la vida que llevábamos antes de que la tierra comenzara a sacudirse con violencia. Y expreso esto porque ese día nadie pensó en los cuadernos o en guardar el lapicero. La urgencia nos exigió algo infinitamente más importante: evacuar en orden en medio del desorden y reencontrarnos, saber que estábamos bien, buscar una voz conocida entre el ruido y entender, tal vez por primera vez con tanta claridad, que la vida se nos puede apagar con un simple pestañeo de la muerte.
Por eso, mis queridos muchachos, cuando regresé y encontré sus pertenencias exactamente donde las habían dejado, sentí cosas difíciles de explicar. Me sentí triste, acongojado; lleno de una nostalgia rara porque hay acontecimientos que dejan heridas tan profundas que jamás podremos ocultarlas con una falsa sonrisa; tampoco seríamos capaces de resolverlas diciendo que todo pasará. Hay ausencias, como esta, que pesan para siempre, pues de ahora en adelante aparecerán miedos que, de repente, nos harán sospechar del más leve de los ruidos; seguramente, cuando percibamos que algo se mueve sin esperarlo recordaremos aquel par de minutos del 10 de agosto que nos parecieron eternos.
No tenemos que fingir que nada ocurrió. Nos ocurrió a todos y, por tanto, tendremos que aprender, poco a poco, a sobreponernos a lo vivido sin que esa experiencia aterradora nos impida continuar caminando hacia nuestras metas, hacia nuestros sueños.
Tal vez esta sea una de las lecciones más complejas que tendremos que aprender juntos y, dicha lección, no aparecerá en ningún libro de Lengua Castellana; ni siquiera la escribiremos en el tablero y jamás se usará como pregunta en cualquier examen. Esta es una lección que sólo nos la enseña la vida: ser valiente no significa dejar de sentir miedo; significa descubrir que, aun sintiéndolo en lo más profundo de nuestro ser, somos capaces de volver a levantarnos para perseguir esos sueños que anhelamos.
Y estoy seguro de que todos ustedes, mis muchachos del alma, se van a levantar. Quizá nos cueste un poco; quizá alguno mire las paredes con cierto temor; quizá no quieran estar mucho tiempo dentro del salón; quizá el silencio sea nuestra manera de estar o, quizá, también haya alguien que necesite hablar para sanarse de lo padecido. Cada uno encontrará su propia manera de curarse, pues el dolor no tiene horarios ni existe una fórmula definitiva para enseñarle al corazón a olvidar.
Pero no estarán solos. Eso también quiero que lo recuerden. Cuando volvamos a encontrarnos, el salón y los pupitres seguirán siendo suyos. Sus maletines retornarán a sus hombros y los cuadernos continuarán llenándose de palabras, de ideas, de añoranzas. Sin embargo, creo que todos seremos algo diferentes porque este terremoto cambió para siempre nuestra manera de mirar la vida y de mirarnos unos a los otros.
Es posible que entendamos que aquel compañero al que algunas veces ignoramos merece un abrazo, que una discusión absurda puede esperar, que decir “gracias”, “perdón”, “te quiero” o “aquí estoy” nunca debería parecernos una pérdida de tiempo. Esta tragedia, muchachos, nos tuvo que enseñar que somos mucho más frágiles de lo que imaginábamos; no obstante, también nos enseñó que somos muchísimo más fuertes de lo que creíamos.
Eso pensé mientras contemplaba aquellos maletines y, en mi mente inquieta, me parecieron pequeños guardianes de nuestra historia. Se quedaron allí cuando tuvimos que marcharnos y permanecieron silenciosos mientras el colegio quedó sin sus voces, sin sus correrías por los pasillos, sin sus conversaciones antes de comenzar la clase, sin sus pilatunas y chanzas, sin esas risas que tantas veces he tenido que mandar a callar y que hoy, curiosamente, quisiera volver a escuchar.
Comprendí, entonces, que esos maletines no representan aquello que dejamos atrás; representan esa fuerza simbólica por la que debemos regresar. En un cuaderno, créanme, descubrí que hay mucho más que garabatos y palabras ininteligibles: hay historias que todavía no se han contado; hay preguntas que quedaron pendientes; hay, en definitiva, miles de sueños que mis alumnos desean alcanzar.
Habrá días difíciles, no puedo negarlo, pues siempre nos habitan recuerdos que nos dolerán; aun así, regresarán las mañanas tranquilas, las conversaciones, las bromas, los reclamos por una tarea que no hicieron, las preguntas inesperadas en mitad de la clase y esas carcajadas que aparecen solo para interrumpir al profesor. Volverá la vida, chicos. Y, cuando eso suceda, espero que sepamos recibirla de otra manera. A lo mejor, mi sueño como profesor sea que nos abracemos más, que juzguemos menos, que agradezcamos siempre por lo poco o por lo mucho que la vida nos da. Necesito que comprendamos algo esencial: estar sentados juntos dentro de un salón, algo que antes parecía completamente cotidiano, también puede ser un privilegio extraordinario.
No sé cuánto tiempo permanecerá en mi memoria la imagen que encontré aquel viernes. Supongo que durará en mí por muchos años. Algún día miraré esta fotografía de nuevo y, estoy segurísimo, recordaré otra vez el silencio de aquel salón y aquellos maletines esperando por ustedes sobre las sillas.
Sin embargo, no quiero rememorar sólo el horrendo miedo que nos procuró ese terremoto inesperado. Deseo recordar lo que hicimos después, cuando regresamos para acompañarnos y sonreír de nuevo. Deseo gritarle al mundo que juntos convertimos el dolor en memoria y la memoria en fuerza; que volvimos a llenar el salón de palabras, de ideas, porque ustedes todavía tienen demasiadas páginas en blanco por escribir y muchísimos caminos por recorrer.
La historia de ninguno, y en especial la suya, muchachos, puede quedarse detenida en ese día nefasto. Así que, cuando llegue el momento de retornar entren despacio si es necesario, miren su silla, busquen su maletín, respiren profundo y, si aún persiste el terror, recuerden que yo también siento exactamente lo mismo que ustedes. Entonces, si eso sucede, mirémonos y juntemos nuestras fuerzas para seguir con un propósito vital: la enseñanza más importante que nos dejó aquel salón vacío fue comprender que la tierra puede estremecerse debajo de nuestros pies, pero existe algo que ninguna catástrofe podrá derrumbar mientras sepamos cuidarlo: la esperanza de volver a empezar.
Sus maletines todavía están allí, esperándolos. Yo también los espero no solamente para continuar una clase; los espero para que volvamos a encontrarnos, para reconocernos después de la tormenta y para aprender juntos que algunas veces la vida nos obliga a cerrar un capítulo sin avisarnos; sin embargo, siempre, mientras permanezcamos aquí, tendremos la posibilidad de tomar otra vez el lápiz y comenzar una nueva historia en una nueva página.
Esta vez, quizá, escribamos más despacio y valoremos cada palabra porque hoy, más que nunca, es fundamental entender que el mejor significado de la vida es estar juntos.
Para mis queridos estudiantes, con el cariño sincero de un profesor que sólo espera verlos sonreír.
Por: Wilmar Ospina Mondragón






Escritor y profesor: Institución Educativa Ciudad Boquía
Universidad Tecnológica de Pereira
Universidad Católica de Pereira


