Onésimo Vásquez Posada
Septiembre 1/2026
Crecí recorriendo una ciudad que respiraba a través del agua. En las memorias de mi infancia en Cartago, la geografía no estaba definida exclusivamente por el trazado de sus calles, sino por la presencia viva de sus ecosistemas: el amplio humedal que se extendía en la calle 10, frente a lo que hoy es la Universidad del Valle, abarcando lo que actualmente conocemos como los barrios Los Lagos, Los Laguitos y un sector de Torrelavega; o las dinámicas hídricas que abrazaban a parte del barrio El Rosario. En aquel entonces, Cartago era un entramado de espejos de agua y madreviejas alimentadas por el río La Vieja, un verdadero oasis adonde llegaban miles de aves migratorias y locales a hacer nido. Era una ciudad con memoria anfibia.
Sin embargo, el crecimiento urbano de las últimas décadas decidió librar una guerra silenciosa e insensata contra esa naturaleza. Bajo la mirada complaciente —y en muchos casos cómplice— de administraciones municipales, funcionarios de planeación y curadurías urbanas, la avaricia de los urbanizadores convirtió la riqueza ecológica en un botín inmobiliario. A través del relleno sistemático y el vertimiento de escombros, los antiguos cauces y humedales fueron sepultados bajo capas de concreto y asfalto.
El mapa del despojo ambiental en Cartago es amplio y evidente. Gran parte del barrio El Limonar, en la Comuna 4, se asentó directamente sobre el humedal La Raya, estrangulando uno de los puntos clave para la conservación y el avistamiento de aves de la región. De manera similar, en la Comuna 7, tanto la urbanización Santa Laura como un sector sustancial de La Arboleda se erigieron sobre el relleno artificial de antiguos humedales. La ciudad creció tapando sus arterias naturales, arrinconando la fauna local y destruyendo el hábitat de más de 150 especies de aves que dependían de santuarios como El Badeal, Potrero Chico, La Zapata o El Samán.
Este modelo de desarrollo no solo constituye un crimen ecológico; es una imprudencia geológica que nos expone a tragedias anunciadas. La ciencia y la ingeniería han advertido reiteradamente que edificar sobre rellenos en zonas hídricas altera la escorrentía, anula la recarga de acuíferos e invalida la capacidad natural de regulación del suelo. El resultado inmediato son las severas inundaciones y los humedales crónicos que hoy deterioran las viviendas de cientos de familias cartagüeñas. Pero el peligro de fondo es aún más devastador: la licuefacción del suelo ante un evento sísmico.
Al rellenar un humedal, el subsuelo profundo permanece saturado de agua y sedimentos inestables. Ante la vibración de un sismo de gran magnitud, la estructura del suelo pierde cohesión y se comporta como un líquido, provocando el colapso, el asentamiento diferencial y el hundimiento de las edificaciones mal calculadas que se levantaron encima.
No necesitamos recurrir a la especulación para entender esta amenaza. Las dolorosas lecciones del terremoto del 10 de agosto de 2026 en Cali y las afectaciones en Pereira son un espejo riguroso de lo que ocurre cuando se ignora la geología del territorio. En Cali, la expansión irresponsable hacia las ciénagas del oriente y el relleno de antiguos cauces convirtieron el sismo en un desastre de proporciones históricas, sepultando estructuras levantadas sobre terrenos blandos e inestables. Aquello no fue un simple castigo de la naturaleza, sino la consecuencia directa de décadas de decisiones urbanísticas torcidas que antepusieron el beneficio económico a la seguridad colectiva.
Cartago se encuentra hoy en un punto de inflexión crítico. Las iniciativas comunitarias, como la conformación de la veeduría ciudadana en el barrio La Campiña para defender la madrevieja La Zapata junto a la CVC, demuestran que la ciudadanía empieza a despertar frente al deterioro ambiental y las fallas en los planes de saneamiento. No obstante, el control social no basta si las autoridades locales continúan permitiendo el avance de la mancha de concreto sobre los ecosistemas restantes.
Es urgente reordenar el territorio alrededor del agua y no en su contra. La inclusión efectiva de los humedales como áreas de protección ambiental irrestricta en el Plan de Ordenamiento Territorial (POT), el freno tajante a las licencias de construcción sobre suelos blandos y el control riguroso a las curadurías urbanas no son asuntos optativos: son medidas de supervivencia. Si no aprendemos de las cicatrices de nuestras ciudades vecinas, la tierra terminará reclamando lo que siempre fue suyo, cobrando en pérdidas humanas y materiales el precio de nuestra ambición e indiferencia.


