LA MORDAZA INVISIBLE

OpiniónLA MORDAZA INVISIBLE

La mordaza aprieta al comienzo, pero luego te acostumbras a ella. Sientes, ves, escuchas, pero tu voz se convierte en un murmullo ininteligible. Un código indescifrable. «Shhh, no diga eso. Ojo con las palabras que usa. No queremos incomodar». Los reporteros se atragantan con palabras que no pueden pronunciarse, que se resisten a ser escritas por temor al ojo censor. También por miedo a perder sus empleos, mal remunerados, pero necesarios. La crisis de los medios no es solo de legitimidad; es también de precarización del trabajo periodístico.

La noticia no desaparece como el conejo del mago solo porque los medios callen. A veces llega a las pantallas, pero su paso por ellas es efímero, minúsculo, como el lenguaje con que se presenta o la insistencia con que se investigan sus consecuencias. Otra forma de silencio consiste en informar sin interpelar, registrar los hechos superficialmente o conceder al poder una indulgencia que unos meses atrás parecía impensable.

La precariedad no es una metáfora. La encuesta nacional de libertad de expresión de 2025, realizada por la FLIP en alianza con Cifras & Conceptos entre 569 trabajadores de medios, encontró que el 56 % recibía menos de tres millones de pesos mensuales. Más revelador aún: el 62 % afirmó que el desgaste emocional asociado a su trabajo lo había llevado a autocensurarse, abandonar temas o considerar dejar la profesión. Además, el 41 % reconoció haber omitido publicar información por temor a perder pauta oficial y el 32 % por miedo a sanciones administrativas o presiones institucionales. La mordaza también se construye desde las condiciones materiales del oficio: quien teme perder su sustento no siempre necesita recibir una orden para aprender qué asuntos conviene no investigar.

Esta forma de silencio merece atención en Colombia. La cobertura del gobierno anterior estuvo marcada por una confrontación constante entre la Casa de Nariño y buena parte de los medios tradicionales. Ahora, bajo la actual administración, cabe preguntarse si los criterios de vigilancia periodística se aplican con la misma intensidad o si el tratamiento informativo cambia según quién ejerza el poder.

Esto no significa que todos los periodistas actúen igual, incluso cuando trabajan en los mismos medios, ni que toda crítica al gobierno anterior fuera injustificada. El asunto es examinar si existe una distribución desigual de la atención, la sospecha y la exigencia de responsabilidades entre gobiernos de orientaciones políticas opuestas.

En septiembre de 2026, El País señaló que los grandes medios colombianos parecían concederle al nuevo Gobierno un periodo de gracia. La crónica, publicada el 7 de septiembre, recogió la opinión del analista Héctor Riveros, quien consideró que la actual administración recibía un margen mucho más amplio que el concedido al gobierno anterior, al que prácticamente no se le había dado ninguno. También describió una comunicación gubernamental controlada, con declaraciones preparadas y escaso espacio para las preguntas periodísticas (El País, 7 de septiembre de 2026). 

Esta observación no demuestra por sí sola un doble rasero generalizado, pero deja preguntas en el aire. ¿Por qué algunas decisiones se convierten rápidamente en crisis nacionales, mientras otras reciben una cobertura más contenida? ¿Por qué unas declaraciones se presentan como amenazas a la institucionalidad y otras como gestos de autoridad?

La diferencia no depende exclusivamente de los acontecimientos. También intervienen la selección de las noticias, su jerarquización, las fuentes consultadas y el marco desde el cual se interpretan. El silencio selectivo no necesita ocultar los hechos: basta con reducir su importancia, limitar su seguimiento o presentar como una controversia pasajera aquello que debería exigir un examen más minucioso.

Pierre Bourdieu ofrece una perspectiva para comprender las condiciones en las que se produce esta selectividad. En Sobre la televisión (1996), el sociólogo francés analiza los mecanismos de censura invisible que operan en el campo periodístico a través de las presiones económicas, la competencia por las audiencias y las rutinas de producción informativa. No siempre hace falta una orden para determinar qué se publica y qué queda relegado. Los intereses de los propietarios, los anunciantes y las exigencias del mercado también condicionan la autonomía de quienes producen información. La censura puede operar, así, sin necesidad de prohibir explícitamente una palabra o una noticia: basta con establecer las condiciones en las que unas voces pueden expresarse y otras terminan por silenciarse.

Esta reflexión resulta pertinente en Colombia. El estudio de Diego García Ramírez y William Zambrano Ayala, El sistema mediático colombiano en el siglo XXI: nuevos medios, viejos problemas (2025), identifica la concentración de la propiedad, la instrumentalización del periodismo y la centralización geográfica como problemas estructurales del sistema mediático nacional. 

La concentración no implica que todos los medios respondan a una directriz común ni que sus periodistas carezcan de autonomía. Sin embargo, obliga a preguntarse cómo influye la propiedad de los medios en la diversidad de perspectivas que recibe la ciudadanía y qué intereses económicos y políticos pueden condicionar sus agendas. Que un medio tenga una orientación editorial no es problemático en sí mismo; el pluralismo se beneficia de perspectivas distintas. El problema aparece cuando los criterios de verificación y escrutinio dejan de aplicarse consistentemente o cuando los intereses de los propietarios priman sobre la independencia periodística.

El Digital News Report del Reuters Institute registró que la confianza general en las noticias en Colombia pasó del 32 % en 2025 al 25 % en 2026. En esta última medición, el 49 % de los encuestados afirmó que evita las noticias a veces o con frecuencia. 

Estas cifras no miden exclusivamente la confianza en los grandes medios privados ni permiten atribuir el deterioro a una sola causa. Además, el informe de 2026 fue publicado antes de la posesión de la actual administración, por lo que sus resultados describen una crisis de confianza preexistente, no un efecto de su gestión. La polarización, la desinformación y el cansancio informativo también intervienen. Sin embargo, los datos muestran una fractura importante en la relación entre el periodismo y sus audiencias.

La credibilidad se construye día a día mediante la consistencia de los criterios, la calidad de las pruebas y la transparencia de los procedimientos. Cuando un medio exige explicaciones exhaustivas a un gobierno y se muestra más laxo con el siguiente, debe poder justificar esa diferencia ante sus audiencias con razones periodísticas verificables.

Ahora bien, la comparación entre ambos gobiernos no debería convertirse en una competencia de agravios ni exigir un tratamiento idéntico para actuaciones distintas. Requiere observar asuntos equivalentes, periodos comparables y evidencias concretas: titulares, fuentes, continuidad de las investigaciones y prominencia de las noticias.

La independencia periodística se pone a prueba precisamente cuando la crítica tiene un costo alto, cuando los intereses económicos están comprometidos o cuando el gobernante ofrece acceso privilegiado a quienes considera interlocutores convenientes, mientras silencia a los que considera incomodos. Hace falta recordar que el periodismo no pierde su función democrática cuando cuestiona al poder, sino cuando deja de preguntar por qué se tomó una decisión, a quién beneficia, quién asume sus consecuencias y qué información permanece fuera de la mirada pública.

Tal vez valga la pena que cada lector haga el ejercicio: recuperar las noticias de los últimos años, comparar los titulares, revisar el espacio concedido a las voces críticas y observar cuánto tiempo permanecieron determinados acontecimientos en la agenda. No se trata de buscar una equivalencia artificial, sino de preguntarse si los criterios de vigilancia periodística se mantienen cuando cambia un gobierno. ¿Incide también en ese tratamiento una mayor afinidad ideológica entre la actual administración y los sectores económicos que concentran buena parte de la propiedad de los grandes medios?

La democracia que los medios se jactan de defender no necesita que cuestionen a todos los gobiernos por igual, pero sí exige que no decidan a quién vigilar con rigor y a quién concederle silencio.

Juan Ladrón de Guevara Parra

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