¡FUERZA ANA MARÍA!

Opinión¡FUERZA ANA MARÍA!

Jaime Cortés Díaz

El resurgimiento de Pereira, después del terremoto del 10 de agosto, no puede reducirse al propósito de levantar nuevamente lo caído. La hecatombe, en medio del dolor y de sus enormes pérdidas humanas y materiales, ha colocado a la ciudad ante una decisión histórica surgida por la calamidad, en condición de repensarla para las próximas décadas.

Bien lo ha expresado el exalcalde Juan Guillermo Ángel cuando advierte sobre la necesidad de transformar la ciudad integralmente dentro del plan de reconstrucción. Como se señaló aquí en anterior columna, cambiar un edificio destruido por otro puede constituir un triunfo de la ingeniería, pero también un golpe al urbanismo en una ocasión excepcional.

En este escenario resulta significativo el papel asignado a la ingeniera Ana María Cuartas Saldarriaga al ser nombrada gerente regional dentro del Fondo Milagro. Su amplia experiencia en instituciones como la Cámara de Comercio, la Sociedad de Mejoras, el Comité Intergremial, ProRisaralda y el desarrollo económico, social y cívico, constituye una credencial de conocimiento territorial, capacidad de articulación, seriedad y buen manejo. No se trata, sin embargo, de una tarea individual. Su éxito dependerá también de la capacidad de congregar conocimiento y voluntades, y ella sabe conformar buenos equipos.

Desde la localidad deberán participar gremios especializados como Camacol y las asociaciones de ingenieros y arquitectos; las universidades con sus programas pertinentes; Planeación Municipal, el Área Metropolitana y la CAR, así como profesionales que han estudiado la ciudad. Pero la magnitud del desafío aconseja también convocar expertos nacionales e internacionales de reconocida experiencia en renovación urbana, espacio y servicios públicos, movilidad, sostenibilidad y educación. Pereira debe aspirar a convertirse en una urbe funcional, moderna, segura, tecnológica, estética y acogedora.

Pero existen tranqueras considerables. El casco citadino carece de suficiente tierra disponible para una transformación de gran escala, aunque el terremoto ha agregado numerosos lotes provenientes del derrumbamiento o demolición de edificaciones frágiles. Esta realidad es todo un desafío. Por eso resulta razonable que, cuando está próximo a estudiarse un nuevo Plan de Ordenamiento Territorial (POT), Alcaldía y Concejo deben reconsiderar sus tiempos de presentación hasta conocer las consecuencias y alternativas urbanísticas de la catástrofe. Pero los planes no pueden borrar a las personas. Será indispensable establecer mecanismos justos para adquirir, compensar o incorporar los inmuebles destruidos a los proyectos comunes de renovación. Para numerosos propietarios, aquella vivienda, oficina, local desaparecidos, representaban el patrimonio acumulado durante toda una vida. Muchos conciudadanos han quedado en “pobreza vergonzante” como lo dijo el Padre Pacho en su columna. Ningún urbanismo que pretenda llamarse transformador puede construirse sobre la indolencia frente al damnificado. La renovación urbana tiene que ser también reconstrucción humana.

A ello se suma la gigantesca cuestión financiera. Si las necesidades se estiman entre diez y once billones de pesos, el esfuerzo principal tendrá necesariamente que provenir del Fondo Nacional Milagro y del Gobierno central. Pereira, Risaralda y los demás municipios afectados carecen de capacidad fiscal para asumir semejantes cargas, mientras, en simultánea, deben atender urgencias sociales que no admiten espera.

Más grave todavía será el efecto negativo y prolongado sobre sus tesorerías. Desaparecieron bienes que generaban impuestos prediales, de comercio e industria, etc., además actividades económicas quedaron interrumpidas y numerosos contribuyentes perdieron capacidad de pago. La reducción de esos ingresos no será circunstancial, puede durar largos años. Por eso reconstruir exigirá mucho más que dinero. Requerirá liderazgo, conocimiento, transparencia, sensibilidad social y una visión compartida de ciudad y vecindad. La tragedia abrió, sin haberla pensado, una puerta que afrontar. Pereira no debe repensarse para quedar como estaba. Debe revertir este trágico momento para decidir cómo quiere vivir en el futuro. Once decretos del Gobierno, con fuerza de ley, son instrumentos para seguir.

Ante este compromiso: ¡adelante Ana María! Todos estamos apoyándote.

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