ESTO NO HA PASADO, NO ES REAL

OpiniónESTO NO HA PASADO, NO ES REAL

Son las seis y treinta de la mañana. Doris toma el teléfono y comienza a marcar el número de su madre. Durante siete años, desde que viajó al extranjero, aquella llamada había sido parte de su vida: todos los días, a la misma hora, antes de que su madre saliera a trabajar. Pero, de pronto, la realidad irrumpió con una crueldad insoportable: su madre ya no está viva. Murió el 10 de agosto, durante el terremoto que sacudió a Pereira. Doris se derrumba, siente un dolor profundo y se repite: «Esto no es real, esto no ha pasado, no es posible que ella ya no esté». Así comienza su relato en la primera consulta. Aunque su trabajo cotidiano consiste en acompañar a otras personas en la elaboración del duelo, Doris descubre que comprender el sufrimiento ajeno no significa estar preparada para afrontar el propio. El conocimiento no nos vuelve inmunes al dolor; cuando la pérdida toca nuestros vínculos más profundos, también necesitamos ser sostenidos. ¿Qué sucede en nuestra mente cuando perdemos a alguien amado? Ante una noticia devastadora, el cerebro puede experimentar un estado inicial de shock o embotamiento emocional. La persona siente que lo ocurrido es imposible, que está viviendo una pesadilla o que la realidad ha perdido su sentido habitual.

La negación, entendida como mecanismo psicológico de defensa, permite que la conciencia procese gradualmente una realidad que resulta emocionalmente abrumadora. No siempre implica desconocer intelectualmente la muerte; a veces, la persona sabe que ocurrió, pero todavía no consigue sentirla como algo definitivo. En Doris interviene, además, la fuerza de los hábitos. Durante siete años, su cerebro aprendió a anticipar aquella llamada matutina: su mano marca el número antes de que la conciencia integre plenamente la ausencia. Por unos instantes, la costumbre parece imponerse sobre la realidad. También puede aparecer una desconexión parcial, semejante a la disociación: una sensación de irrealidad, extrañeza o distancia emocional frente a lo sucedido.

¿Qué podemos hacer? No exigirnos estar bien rápidamente, permitirnos llorar, hablar de quien murió y apoyarnos en familiares o personas de confianza. Los rituales de despedida, cuando son posibles y significativos, pueden ayudar. También conviene cuidar el sueño, la alimentación y las rutinas, sin convertirlas en obligaciones rígidas. Si el sufrimiento es abrumador, dificulta las actividades cotidianas o no muestra mejoría, buscar ayuda profesional es una decisión saludable. El duelo no es una carrera ni una prueba de fortaleza; cada persona necesita su propio tiempo para comprender que la muerte ocurrió y aprender a vivir con la ausencia. Quizá una mañana Doris vuelva a tomar el teléfono y recuerde a su madre con lágrimas, pero también con ternura. No significará que la haya olvidado, sino que comienza a encontrar otra manera de mantener vivo el vínculo: ya no mediante una llamada, sino a través de los recuerdos, los aprendizajes y el amor compartido. www.urielescobar.com.co

Uriel Escobar Barrios, M.D.

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